El mismo día que me casé supe que ella era mi mujer. Mi mujer para toda la vida. Y lo supe de repente, como sin darme cuenta. Fue decir, sí, quiero, y que algo que no sé muy bien cómo explicar, me lo revelara. Y no diré yo que mi amor por Berta no fuese algo viejo, quiero decir que ya nos queríamos y eso, sino de qué me visto yo de payaso de feria, aguanto un año de preparativos, reuniones con mi suegra y conversaciones y conversaciones y conversaciones en la que mi opinión contaba lo justo (es decir, nada) sobre la conveniencia o no de sentar en la misma mesa a su amiga Malena con mi amigo Pablo, después del lío que se formó cuando él no la volvió a llamar cuando supo de su prisa por tener hijos y tenerlos ya, porque la edad es la que es y no quiero ser una madre-abuela. Ubicado Pablo en una mesa a doscientos metros de Malena, el Wedding Planning había quedado cerrado. O eso parecía…

– ¿All you need is love o Como tú ninguna …?

Blandiendo dos CDs, Berta se interesó por mi parecer, cosa que empezaba a incomodarme ya que bastaba que yo dijese A, para que la cosa fuese B; ni puta idea de qué universo común y final podía haber entre los Beatles y Bustamante, pero la sola idea de que el segundo tuviese algún papel relevante en mi boda (a esta alturas SU BODA, la de Berta) me daba dolor de huevos. Intenté zafarme y fingí una llamada importantísima, pero como todas las mentiras, la mía tenía las patitas muy cortas: ¡me pilló!

– ¿Pero de qué tanta urgencia por llamar al taller? ¿No dijiste ayer que eran una manada de hijoputas y que mejor se la montabas parda cuando fueses a recoger el coche…? – Los CD’s apuntaban hacia mi cara, tanto, que Bustamante parecía tener vida, chico. No sé si la industria musical hace carátulas en 3D, pero, hostia, que cerca estaba el tío de cobrar vida: Si parecía que se iba a arrancar a cantarme al oído abrázame muy fuerteeee, para sentir que puedo retenerteeee, porque no sé cómo vivir sin verteeee, ay mi suerteeee… Sudorcito frío recorriéndome el perineo, palabrita.

– A ver, Nachete, ¿los p-e-s-a-d-o-s de los Beatles o Bustaaaaa…?

Berta y yo nos conocemos tanto, pero tanto, tanto, que a veces creo que esto es tóxico para nuestra salud en pareja. Quiero decir que, cuando ella dice pesados
de los Beatles
, pero emplea un diminutivo cariñoso para referirse al puto Bustamante (que seguía mirándome a los ojos, y sólo sabe Dios el miedo que me

daba aquella visión tridimensional) es que, sin duda alguna, ella quería que aquel tipo, con aire de roba peras, fuese la banda sonora de no sé muy bien qué parte de nuestra boda.

Una vez leí en un dominical, que los supervivientes del avión que se comió la gran hostia en los andes, en los años 70, antes de darse el galletón padre y mirando por la ventana, vieron pasar su vida; como si sus familiares, sus vivencias de niños, sus goles del España – Malta y el primer beso en la sesión de tarde de Liberty lo saludasen al unísono: ¡Hola, aquí tu vida! Hemos venido a anunciarte que de esta no te salva ni el Tato. Así que reza lo que sepas, cierra los ojos y déjate llevar. Chispum.Se la petaron, vaya si se la petaron. Pues yo igual, sabía que de optar por los Beatles, mi relación sufriría un paraplís (Berta diría: ¿Los Beatles? ¿Los Beatles? ¿Pero qué coño los Beatles? Anda que eres rancio y soso, Nacho…), pero si no lo decía, ya podía despedirme de ser el macho alfa en mi reunión mensual de camisetas negras: mis colegas pensarían que un tipo que ha pinchado a Bustamante en su boda debe pagar, y pagará, las cervezas hasta que un cojón de un meteorito se lleve por delante todo el campo de cebada del hemisferio norte.

Al igual que los supervivientes del vuelo uruguayo que se la comió bien comida en los Andes, vi pasar a mi hombría, pidiendo permiso para bajarse los gayumbos antes de la figurada sodomía. Aaaaah, pensé, si es figurada, aún tengo esperanzas de volver a ser yo mismo. Y cuando pensé que lo peor ya había pasado, Berta tenía un as en la manga… Porculizar, todo un arte.

– ¡Cómo te quiero, cariiiiii…! – Feliz, ella y Bustamante  se me abrazaron, hasta que me faltó el aire, literalmente – Es que ya le había dicho a mis primas que hiciesen una versión en Flash Mob de Cómo tú, ninguna y no sabía cómo se iban a tomar el cambio de planes.

Me volvió a besar, esta vez sola, porque el CD de Bustamante se precipitó al suelo. Lástima que cuando nos compramos el piso no nos diese la pasta para poner suelos de titanio y que el disco se hubiese roto en mil pedazos en ese mismo instante. Pero no, teníamos el salón con cálida tarima, color sapelli, que tan sabiamente había elegido Berta, en consenso con mi hoy suegra y, entonces, aún la madre de mi novia.

 Bustamante sobrevivió al impactos, como los tipos del avión de los Andes, pero ni yo ni mi hombría pudimos hacer nada por evitar el vilipendio público: el día D, a la hora H, cuando una Berta radiante, envuelta en tules y escote imperio (esta es otra de las sabidurías que uno adquiere cuando da luz verde a todo este sindiós del casorio, pero de la que nunca presumiría en un bar, cuando mis amigos hablan del especial Brasileiras del Man, o del supuesto tanga de la camarera, que ninguno hemos visto, pero lo hemos visto todos. O eso nos gustaría. Baba va, baba viene). Vale, cuando Berta dijo aquello de…

 – ¡Sí, claro que quiero…!

Sus primas, perpetrando un atentado musical, comenzaron a cantar y bailar, iglesia adelante. Yo, que hasta ese día desconocía que tenía ojos en el cogote, sentí como mis amigos y testigos de boda se ahogaban en un ataque de risa. Yo, que de chaval coleccionaba los discos de Kiss, pero en vinilo, que eso era ser más malote todavía. Yo, que hacía gimnasia en el cole con mis pelos de punta engominados y conseguía salta el potro sin perder ni un ápice de mi aire de joven resentido con la sociedad. Yo, que cuando me dejaron plantado en la primera fiesta en bachiller me pillé tal pelotazo que aún hoy estoy vomitando Beefeater
Cola. Yo, que cuando me pillaron copiando en la facultad, me levanté y me fui, como si titularme en tiempo y forma no fuese conmigo (pero sí con mis padres,
que me dieron de hostias hasta en el carné). Yo, que en otra vida fui un tipo  r-e-a-l-m-e-n-t-e  duro, me emocioné. Vale ya lo he dicho. Me emocioné, ¿qué cojones pasa? Glup.

– Tranquilo, amor, que estoy aquí… – Berta me cogió de la mano y, limpiándose las lágrimas, se reía de mi inesperada flaqueza.

En la biblia hay un pasaje de una tipa que, huyendo de no sé bien qué asunto, no podía mirar para atrás, so riesgo de convertirse en estatua de sal. Allí mismo, ataviado con mis mejores galas (las que había elegido Berta y mi ya suegra, porque en aquel momento yo ya había pronunciado mis votos, así que era mi suegra), me prohibí voltearme hacia el banco de mis amiguetes. Que se mofasen de mí era una cosa, que lo hiciesen a la cara era otra…

– Nachete, cabrón, esto no se hace… – Sentí como alguien me susurraba al oído y me giré. Era Pablo, mi amigo, el follarín de los bosques que se había liado con Malena, la amiga de Berta, y que no la había vuelto a llamar. Por supuesto, Malena estaba ubicada a tres bancos de él, pero sin quitarle ojo y venga subirse las tetas en el escote imperio de su traje de dama de honor. Porque otra cosa no tendría Malena, pero tetas, como para alimentar al África negra… pero a lo que iba, Pablo me sacó de mi vergüenza susurrándome al oído.

– Evítame el ridículo aunque sólo sea hoy, cojones: ¡no ves que me estoy casando…! – Le espeté, limpiándome las lágrimas, mientras me reía, nervioso.

– Evítamelo tú a mí, porque como hoy me vaya al catre con Malena, me veo haciendo una LipDub de Pablo Alborán cuando me quede en bolas o algo… – sentí como me apretaba el hombro – Has dejado el listón muy alto, tío, muy alto.

– Amigo… – le contesté, con sorna – a ver si follar va a ser fácil, no te jode…

Cuando las primas de Berta dejaron de desgañitarse y destrozar la canción de Bustamante (me oigo y no me reconozco: destrozar la canción de Bustamante. A lo que he llegado por amor: no somos nada…), todos los invitados rompieron a aplaudir, incluido el cura, que para entonces ya había localizado el escote de Malena, cosa que no culpo, porque de tanto que quería llamar la atención de Pablo, los pezones se distinguían desde la estación espacial MIR.

Berta, mi mujercita, me abrazó. Me abrazó muchísimo. Pero muchísimo. No me había abrazado así en la vida, así que pensé que todo había valido la pena: las opiniones denostadas y no tenidas en cuenta, el mareo de sabores de tanto menú degustación para el día del banquete, la infausta idea de hacer los detalles del casorio nosotros mismos (la madre que me parió, maldito el día: doscientos pares de sandalias hawaianas a las que hubo que pegar lacitos y escribir Gracias
por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por
acompañarnos en este día tan feliz. Gracias por acompañarnos en este día tan feliz
). Todo valió la pena por verla radiante. Por sentirme tan bien y tan

a gustito con ella entre mis brazos.

– ¿Te gustó mi sorpresa de Bustamante, cariiiii…? – Me preguntó entre sollozos.

– Me encantó, Berta. Me encantó… – Los invitados seguían aplaudiendo. El cura seguía cerciorándose de que las peras de Malena eran de verdad.

– Lo dices en serio o sólo medio en serio… – Mi suegra nos hacía fotos a joderla y las damas de honor le colocaban el velo como locas. Tanto se entregaban, que le tiraban del moño un cojón, haciéndole la mirada tirante, con el párpado hacia atrás.

– Lo digo en serio… – Mis colegas se pasaban el pañuelo unos a otros, para limpiarse las lágrimas. Lágrimas de risa.

– ¿Seguro…?

– Claro, seguro…

– Pero si a ti nunca te ha gustado Bustamente, tontitoooo… – Berta musitó una risita.

¿? ¿? ¿? ¡Hostia! ¡Por fin! Y yo que creía que no se había dado cuenta… 🙂 JUST MARRIED, y de lo más bien, qué coño.

 

 

El pisito era todo lo acogedor que le permitían sus treinta y seis metros cuadrados de azulejos desconchados, parquet mil veces arañado y su cocina de cuatro fuegos que no soñó ni soñaría nunca con ser una vitrocerámica de inducción. Aún así, cuando nos dieron las llaves pensamos home, sweet home. Era la primera vez que los dos compartíamos algo que no fuese un menú doble de palomitas en el cine, así que las llaves supusieron algo más que un par de metales fríos, con dientes y un agujerito por el que deslizar una argolla y así no perderlas nunca jamás. Dos llaves y un llavín del buzón que significaron que lo nuestro podía ser. Y por poder, podía ser, incluso, para siempre, ¿por qué…? Los cuentos de hadas existen: una presentadora de TVE se casó con un príncipe, esto es un hecho. Vale que no es un príncipe azul (mejor, digo, porque los hombres azules deben ser raritos), pero príncipe es, ¿Qué no?

Así pues, lo de irnos a vivir juntos fue una cosa pensada, meditada, pero sobre todo querida; durante meses hablamos en condicional, con mensajes velados,
tanteando cuántas ganas había en cada uno de nosotros de claudicar en el goce de una cama en soledad, con los calcetines sin elástico en tu caso y la braga
de los domingos por la tarde en el mío. Hablábamos de puntillas, sin querer atosigarnos con las responsabilidades, porque no sabíamos si el amorcito que
teníamos entre manos sería como azúcar glass, un polvillo dulce y nevado que desaparece con la simple brisa de una ventana mal cerrada. Hablar de dar el
paso nos parecía, en cierto modo, darle verdad a lo nuestro, y eso nos aterraba como sólo lo hacen los Reyes Magos cuando tienes siete años y piensas en pleno 5 de enero te mueres de ganas de hacer pis, pero no te levantas porque si lo haces y te ven los de Oriente, puede que se enfadaden y lo mismo le dejan tu Barbie
Peinados Mágicos
y su maravillosa caravana Waikiki Island a tu vecina Marina, la que no te cae bien y, además tiene tantas Barbies que qué haría con una más. Qué haría con la mía, si era mía, me pregunto.

Dicho lo cual, cuando nos mudamos al hogar del amor, la primera de las ilusiones que compartimos fue poner el membrete en el buzón. Lo sé, no se lleva, es
anacrónico, es muy de Cuéntame como pasó y de los Alcántara, pero me sentía tan feliz de estar en la rampa de salida de  mi nueva vida, de mi felicidad elegida, que necesitaba que todo el mundo supiese que en el 4B vivía Dorotea Márquez y Gonzalo López, tan tontos como enamorados. Lo de tontos y enamorados no lo pusimos (en el caso de Gonzalo, por sentido común de raya diplomática; en el mío, por no ser redundante: bastaba mirarme a la cara para saberlo).

–          Nena, ¿en serio? – Preguntó mi chico, reticente a mi entrega, coronando nuestros nombres con corazones palpitantes.

–          En serio… – Yo seguía dibujando, rellenando los corazones con el Bic azul turquesa que me había comprado para las ocasiones
especiales. Y no se me ocurría una ocasión más especial que aquella.

–       Pero, ¿en serio? – Volvió a preguntar, con miedo a herir mi creatividad.

–         En serio… – Los Bic azul turquesa son monísimos de suyo, claro, pero la tinta sale a escape libre, como si la bolita
que frena la carga estuviese bailando el Gangam Style.

Y tan en serio que fue, porque desde el día 20 de octubre, nuestro cajetín del correo es el único que recibe al cartero con una dosis de amor visual (media
docena de corazones chispeantes fue el resultado de mi encontronazo con el boli turquesa) que no necesita más azúcar para todo el día, no siendo que quiera
caer en la diabetes. Soy consciente de que el trabajo de Gonzalo y sus miles de corbatas de Hombre serio – Trabajo serio no comulgan mucho con nuestro membrete del buzón, pero ¡a mí plin, si yo amo a mi Gonzalín…!

–         Doro, son demasiados corazones: los vecinos se sonríen cuando entramos en el ascensor, y no creo que sea por mis calcetines
de rayas…

Los calcetines de rayas, otra de mis grandes aportaciones a la vida conyugal. Acostumbrada como estaba a oír a mi padre decir Lola,
los calcetines los quiero todos negros y de la misma marca, para no equivocarme por la mañana
, pensar en divertir a Gonzalo de pies a cabeza me parecía un

tema capital. Vale que echarse un casi maridito economista, director de sucursal bancaria y con más Ipad+Iphone+Ipod de los que haya comercializado
Apple en su vida (¿Apple no era un señor, no? ¿O si? Que sí, que no, que caiga un chaparrón…) era cosa complicada, pero más lo era que acabase admitiendo que los seis corazoncitos coquetuelos del buzón eran nuestra mejor tarjeta de presentación, la mejor radiografía de lo nuestro, de lo que estábamos poniendo
a andar, y al final no sólo lo admitió, sino que una tarde cualquiera, después de una sesión de Mercadona y un me saca la espina a la dorada, que es para hacer al horno con patatas, en el portal de casa y rodeados de acelgas, leche desnatada sin lactosa, gel de afeitar y papel higiénico doble rollo Hacendado, cogió un rotulador indeleble y añadió ‘LoveU4ever’ al membrete; López & Márquez, sin duda un amor de locura que ni pintado. Para muestra un botón! Uy,
un buzón, quería decir… 🙂

–  Una sola cosa te digo, porque para decirte dos tendría que ir a robarle las palabras a un mudito…

Cuando me lo oí decir me asusté, porque no soy muy dada a los ultimatums, y, mucho menos, a los que tienen que ver con zanjarlo todo de una vez y para siempre. No es que mi vida sea una mierda, que puede que sí, puede que no, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme o tergiversar el maramagno de reproches en el que habito, que yo ya he vivido mejor. Ya he sentido mejor. Ya he reído mejor. Ya he soñadomejor… ya he amado mejor. Y al mismo, a Paco, que es lo que más me duele.

Las cosas iban bien hasta que dejaron de hacerlo y no por eso me acogí al yo no tengo la culpa y el que la tenga que se aguante. No tengo muy claro cuándo empezaron a torcerse las cosas, pero el caso es que ahora todo lo que tocamos lo convertimos en regalices tan alargadas como retorcidas; pero no regalices rojas y riquísimas, sino regalices de las negras, de las que huelen a rayos y saben a ídem. Regalices que tienen que decirte que son regalices para cerciorarte de que no te están envenenando. Regalices en forma de esqueje seco de geranio. Regalices disecadas, pues, que recuerdan más a un bodegón de fin de siglo que a una fiesta de cumpleaños. Esas regalices somos Paco y yo.

Hablar por hablar, tontería, lo sé, pero siempre es mejor tener verborrea que dejar pasar la ocasión de divagar e intentar poner un torniquete a la pupa. A mí, que nunca me han gustado las rodilleras adhesivas, los dobladillos en los pantalones heredados, las mangas metidas para dentro, deprisa y corriendo, a la voz de apúrate niña, que perdemos el bus. A mí, que no sé lo que es esconder una culpa porque me pican tanto que soy la primera en convertirlas en enmiendos, me ha tocado hacer oídos sordos, ojos ciegos y piel de acero para no darme cuenta de que lo que no va, no va. Y no va, me ponga como me ponga. Sufra lo que sufra. Sienta lo que sienta y que, para mi desgracia, estoy tan perdida que no sé lo que es.

Paco es perfecto. Perfecto. Quizá sea por eso que mis defectos se me hacen ahora muchos y pronunciados. No estaba yo acostumbrada a medirme el bigote (que no tengo: me hice el láser hace años) con nadie, así que cómo hacerlo con mi chico. La convivencia ha traído cosas muy buenas y muy malas. Muy malas y muy buenas, como nosotros dos, mismamente. Porque Paco y yo no entendemos de medianías y/o mediocridades: lo nuestro, siempre a lo grande. Como las filias y las fobias, las pequeñas miserias de cada uno, amarnos y odiarnos está tan cerca que dudo haya siquiera una frontera. Cuando quererse empieza y termina donde no nos soportamos, para qué más, para qué, para qué, para qué.

Pero no somos violentos, que eso da una fatiguita de las buenas. Nuestra vida en común es, si acaso, volcánica; nos hemos convertido en una pareja de esas que, vista de lejos y abstrayéndome de que soy yo uno de los activos, siempre me pregunto a qué se dedicarán el día estén de acuerdo en algo y se den cuenta de que les sobra tiempo para amarse. Me releo y veo que debería de matizar que no es que nos hayamos convertido en una pareja de esas, es que ya lo éramos en origen: Paco y yo partimos de la casilla desalida con ciento y la madre de motivos para estallar sólo con rozarnos; y aún así, lo intentamos. ¿Somos grandes, eh…? Pienso en alto por no estarme callada,porque el silencio me mata más que la jaqueca en la que vivo inmersa.

Cualquiera que me oiga pensará que mi existir con él ha sido un sufrir en bucle, pero no, que no. Paco ha sido y siempre será EL ACIERTO, así, con mayúsculas; falta saber si yo he sido el suyo. Un acierto pequeñito, uno de los que, al cabo de los años, y cuando él esté casado con otra (que pasará), tenga hijos con otra (que pasará) y ame a otra como a me ha amado a mí (esto no pasará, porque querer como me quiere a mí, como nos hemos querido nosotros, es una jartá imposible), le dé al  FAST REWIND cerebral y el recuerdo de mis manos le inunde el sentido, tendrá que agarrarse al MARCA y pensar ¡qué regalo fue conocernos…! Yo, que supongo no estaré casada con nadie ni tendré niños con ser alguno, también lo pensaré, claro, aunque yo no necesito meterme en la máquina del tiempo para sentirlo, porque me basta ejercer mi masoquismo-fin-de-historia, pulverizando su colonia sobre mi mano, para morir de agonía. Morir de amor que suda gotitas de pena. Creo quevoy a vomitar.

Siempre que tengo ganas de mandarlo todo al garete, me inunda una sensación extraña de orfandad que ni te cuento. Cosa inexplicable, porque cuando yo conocí a Paco estaba hasta el moño de andar por el mundo sin él. ¿?. Vale, matizo: todo lo hasta el moño que se puede estar de andar por el mundo cuando se tienen 25 mayos sobre la chepa (no, igual que no tengo bigote, tampoco tengo chepa, aunque para esto no me hizo falta una sesión de láser…). Pero nos encontramos en el camino y fue fantástico, porque nuestras historias se abrazaron, igual que se abrazan las enredederas del vecino a mi red divisoria de jardín.
Rápidamente, pero con fuerza, él echó raíces en mí. Yo le presté tierra abonada por años de desengaños sentimentales y el resultado fue lo que fue: dos tontos,
pero que muy tontos, enamorados hasta las trancas. Pero de esto hace ya casi una década, y parece ser que los finales felices, los de colorín, colorado, este cuento se ha acabado, sólo tienen cabida en las pelis de Richard Gere y Julia Roberts. También me vale Collin Flirth y Rene Zellweger, que son muy de quererse de aquí a la eternidad, que cantaría Frankie…

Pues no queda otra: sí o sí. Se va o se va. Y tiene que irse él porque yo no puedo ponerme ahora con una mudanza. Cuestión de tiempo. Cuestión de maletas con cremalleras rotas. Cuestión de encontrar un pisito de precio razonable, con dos armarios de cuerpo entero para zapatos. Cuestión… de no querer afrontar que lo nuestro está sentenciado. Supongo que me será más fácil sobrellevar este final si no doy al traste con todo lo cotidiano y me dejo arropar por lo conocido, por estas cuatro paredes y una mini terraza que ha sido el escenario ideal para nuestra bonita historia de te quiero mucho, como la trucha al trucho. Aunque ahora que lo pienso, cuando me abra el cajón de las bragas/calzoncillos y no encuentre su lado archi ordenado, insultando a mi lado archi desordenado, creo que voy a morir. En serio: moriré. Moriré de un ataque de ‘Vuelve conmingo-intentémoslo de nuevo-esto vale la pena,-no me importa no tener siempre la razón, quién quiere tener siempre razón-tu madre es Santa Teresa de Calcuta y tus amigos son una legión de Amish, siempre bien recibidos en mi salón’. La soledad de mi totum revolutum de tangas, bragas, calcetines huérfanos y con pelotillas me recordarán que ya no estás una y otra vez. Y no siendo que me declare en huelga de ropa interior (¡ay, mamá…!), será mejor que me dejes un señuelo, un algo tuyo dentro del cajón y que me dé consuelo cura-lloritos. Como se hace con los cachorritos cuando gimotean por la noche, me frotaré la nariz contra uno de tus bóxer de marca y pensaré que yo un día fui feliz, tan feliz, tan feliz, tan feliz, que pude compartir diez años de mi vida con el hombre más paciente del mundo; con el hombre más explosivo del mundo; con el hombre más cariñoso del mundo; con el hombre más independiente del mundo; con el hombre que más me quiso del mundo… ¿Eeeeeeeeeeh? Repeat, please! C-o-n  e-l  h-o-m-b-r-e  q-u-e  m-á-s  m-e  q-u-i-s-o  d-e-l  m-u-n-d-o.

Cojo el móvil. Las lágrimas no me dejan ver las teclas y la mierda de conexión ADSL de mi hogar me hace la puñeta: no va el WHATSAPP. Me ahogo con los hipíos y me cuesta respirar. Que se arregle esto, que se arregle esto, que se arregle esto.Que se arregle no nuestro, que se arregle lo nuestro, que se arregle lo
nuestro. Loading… Conversaciones recientes. Pacomerte, treinta y dos conversaciones antiguas. Voy por treinta y tres, la definitiva: hagan juego, señores…

^^Paco, olvida lo que te dije; debo estar ovulando :’(

^^Lo sé

^^Vale, entonces qué…?

^^Entonces estoy en el súper; pago el jamón cocido y la ensalada Batavia de Florette  y voy a cenar

^^Pero me perdonas…?

^^Para qué, si tú eres apótata…!

^^Un gallifante para el niño! Me^disculpas…? Porfavorporfavorporfavor

^^Qué sería de mí si no lo hiciese…

^^Que sería de mí si no te tuviese…

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Clin,
clin, clin.

^^Quererte no es fácil, nena, pero quién dijo que iba a serlo…

Algún día, no sé muy bien cuándo, inventarán algo para que la infelicidad no secuestre mis ganitas de hacerlo bien. ¿Es o no es perfecto mi Paco? 🙂

Doble línea continua, sin final, zigzagueante, sinuosa y eterna; pero doble línea, que nunca deja de ser continua. En cualquier otro momento, ayer, mañana, quizá, esta marca impresa en la carretera no tendría más sentido que el de evitar rebasarla sin mirar si hay un Guardia Civil, agazapado tras un seto, retrepado en su Citroen Xsara gris, haciendo un Sodoku, protegido por sus gafas de aviador casi Rayban, que le regalan diez segundos de gloria cuando se mira al espejo y cree que es cagadito a Tom Cruise en Top Gun.

Pero hoy es hoy, y el momento de reflexionar llega cuando menos te lo esperas. Será porque mañana cruzo la barrera psicológica de los treinta y cinco, será porque llega el verano y no entro en ningún mini short del año pasado (prenda del diablo, compinchada con las multinacionales de cremas anticelulíticas para hundir mi ego, lo sé), será porque la ovulación me tiene el flequillo con lo de atrás pa’lante. Será. Y aun sabiendo que no es el mejor momento para
hacer balance, me lanzo al vacío del autoanálisis, yaciendo feliz donde se meantoja.

–  ¿Y no habría un banquito en el que sentarte a pensar, Julieta?

Mi madre, o el fenómeno paranormal de estar presente sin estar; aquí, de cúbito supino, con la mirada perdida en el cielo, buscando formas originales a las nubes (obvio decir que casi todas me parecen nubes a secas, porque no quiero parecer sosa, así, a la primera de cambio), puedo oírla como si estuviese a mi lado, sentada del otro lado de la doble línea continua. Eso sí, ella siempre se sentaría en el de la izquierda, para ver venir al coche de frente y así ponernos a salvo a las dos. Porque mamá es precavida y lo sabe todo, lo protege todo, lo controla todo, lo alegra todo… pero siempre, absolutamente siempre, hay que hacerle caso; sin rechistar. El título de madre, ganado a pulso encontrando siempre lo que pierdo, mirándome la fiebre a golpe de chupetón en la frente, dándome consuelo cuando ni yo sé que lo necesito y ¡vaya si lo necesito!… le da ese derecho. Ser mamá y ser grande, va unido. Intenta separar ambos términos, verás que es tan imposible como hacerse un bocata de Nocilla de sólo un sabor si el frasco es de la de dos colores. Tal cual.

Vale, pues mamá no está pero está, las nubes siguen siendo nubes aunque me vaya de guay y me imagine que estoy viendo El Beso de Klimt y la carretera sigue
siendo una amalgama de gravilla y chapapote que se me clava en el coxis. Con todas y con esas, procedo a autoanalizarme, que como para esto no hay día bueno, qué más da que lo haga hoy o dentro de cien años, cuando haya muerto. Porque morir hay que morir, aunque ahora me sienta feliz y crea que soy la reina del mundo porque tengo un Mini Cooper, un novio estupendo que entiende que no me gustan las bouquetes como regalo, porque las flores se les llevan a los muertos y a los burros que ganan carreras. Dado que yo no soy ni lo uno ni lo otro, prefiero algo que brille en mis dedos/orejas/muñeca, que es para siempre y lo puedo enseñar en la oficina en la que estoy a nómina mileurista. Soy feliz, o me siento feliz, pero a ratos, como todo el mundo supongo, aunque
tampoco hay razones de peso que me lleven a la infelicidad. Y es lo estúpido de no tener grandes problemas: que te los buscas para complicarte la existencia,
no sé bien si en un alarde de volver a sentirte feliz cuando ves que lo turbiose disipa. En esas estoy, pues, en ver turbio lo nítido, lo meridiano, lo
evidente… lo real.

Leí una vez que un problema no tiene que ser necesariamente grave para vivirlo como tal: basta con que tú lo vivas así; una verdad como un templo, no hay tu tía. Porque como dije líneas más arriba, soy lo cuerdamente feliz que permite la sociedad del bienestar (ahí van mis palabros manidos del día, para
que no se diga que no escucho tertulias en las que participan sociólogos) y aun así, creo que mi vaso medio vacío está a puntito de quedarse seco del todo. Es
una presión incomprensible que se cierne sin avisar, como esa tormenta de mierda que manda al garete una jornada de playa en primavera. Y todo porque
entiendo que con mi edad, la que voy a cumplir, debería tener una idea, un plan, un cuaderno de bitácora en el que ir marcando mi rumbo. Pero no, lejos de
ser, de tener un proyecto de adulto responsable y con miras en el futuro, sigo siendo la misma inconsciente que busca en Google Outlets baratos en los que conseguir el último bolso de Dior a buen precio o una dieta en la que se pueda comer magdalenas a voluntad sin que la báscula se chive un día sí y otro también. Dior no es el origen de mis males (al menos, no más que del económico). La báscula tampoco (o sí, pero con hacer trampa cuando me subo, y dejar medio pie fuera de la plataforma, tengo hecho), pero la sombra alargada de tienes que madurar y tener un colchoncito para por si acaso, me pesa como un abriguito de hormigón. Tener un colchoncito implica malos momentos por venir, y dentro de mi adolescencia interminable, los malos momentos no tienen naipes para la partida ¡hagan juego, señores…!

Es como lo de las enfermedades. Últimamente, me llegan noticias un día sí y otro también de conocidas que tiene cáncer. Llevo un rato escribiendo y borrando esta palabra, cáncer, porque sólo con leerla, así, tan abrupta, tan aterradora, tan de llevárselo todo por delante, me duelen los ojos. Pero tan cierto es que crezco, como que no estoy a salvo de que deje de hacerlo en cualquier momento por su culpa. Pensar en ello me da miedito supermil. Y aunque tenga sólo casi treinta y cinco, y yo me vea en la flor de la vida, detrás de cualquier segundo puede estar la despedida. Ni un libro ni un árbol y, mucho menos, un niño. La línea de mi existencia está llena de bolsos de marca, de zapatos de tacón imposible, de fotos de vacaciones con el culo al sol, de risas de pijama y televisión, de recetas improvisadas con cualquier cosa que quede en la nevera y no ande/tenga moho/haya caducado en 2010, de anillos divinos que tengo que quitarme 
para conducir porque me distraigo y cualquier día acabo en una cuneta, de sábados noche de Pinterest mientras mi chico ve el enésimo repor del holocausto Nazi… pero si hago balance, aquí tirada, con la gravilla del asfalto clavándoseme en el coxis, de cúbito supino sobre la línea continua, lo cierto es que no he hecho nada de provecho, al menos, para la humanidad. Qué vulgaridad la mía, qué hedonismo inconsciente tan estupendamente inconfesable. Lo mal que tendría que sentirme por ello. ¿Ah, sí…? Sí. ¿En serio…? Sí. Pues vaya. Fatal, me siento fatal (¿?)

Así pues, vaya por delante que mi jornada de reflexión ha dados sus frutos doblemente. Por un lado, no me ha atropellado un camión de mudanzas, y por el otro, he llegado a la conclusión de que el único camino que he andado, que ando y que creo que andaré incluso mañana, cuando los treinta sean una realidad más allá de las velas, es el de la felicidad diaria, la que me dan los desayunos en pareja, al albor de un Earl Grey con leche desnatada y pan tostado integral sin sal y sin azúcar (puede que hasta sin trigo) y los dichosos deseos de buenos días, cariño, que tengas buen día… Pues eso, treintañeraycincoañera on the road, ahí estamos.

икона за подарък

Se fue; se fue, parece que para siempre, e,
inexplicablemente, siento unas ganas irrefrenables de tomarme un helado de
vainilla con Coca-cola, como hacen en las pelis americanas de los 70 en los
momentos tensos. Nunca hasta hoy, y mira que no habré tenido  oportunidades para tomar tamaña asquerosidad,
este mejunje de sabores se me había antojado la solución a todos mis males.
Como si un subidón de grasa hidrogenada con
sabor a
vainilla y 330 ml de refresco de cola fuesen el pasaporte a no

pensar, a no existir, a no ser. Sea como fuere, el portazo con el que supongo
se acaba de despedir de mí, de nosotros, de lo nuestro, ha despertado en mi
subconsciente gorrino las ganas de suicidarme, tupiendo mis arterias de
conservantes, colorantes y goma arábiga, que no sé muy bien qué es, pero que en
los helados de marca blanca se estila mucho.

A Federico siempre le ha gustado mucho el helado,
la Coca-cola… y yo; claro que, se confirma, los gustos no son inamovibles,
inagotables e imperecederos, porque él acaba de marcharse, con la firme promesa
de no volver jamás, ni aunque se lo pida una y mil veces, ha dicho, pero no se
ha llevado consigo su ciento y la madre de latas de Cola Zero, esas que había
comprado para pasar el fin de semana bajo las mantas, viendo pelis en el TCM
Classic y haciendo el amor conmigo. Del helado no hablo, no digo nada, porque
como no tengo ni idea de dónde va pasar la noche, lo mismo se le derrite en la
maleta, sobre los calzoncillos CK, el cinturón D&G o el jean Ralph Lauren.
Porque una cosa es que se vaya y me deje, me deje, me deje, me deje (me lo
repito por aquello de acabar de creérmelo) y otra que, por escapar de mí, se
cargue su selecto fondo de armario.

 A Federico
le gusta mucho el helado, la Coca-cola, la ropa de marca, pero se ve que ya no
le gusto yo, y eso es cosa difícil de digerir cuando hecho la vista atrás y
busco un solo recuerdo en el que él no esté y lo domine todo. Mierda de memoria
la mía, tú, que olvido constantemente dónde dejé el mando de la tele, las
llaves de casa o el número de de la plaza de parking en el que dejé el coche,  y ahora se las da de eficiente, recordándome que
voy a la deriva; sola y a la deriva, qué puede haber peor.

– Mujer, peor, peor, sí que hay cosas peores…
–  Me digo, con la puerta del congelador
abierta y entablando conversación con la merluza que yace, impertérrita, al
lado del tarro de medio litro de helado – ¿Ah, que no…? Algo peor tiene que
haber, no me jodas…

Así que aquí estoy, frente a una cabeza de pescado
que me mira con ojitos vidriosos y me enseña la piñata a través de la bolsa de
congelar de Ikea, haciendo balance de mi vida, de mi no vida, de mi asco de
vida. Y no es que Federico lo fuese todo en mi existir, pero casi. Tenerlo era
estupendo hasta que dejó de serlo y, ahora que se ve que ya no va a estar, me
ha dado por magnificar su esencia, como si su recuerdo, aun de cuerpo presente,
me quemase el alma.

Porque yo tengo alma, sí que la tengo, aunque él
no la vea. No la sienta. No la comparta. Yo nací con ella y si ahora no la
paseo, tal y como él esgrime, es porque en algún punto ha salido despavorida,
como las MariPilis en el primer día
de rebajas. Algún día, hace millones de años y antes de que el último
dinosaurio decidiese inmolarse porque para qué vivir así, sin pareja para jugar
a las prendas, a Federico le gustaba la Coca-cola, el helado de vainilla, la
ropa de marca… y mi alma. Ahora, que dice no la tengo, va el tipo y se va. Se
confirma también, pues, que lo nuestro funcionaba por una cuestión de divinidad
etérea o algo, porque, a las pruebas me remito, con mi cuerpo ya no le llega.

– ¡Las palabras siempre han sido tu mejor arma,
Paqui…! – Cierro la puerta del congelador, segura de que la merluza no entiende
en qué punto de su contrato pone que tiene que ser mi psicoanalista – Cierto,
lo son, pero quererte era un puntal que te cagas y acabas de darle una patada a
mis cimientos.

Las burbujas y la grasa láctea son dos cosas de
difícil mixtura. Si a esto le sumas la pena, penita, pena, la rabia, la
ansiedad, el enfado, la indignación, los lloritos, el hipo, la comida de uñas y
el dolor de coxis, fruto de una caída fortuita de cúbito supino sobre el suelo
de la cocina, el batido de Coca-cola y helado de vainilla resulta una caca de
la vaca. Lo revuelvo con fruición, con ahínco y dedicación, esa misma
dedicación que debería haber empleado en hacerle saber a Federico que sí que
pintaba mucho en mi vida, y no precisamente el indio. Le doy a la cuchara como
si remase en una canoa, haciendo girar esa pasta de color caqui-mierda que
quiere ser un batido so cool de esos
que podría salir en Sex and the city
o quizá en Pulp Fiction. Gira y gira
y gira y gira la puñetera cuchara, hasta provocar un Tsunami en el líquido del
vaso. Tanto gira y tantas olas provoca, que salgo de mi bucle lastimero a golpe
de vertido inesperado.

– ¡El pantalón de ante a tomar por culo! qué bien,
un día completo…

En otro momento y en plenitud de mis facultades sentimentales,
sentarme en el suelo de la cocina con mi delicadito pantalón de la suerte no
sería una opción. No lo sería en modo alguno, teniendo en cuenta que, cuando me
lo pongo, tengo sumo cuidado de consultar Metogalicia
para saber si se espera lluvia, aunque sea remotamente. Porque el ante, como ya
se sabe, es como el ying y el yang: tiene algo guay y algo chungo; monísimo y
archiagradable de vestir, pero una esclavitud el saber que ejerce un atractivo
inexplicable a cualquier fuente de humedad que lo deje moteado, cual bata de
faralaes. Verdades como puños, o Teorías
irrefutables de Paqui Antúnez
, que esa soy yo.

– No te chines, cari: por más que lo intente, no
soy capaz de lavarme los dientes sin salpicar el espejo… – Federico dixit, no
me acuerdo bien cuándo – ¡Imposible! Ni cepillándomelos en el salón, a cuatro
metros del espejo. Estoy seguro de que el dentífrico y el cristal están
imantados…

 Jodona
memoria la mía, psssss…; ya me dirás a qué coño viene ahora acordarme de esto
si de lo que estoy hablando es de la infausta suerte de mis pantalones de ante,
de la insoportable manía de cuidar mis pertenencias como si me fuesen a
sobrevivir y mi afición a elaborar teorías de todo o casi todo. Memoria,
márchate de mí de una vez y para siempre, que no serías la primera en dejarme
en la estacada, ya te lo avanzo, y déjame vivir como Anita Obregón,
imaginándome que todo gira en torno a mí y mi capacidad de invención. No quiero
sufrir, al menos, no más de lo necesario, y tú, con tu dichosa afición a
recordarme todo lo bueno, lo entrañable, lo genial y lo irrepetible de haber
vivido con Federico la última década, no me ayudas ni un pocopoquito, ¡so zorra!

Y, dicho lo cual, que el helado con refrigerio de cola
surque mi pernera de antaño incólume y cuidadérrima piel vuelta, entraña en sí
mismo, un dramón que te mueres; pero, lo que son las cosas, ahora mismo, con el
corazón hecho cotroña y con la sensación extraña de haber comido ortigas, el
asunto de la mancha me importa entre una mierda y mierda y media. Lo que son
las cosas, segunda parte: nada como tener pódium de sufrimiento; que Federico
se haya ido, dejándome sola y hablando con la merluza del congelador, ocupa,
sin duda, el puesto number 1 en el ranking de padecimientos
vitales. Lo del pantalón es una jodienda de las gordas, pero ya lo sufriré
mañana, que hoy no me quedan lágrimas en la recámara.

No soy yo muy de toros (o sí, pero no suelo
admitirlo en público porque no sé como argumentar que gusto de ver morir al animal,
estoque de por medio), pero yo me vi venir el final mucho antes de la sangre tiñese
el albero. Federico es muy primario, muy liso y llanito, sin muchas vueltas.
Siempre ha sido de al pan, pan y al vino,
vino
. Lo de jugar al gato y al ratón y andarse con retóricas se le antojaba

un coñazo y un desgaste criminal, así que cuando se dio cuenta de que más que
pareja, se sentía consorte, me lo hizo saber.

– ¿Al cumpleaños de Sara? ¿Para qué? Si tú solita
te bastas para animar la fiesta…

Siguiendo con el símil taurino, la puya fue
directa, concisa, de trazo directo y entrada limpia. No es que a él no le
gustasen mis amigas, que ni fu ni fa, lo que no le gustaba era yo cuando estaba
con ellas; pareces tonta del culo, vida, me decía; hablas raro, no paras de
reírte y de repetir coletillas estúpidas que no te había oído decir jamás.
Razón no le faltaba, pero es que las chicas somos así y yo no tengo la culpa de
que él no haya tenido hermanas (bueno, sí que tiene, una, pero la tal está más
cerca de emparentar con José María Iñigo, por lo de bigote, que con las
féminas. Un caralloutou, que diría mi
abuela…). Vale, pues entre chicas, y máxime chicas urbanitas, el asunto de
impostar la voz y hablar como si la Barbie
se hubiese apropiado de nuestras neuronas, es un discurso iniciático en
cualquier fiesta o reunión ginecéica. La cosa va amainando según avanza la
noche, porque estar todo el rato hablando como si fuésemos las protas de Sensación de Vivir, 90210 es agotador, claro
que mientras dura el falsete, no faltan las risas y las complicidades. Pero
tampoco las caras de qué cojones haces,
Paqui, que no te reconozco
.

Como digo, a Federico no le gustaban mis amigas,
ni la conjunción Amigas de Paqui+Paqui.
Pero la vida es así, no la he inventado yo, que cantaba alguien. A ellas las
conocía ya ni me acuerdo de cuándo, puede incluso que no las haya conocido
nunca y sólo seamos muchachitas afines que nos juntamos para despresurizar,
frivolizar, acompañarnos en nuestro duelo, acompañarnos en nuestras alegrías,
prestarnos bolsos para bodas civiles, prestarnos zapatos para bautizos civiles
(¿? Sí, lo sé, un bautizo no puede ser civil, no obstante, los hay, y nosotras
vamos, felices cual regalices), prestarnos echarpes para despedidas de casadas
(también lo sé, las casadas no se despiden; las divorciadas sí: ¡de sus ex!).
Nos lo prestamos casi todo, menos el novio. Ah, no, el novio no…

Hija, Paqui, tu Federico tiene un punto pusilánime
muy guaaaaay…

Esa fue la última y desafortunada frase de una de
las asiduas a las reuniones de chicas. Incapaz me hallo de referirme a ella
como amiga, porque este término, tan quinceañero
y tan… mitificado, no le encaja. Para nada. Porque ya me dirás qué cojones de
amiga puede ser una tipa que, cuando tiene dos Gin Tonics, se cuelga del cuello de tu Federico I, El pusilánime y le susurra A ti te insuflaba vida yo a raudales… ‘Insuflar’, cuando una vocaliza
con dos o tres cacharritos de Bombay
encima, suena a ‘succionar’ que te cagas, en serio. Así que, cuando mi entonces-y-hoy no-pareja Federico me lo contó, muerto de risa y mientras
se quedaba en calzoncillos y calcetines para meterse en la cama c-o-n-m-i-g-o
(voy a decírmelo otra vez, porque conmigo suena tan bien. Conmigo. Conmigo.
Conmigo. Conmigo), me sentí traicionada y ridícula a partes iguales.
Traicionada por mi congénere, ridícula ante él, que vio en mis ojos la
vulnerabilidad de la que sabe que la arena siempre se escurre entre tus dedos,
aunque te pongas guantes o te forres la palma de la mano con film de cocina del
Mercadona.

– Si no fuese un sentimiento poco moderno y nada
acorde con alguien tan autosuficiente como tú… – me dijo, apoyándose en la
cómoda y atrayéndome con firmeza hacia él – … podría concluir que Francisca
Antúnez está celosa.

Aquella noche follamos como adolescentes de
campamento; fuese la tasa de alcohol en sangre, fuese el temor a que él tuviese
curiosidad por saber cómo le succionaban,
perdón, insuflaban vida a raudales, la
cosa pintó en bastos. Yo, que soy de sexo estupendo y orgásmico en tiempo
récord, que no pierdo el tiempo en dime
cosas bonitas y hazme sentir la Bar Rafaelli de tu cama,
me entregué en

cuerpo, alma (¡Aaaaaaaah, entonces sí la tenía! Ahí no protestaba el cabrón…).
Alguien dijo alguna vez, no sé muy bien si lo oí o lo leí, que en el tálamo, lo
realmente importante no es lo que se haga, sino cómo se haga. Y hacer, lo que
se dice hacer, lo hicimos que-te-cagas.
Exhaustos, que no sudorosos, porque nada puede haber peor que el olor a cebolla
axilar tras un asalto coital, nos abrazamos lo justito, sin necesidad de
demostrarnos que nos quedaríamos así para siempre, porque de tan obvio y tan
verdad, lo de darnos la espalda y ponernos a dormir a pierna suelta, sonaba tan
bien o mejor que Cari, te quiero y te
querré toda mi vida. La comodidad cotidiana del buen querer, Tomo II
, ay…

Ahora, con el batido de mierda que estoy tomando, y
el culo roído por la baldosa de la cocina, pensar en algo tan sublime no me
hace bien, ningún bien. Sorbo otro poco de esta porquería como si fuese
arsénico o Listerine Explosión Total (que
tiene el sobrenombre que merece, sí). De morir de algo, mejor de asco, que de
pena, porque las pupas nunca han sido mi fuerte y lamérmelas en esta ocasión es
tarea de contorsionista, porque no habría lengua lo suficientemente larga para lamer
la yaga. Tu yaga. Para lamerte a ti .

подаръци

Nadar y guardar la ropa, esa es la clave del éxito; aun así, conseguirlo
nunca ha sido uno de mis fuertes. Desde que decidí empezar a querer a Paco,
porque sí, nuestro amor empezó siendo un ejercicio hábito, que acabó en
costumbre y derivó en cariño, las cosas han ido complicándose lo suyo.
Empezando por mi suegra, por mi cuñada, por el perro de mi cuñada, por las
sesiones de Wii+amigotes en mi salón, y acabando por la curiosa habilidad de mi
chico a la hora de olvidarse de llenar la nevera, lavarse los dientes sin
salpicar el espejo y desayunar sin dejar migas sobre el hule, que por muy de Ikea que sea, es bonito y lustroso, y
con trocitos de magdalena por doquier, adquiere aspecto de mantel con acné y ya
se sabe que el acné nunca le ha favorecido a nadie, ni siquiera a un mantel
plastificado.

La primera vez que nos vimos, allá por los 90, ni él era tan aburrido ni yo
tan jodidamente metódica. Podría decirse que éramos carnaza de idilio, porque
las hormonas y el verano son dos elementos que, a poco que atices, convierten
todo en una olla a presión. Yo, que ahora soy más bien carne de hueso, con poco
sustancia y menos arrobas, en aquel entonces era redonda como los flanes
redondos, como los chupachups Koyak
(los de chicle, que molan más), como los flotadores de patito, como los
barriles sin vino. Él era atractivo a morir. A morir. Bastaba compartir
estancia, sin hablar si quiera, para que la electricidad sacudiese mis
sentidos, inutilizándome la luz de alarma, esa que toda chica trae de serie y
nos advierte de que, de seguir en nuestro empeño de colarnos por lo que sea que
tenemos en frente, puede (digo puede y no sé muy bien dónde estriba la duda)
que nos complique la vida. Así fue, la bombilla de luz de alarma se fundió y
Paco entró en mí para siempre, literal y figuradamente.

Vivir con él es cosa hermosa y complementaria most of the time, pero he de decir que, en días como hoy, que estoy
premenstrual y el mantel sigue con migas de la enésima magdalena del mes, me
pregunto en qué punto, en qué momento pensé que hacerme cargo de Paco y su
atractivo era lo que me hacía falta. Vale que no siempre estoy esperando a que
me baje la regla y, por ende, analizo todo desde el prisma a veces veo muertos, pero supongo que en el fondo, pero en el fondo
de bastante arriba, el que subyace muy en la superficie, donde albergo tantas
ganas como no-dineros para hacerme
con unas planchas GHD, me pregunto
qué hubiese sido de mí si Paco no hubiese aparecido aquel verano, con sus
melenas, sus 501 cortados a media pierna y sus chanclas haciendo flip, flop,
flip, flop, flip, flop.

Porque eso es otra, a Paco le importa una mierda, quizá tres, el
convencionalismo social y puede ir en chándal a un entierro, en pijama al Mercadona y en batín de rizo americano
100% algodón a trabajar. A Paco le importa una mierda, quizá tres, la estética,
la moda y el negro y el azul marino se
matan, amor
. A Paco no le importa nada parecer guapo, y sin embargo lo es.

Vaya si lo es, y mis hormonas, debiluchas y enamoradizas, lo saben, lo sabían y
lo sabrán siempre. Puede que ese sea una de las razones por las que las migas
de las magdalenas del hule de Ikea no
me molesten lo suficiente como llenar su bolsa de deporte PUMA con las cuatro
camisas que ha acumulado estos años y lo mande a remar al puerto de Palos… A
mí, que siempre me ha pirrado jugar conmigo misma a las Barbies, conjuntito va, conjuntito viene, me veo yendo del ganchete
con Don Quién-coño-es-Lagerfeld,
pasando por alto que, de los dos, la que desentona soy yo, porque con esta
tendencia suburbana a usar Sport Wear
en cualquier situación, lo acompañarlo entaconada perdida al dentista, resulta
entre raro y tragicómico.

Mis amigas me dicen que pegamos tanto como un erizo y cuadro de Sorolla:
uno tan mundano y el otro tan celestial. Y no es que Sorolla pintase cielos,
vírgenes y portalitos, que ese era Murillo, pero sus mares invitan a levitar, o
eso dice mi amiga Celia, la autora de tal apreciación metafórica. Vale, ahora
sólo falta saber quién es qué, porque Paco de erizo no tiene mucho (su calvicie
es ya un hecho flagrante) y yo de obra pictórica, cada vez menos (no siendo que
el boceto sea el de un esqueleto cabezón). Anyway,
el erizo y el Sorolla se quieren, se necesitan, se complementan, se enfadan, se
reconcilian, se detestan, se buscan, se alejan, se acercan… se reconocen y
sienten bien teniéndose cerca, uno con sus púas pinchudas y otro con sus
pinceladas concéntricas y archiestudiadas.

El erizo y el Sorolla se han convertido en el dúo Saca Puntas del siglo
XXI, la versión 2.0 del Busque, compare y
si encuentra algo mejor, cómprelo
. El erizo y el Sorolla dejaron de ser dos

para ser uno, y aunque la regla no creo que tarde mucho en bajarme y las hormonas
me tengan el sentido con lo de atrás pa’lante,
mis dudas de qué cojoño hace una
chica como yo con un tipo como él, se disipan en cuanto hundo mi cabeza en su
cuello y respiro lentamente su piel. Un olor familiar y conocido, que me remite
inmediatamente a casa, a mi casa, a nuestra casa, me cerciora que Paco es y
será siempre el hombre de mi vida, el que no llena la nevera, tizna el espejo
del baño cuando se cepilla los dientes, el que tiene una madre, una hermana
(con un perro claramente más apetecible que ella misma) y siembra de migas el
mantel de Ikea. Por todo eso y más,
Paco es y será siempre mi magdalenita de Proust, mi áncora vital y cotidiana,
esa que arrima el hombro cuando las cosas no van bien, celebra mis éxitos, me
ayuda a reírme de mis no aciertos y me hace el
sana, sana, culo de rana
cuando me pillo el dedo en el cajón de las

cucharas. Paco no sabe quién es Lagerfeld,
pero sabe quién soy yo y me quiere así, ciclotímica y turuta por lo menos una
vez al mes. ¡Qué suerte la mía, mamasita…! Ay…

 

 

Y  las cosas pasan casi siempre por algo y no seré yo la que lleve la contraria al destino. Si me dejaste, si ya no estás en casa cuando vuelvo del despacho, con la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, será por algo. Tiene que ser por algo: tanta fatalidad junta no puede suceder porque sí, sin más.

Son demasiadas horas de convivencia, demasiadas noches debajo de la misma manta, respirándonos, oliéndonos la piel, el pelo, los pedos que fingimos no oír pero que sabemos que son del otro porque de mi culo no ha salido. Muchos días de encontrarse, desencontrarse, de echarse de menos, de estar hasta el mismísimo de tropezar en el pasillo tras una bronca. Mucho de todo y de nada, y aun así, abro la puerta de lo que era nuestro hogar y ahora sólo es mi casa, y quiero que bajo un cojón de un meteorito y lo fulmine todo; todo, menos la lámpara Tiffanis de la entrada, que la elegimos juntos, una tarde cualquiera de enero, cuando fuera hacía un frío pelotudo y la lluvia daba por saco sin parar en los cristales. Es lo que tiene el amor de verdad, el que te incinera, te voltea, te duele y te recicla, que no hay frío, no hay lluvia, no hay viento, no hay nada capaz de hacer que las cosas sean siempre grises o negras. Cuando aun éramos uno, aunque realmente quizá siempre fuésemos dos. Dos, nunca peor que uno.

En la facultad de derecho nos enseñaron todo lo importante. O casi, pero se olvidaron de meterme en la cabeza que sobradamente preparada no significa impermeable a la soledad. Leyes, decretos, sentencias, guardias, buenos y malos… conocimientos a dar con una pala, pero más sola que la última rebanada del pan Bimbo, esa que nadie quiere, y mucho menos yo, mucho menos tú: bromeábamos con la idea de que tú eras la corteza del principio y yo la del final, que sólo hacía falta tiempo y hambre para que se encontrasen. Dos tostaditas de pan de molde que aguardan ansiosas el momento de verse cara a cara, por muy resesa y seca la tengan…

Sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera y sin importarme una boñiga si la balda de los yogures está desordenada o demasiado cargada como para no vencer al lácteo peso de ese engañabobos que son los Lactobacilus, me pregunto en qué momento dejaste de necesitar a esta rebanada de paquete familiar, precio especial 1, 99 €. Porque echarte de menos, respirar un aire que ya no huele a ti más que vagamente, hace que nada tenga precio, quizá ni yo misma. Alguien me dijo que lo más duro de una ruptura es la primera noche, cuando llegas a casa y lo que sobra es espacio, porque la ausencia es tan chunga, tan chunga, tan chunga, que aunque la hipoteca diga que mi caca de piso es de 70 m2, en realidad lo que me han vendido es el desierto del Gobi, el océano Atlántico, el Santiago Bernabeu, el monte Pindo, el metro de Madrid y su ciento y la madre de líneas abiertas y por abrir… me han vendido un agujero negro del espacio en el que sólo hay cabida para la pena, el desastre y los no puedo seguir sin ti. Sin ti, no.

Y lo inquietante del asunto es que mi desolación va por rachas, no tanto cíclicas como previsibles, y aun así no encuentro la forma de adelantarme a las crisis y darme al tintorro antes de que me embargue la culpita y el desánimo. Lo sé, el vino no es la solución adecuada, pero entre que lo pienso y no, estoy tibia y  tan fuera de mí, que puedo verme desde un plano zenital, uno de esos que usa Ridley Scott en sus pelis, y que los usa porque hay presupuesto y puede permitirse una cámara que se llama cabeza caliente, me dijiste una vez. Porque tú, además de ser mis cinco sentidos y ser ya demasiado tarde para hacértelo saber a gritos, sabes mucho de todo, de todo menos de mí, que no supiste ver que lo mío no era frialdad con la relación, no era pasotismo, no era no querer evolucionar, no era te importa más tu puto bufet que lo nuestro… sabes de todo, pero no de lo importante, claro que ¡quién dijo que esto iba a ser fácil, joder! El caso es que yo pensé que lo difícil era encajar las piezas del puzle, no fijar el motivo con cola de madera y enmarcarlo. Porque los puzles pierden su esencia cuando se les limita la movilidad de las piezas: un puzle pegado a un tablón de madera no es más que una foto dividida en porciones, como una caja de quesitos El Caserío. Yo no quería ser un puzle, no quería ser una caja de quesitos, pero te quería a ti, y se ve que no supe cómo hacerlo, porque todo se fue a la carajo y no fui capaz de echarte el guante y pedir una oportunidad para demostrar que, algunas veces, segundas partes no sólo pueden ser buenas, pueden ser mejores. Dime que sí, dime que sí, dime que sí, por favor, dime que sí. Pero no dices nada porque no estás y eso si es una verdad como un templo, como un templo grande y solitario de esos que apabullan y te hacen sentir pequeña y vulnerable, claro que, ahora que lo pienso, esa debe ser la función de un templo: ponerte en tu sitio y hacerte ver que sin mí no eres nada. Tal cual, templito mío.

Dice mi madre que lo nuestro era un fracaso a voces, que ya se sabía que un chico chapado a la antigua como tú y una chica tan independiente como yo, no llegarían a ninguna parte. ¡Hay que joderse! No, si va a resultar que la gente que fingía estar encantada de invitarnos a comer, hablaba de lo nuestro, de nuestra historia futuriblemente-hostiable en cuanto nos despedíamos  para volver a nuestra casita, que entonces sí era un hogar mullidito y estupendo al que volver después de lo que fuese, porque allí estaba nuestro epicentro, nuestro quiero estar aquí para siempre.

Ahora que ya no estamos juntos, me dicen que debo aferrarme a la idea de que tendré más tiempo para mí y que aproveche para disfrutar de todo lo que me he perdido todo este tiempo ennoviada. Que disfrute, eso dicen. Que disfrute. No sé si mandarlos a la mierda. Sí, ya lo sé: os mando a todos a la mierda, porque ya que estamos por la sinceridad, he de deciros que cuando habláis de mi relación en esos términos catastróficos y armagedónicos, no hacéis más que mandarme a las antípodas del ánimo. Porque una cosa es que queráis darme un empujoncito, y otra que queráis que aborrezca lo que he conocido, sentido, olido, saboreado, reído y acariciado como felicidad de verdad. Os guste o no, familia y amigos, cuando queréis que odie a mi hasta ahora otra mitad, para salir del atolladero de dolor que hace que el alisado japonés se me vaya al carajo, no hacéis más que darle una bola extra a mis esperanzas de que él va a volver a por mí, subido a un BMW blanco, blandiendo una cajita de Tous con un lazo y una sonrisa amable, conocida y luminosa, para pedirme que le devuelva su lado preferido de la cama, en el que está el enchufe, que así puede poner a cargar el iPhone y tener más papeletas para no olvidárselo por la mañana.

Y es que lo bueno de hablar sola, con la espalda apoyada en la puerta de la nevera, la barra de pan del Opencor bajo el brazo y el Hola hecho un canutillo en el bolso, es que puedo ser todo lo patética que se me antoje porque no hay más juez, más parte que mí misma y mi orgullo tocado de muerte mortal. Porque cuando tengo que salir por esa puñetera y ponerle un rumbo a esta caca que es ahora mi vida, tengo que fingir que estoy mejor, que por más que sienta que todo se va al trasto, soy lo suficientemente lista, preparada y racional, que soy capaz de ver que esto es lo mejor que nos podía pasar, porque lo nuestro era una ruptura anunciada: un chico tan chapado a la antigua y una chica tan independiente, bla, bla, bla, bla… ¿Dónde habré puesto yo el descorchador…?

 

 

 

Nunca te fíes de un chico que no toma postre  (ÉzaroEdiciones  2011)

 

Malena, embarazadísima maquilladora de una productora de televisión, Lupe, periodista en la treintena a la que su pareja acaba de dejar y Delfín que siempre había sido un machito al uso hasta que Covadonga se cruza en su camino.

La búsqueda del fueron felices y comieron perdices P-A-R-A S-I-E-M-P-R-E, un secuestro aéreo, un parto, la prueba de que la amistad hombre mujer existe y no tiene porque acabar en la cama, la fábula del cazador, cazado… todo ello hilado con mil y una situaciones hilarantes pero no por ello menos creíbles, hacen de mi nueva novela un moderno vodevil en el que el sentido del humor y el universo femenino son los protagonistas. Una vez más: ¡cuidadito mundo, que han llegado mis chicas! (ups! Y mi chico, que Delfín se sube al carro

Malena, embarazadísima maquilladora de una productora de televisión, Lupe, periodista en la treintena a la que su pareja acaba de dejar y Delfín que siempre había sido un machito al uso hasta que Covadonga se cruza en su camino.

La búsqueda del fueron felices y comieron perdices P-A-R-A S-I-E-M-P-R-E, un secuestro aéreo, un parto, la prueba de que la amistad hombre mujer existe y no tiene porque acabar en la cama, la fábula del cazador, cazado… todo ello hilado con mil y una situaciones hilarantes pero no por ello menos creíbles, hacen de mi nueva novela un moderno vodevil en el que el sentido del humor y el universo femenino son los protagonistas. Una vez más: ¡cuidadito mundo, que han llegado mis chicas! (ups! Y mi chico, que Delfín se sube al carro… 🙂

икониматраци

Hace tiempo que me barrunta por la cabeza si realmente será cierto eso que aseguran de que los hombres y las mujeres somos tan distintos, tan distintos, que los unos debieron nacer en Marte y las otras debimos hacerlo en chaletito adosado en algún planeta cercano. Yo, que soy de naturaleza conciliadora y confiada, nunca había pensado que nuestros mundos fuesen tan arquetípicamente antagónicos hasta esta misma mañana.

Hallábame yo apurando el eyeliner en mi párpado hinchado, fruto de una noche horrible a causa de una tortícolis galopante (intentar soñar con los angelitos cuando el cuello cruje a cada intento de paseo onírico es harto desagradable, uf), cuando mi chico, que entra a las 08:00 a trabajar pero le sobran diez minutos para arreglarse, desayunar, llegar al tajo y dar los buenos días al que se encuentre por el pasillo y le caiga bien, me dice:

 

          Yo, si tengo que hacer e-s-o todas las mañanas para estar guapa, creo que me resignaría a ser la fea más feliz…

 

E-s-o.  Obsérvese que el determinante que mi chico empleó para referirse a mi ritual diario de belleza conlleva un no sé qué de hastío y/o incomprensión que, por un instante, me llevó a envidiar ser hombre. Un hombre de pelo en pecho y barba cerrada, uno de esos que encuentra fascinante pasarse un sábado viendo un derby futbolero y rematar una cena-revolcón con una sesión doble de Top Gear, ese Parnaso televisivo de los tunnigs. En aquel instante me dije:

 

          ¿Y si yo hubiese venido de serie con un pito y dos pelotas?

 

Antes de darme la segunda capa de rímel alargador-espesante-chiripitifláutico y mirándome en el espejo, me imaginé agraciada con un bigote a lo domador de circo y con tanta testosterona como si Pujol, el jugador del Barça, y Collin Farrell me hubiesen poseído (¡toooooma ya…! Me imagino toda esa hombría en mí y me gusto hasta yo, mare del amor hermoso…). Y como todo en la vida es posible sólo con intentarlo y no desfallecer por mucho que el coche te lo haya llevado la grúa, me dije que debía experimentar qué se siente al desprenderse de la nenita que soy, de la nenita que me encanta ser, de mis manías, costumbres, locuras, contradicciones e insensateces propias de la chica que hay en mí.

Me pregunté cómo sobreviviría en este mundo sin mi preciado sexto sentido, ese que me avisa de que p-u-e-d-e (¿?) ser peligroso enchufar cinco electrodomésticos en la misma regleta comprada en el Súper Chino-Súper Cien, que me alerta de que comerme un yogurt caducado hace dos semanas puede no ser muy bueno para mi intestino por mucho que el Omeprazol sea mano de santo, que hace que me despierte en medio de la noche en el momento justo en el que estoy soñando que hago pis y me libra de la vergüenza de tener que confesar que miccioné en la cama, que me alerta de que alguien me miente cuando me dice que los mini short blancos me quedan genial aunque me den un aire a lo Gandhi que no se le escapa ni a un vendedor de la ONCE… Sin ese sexto sentido tan femenino como útil, tendría que aprender a ir por la vida aunque fuese literariamente. Y como soy una chica de retos y de chascarrillos… ¡bienvenidos a los mundos de Noe! Ups, no, de Noe no, que en este post soy un machito.  Un machito de identidad ficticia e inventada pero que me vale para comprobar cuánto de más fácil es (o no) ser un chico de hoy en día. Veamos, pues…

 

Bitácora del hombrecito despreocupado

Hola a todas, chatas. Antes de nada, mejor será que me presente. Me llamo Paco, tenéis que perdonarme que me dirija a vosotras en estos términos tan coloquiales pero ese es uno de los privilegios que más me mola de mi condición de hombre: puedo NO acordarme de vuestro nombre y emplear un genérico que os valga a todas. Nunca he sido un tipo brillante en lo que a recordar fechas y nombres se refiere, así que lo chata es un invento muy socorrido para alguien como yo, con una vida social intensa y más bien poca intención de complicarme la vida memorizando datos inútiles. He de reconocer que el recurso no es mío, lo he aprendido de mi primo Toñín, un jefón del ligue y un as llevándose siempre a la tía más cachonda. Mi primo Toñín: lo mejor de lo mejor. ¡La de cosas que te cagas que me ha enseñado de la vida…! Madre que lo parió, qué grande es mi Toñín.

Alguien me ha propuesto escribir cuatro líneas sobre mi condición de hombre, que hablase sin tapujos sobre lo que es ser chico. No entendía muy bien la pregunta porque, a decir verdad, nunca había reparado en ello. ¿Cómo se aprende a ser chico…? Ser hombre no es un misterio, en serio lo digo. Uno nace con polla y testículos y lo demás viene rodado. No soy yo consciente de que forjar una identidad masculina (la señorita que me propuso el reportaje dio mucho por culo con este término: identidad masculina, identidad masculina, habla de tu identidad masculina, me dijo) conlleve ningún tipo de esfuerzo, pero se ve que levanta curiosidad en las tías.

Ellas, que todo lo saben y parecen doctoradas en sabiduría conyugal y telepatía (¿has vuelto a poner una bolsa en el cubo de la basura al quitar la otra?, Tania, mi chica, tiene el don de darse cuenta de lo que NO hago incluso antes que yo), quieren saber cómo es un día desde la perspectiva de un hombre. Me resulta curioso que ellas, que todo lo observan, analizan, juzgan, disfrutan, imaginan y quieren ver donde no hay, no hayan sido capaces de ponerme una vida con sus consiguientes vivencias. Me llama la atención que para este artículo no hayan recurrido a mi novia, porque ella sí sabe como soy d-e   v-e-r-d-a-d, no se cansa de repetírmelo cuando discutimos: te conozco como si te pariera, ¡a mí me la vas a dar cuando vuelvas a nacer…! Da igual que yo intente explicarme y darle mis razones: ella siempre sabe lo que quiero decir y lo que quiero hacer. A veces tengo la sensación de que tiene ojos biónicos y que puede leer esa parte de mi mente que yo no conozco y que no tengo ni idea de que existe. Ella, mi chica, la que todo lo sabe sobre mí.  O eso dice, así que supongo que es a ella a la que correspondería hablaros de mi dichosa identidad masculina y no a mí, que me conozco lo justo según ella, según mi Tania ¡y cualquiera le lleva la contraria!

Vale, pues ahí va. Una de las cosas que me encanta de ser tío es levantarme todos los días con mi erección ready to fly. Sin duda, levantarme con ganas de jota por mucho que la noche anterior mi chica y yo hayamos tenido movida, es  desconcertante. Nada más abrir un ojo, me rasco las bolas para notar que mi misil sigue ahí, enhiesto y oxigenado, a modo de bandera blanca. Nunca se me han dado bien las reconciliaciones de palabra, así que si ella viese en mi buena salud genital un lo siento, no quería decir eso, en serio, no volverá a pasar  facilitaría las cosas. Pero a Tania no le mola nada de nada el sexo con enfado. No hay comunicación, dice. ¿Pero quién coño quiere comunicarse cuando las ganas aprietan? Psssss… mujeres.  Y como ya sé lo que pasa cuando intento tocarla en los momentos tensos, hago mutis por el foro, me voy al baño a hacer un pis a ver si la cosa se pone blandita y me meto en la ducha. Por cierto, una de las cosas que ha cambiado desde que vivo en pareja es que ya no hago pis mientras me ducho: Tania me pilló una vez y me montó tal Cristo que no se me volvió a ocurrir. ¿Pero qué cojones tiene de malo mear bajo el chorro de la ducha si todo se va por el desagüe? Lo dicho: mujeres…

Otra de las cosas que creo no está mal del todo es que uno puede decidir si se afeita o no y no tiene que ir por la vida pidiendo perdón. Me explico: hace un par de años, Tania me pidió por navidad una Silk-epil. Decía que estaba harta de ir a la peluquería a hacerse la cera, que le salía carísima y siempre le dejaban la línea del bikini mal depilada. Yo, que no tenía ni idea de que los bordes peludos de la vagina de chica se llamaban línea del bikini, tardé en caer en lo que quería decir. Tras un breve impás de confusión, Tania me pidió el aparatito de marras como regalo. A mí no me pareció ni más ni menos romántico que una báscula de baño o una batidora multifunción (que ya sabía por mis desastres de relaciones anteriores que no eran regalos bien recibidos en la vida en pareja), pero a ella le gustó la idea. Vale, pues desde aquel día, no hay semana que Tania no se lamente de no tener tiempo para pasarse la depiladora por aquí o por allá. Si estamos viendo la tele y le meto la mano por debajo del pantalón del pijama, enseguida me la aparta diciendo:

 

          – Paaaaaco, que no estoy depilada, no me toques ahí…

 

Y así estamos, que lo de la cera era un timo y no de dejaban el cerro ‘el coño a su gusto, pero con ese chisme que tanto ansiaba le duele tanto que nunca encuentra un momento para pasárselo. Yo, que no soy nada mirado para lo peludo cuando se trata de darse un homenaje cuerpo a cuerpo, se lo hago saber de todas las manera que sé, pero Tania dice que con pelos no se siente limpia y hasta que se deje las piernas pelaítas como los muslos del conejo de la paella, no hay mambo. Lo dicho, me encanta ser tío para que mi dejadez con la barba no me impida tener pensamientos impuros cada diez minutos. Ser chico y llevarse bien con los pelos es mucho más sencillo, más natural: es una relación más campechana o algo.

 

Me mola que te cagas levantarme y que Tania haya hecho el café y puesto la mesa para el desayuno ¡me libera que no veas…! No, no me interpretéis mal: no digo que lo que me encante que Tania sea la que haga las cosas de casa, es simplemente que si las hace ella, siempre están a su gusto y no hay bronca. Para mi chica, como para tooooodas las chicas del mundo, un olvido reiterado se traduce en dejadez, y lo que había empezado con buena intención (hacer el desayuno, la cama, recoger el baño, colocar la compra…) se convierte en un pollo que te cagas. ¿Un ejemplo? Ahí va: Tania toma para desayunar un café templado con leche de soja y pastilla y media de sacarina, dos tostadas integrales sin sal y sin azúcar con mermelada Hero Diet de fresa y un kiwi no muy maduro, que pela y trocea sobre un plato como si fuese un cirujano. Ella coloca todos y cada uno de los cubiertos que necesita para tomar el desayuno de una manera determinada y, si alguno no está donde debiera, sufre un qué sé yo, un paralís generalizado y empieza a respirar con dificultad. No, no digo que sea histérica (que aún no), digo que a mi chica TODO  le gusta en su sitio. Cinco veces se me ocurrió sorprenderla adelantándome a los quehaceres de la primera comida del día. Cinco veces. Una, dos, tres, cuatro y cinco. Pero ¡ca…! No se me ocurre intentarlo una sexta ni de coña…

PRIMER INTENTO: Paco, ¿a qué se supone que me limpio, a tu camisa? – me dijo haciendo alusión a mi olvido con las servilletas.

SEGUNDO INTENTO: ¿Este kiwi lo troceó un gato…? – y no, yo estaba seguro de que no, más que nada porque no tenemos y a mí aún me chorreaba jugo de las manos tras haberlo pelado.

TERCER INTENTO: ¡Jooooodeeeeeer, Paco! ¿En serio es necesario llenar el mesado de migas para hacer dos míseras tostadas? – hasta ese mismo instante, yo no tenía ni idea de que mis tostadas eran míseras y de que unas cuantas migas podían incomodarla tanto. Cogí el paño y la pasé por el mármol… – ¡Cojooooones, nené…! ¿Y ahora las tiras al suelo? Pero lo tuyo es vandalismo y al carallo…

CUARTO INTENTO: No puede ser tan difícil calentar la leche en el micro sin que se vaya por fuera… – en mal momento se me ocurrió pensar que podía dejar para luego la tarea de pasarle un paño al plato del microondas.

QUINTO INTENTO: Déjalo, amor, hoy desayuno en la oficina, es que voy pillada de tiempo… – Tania mintió como lo hacen las niñas malas y yo me sentí herido.

 

Allí, solo, en medio de la cocina y con dos tostadas excesivamente humeantes y morenas como si hubiesen ido a Mallorca, me dije que nunca más. Yo soy un hacha para arreglar tuberías, sintonizar el TDT, inventándome excusas para no ir a cenar a casa de mis padres otra vez, haciéndole masajes en los pies, peleándome con el resto de los maridos por un aparcamiento cerca de la puerta de El Corte Inglés (en serio, a veces creo que Tania quiere que aparque el coche dentro del kiosko de las revistas, al ladito de la tipa que te cobra el Hola y te dice si quieres bolsa y que esperes por el ticket, gracias), así que, que ella se ocupe del tinglado del desayuno, que seguro que nuestra relación lo agradece.

 

Los ácidos grasos Omega 3. Yo no sabía que existían hasta que empecé a salir con Tania y un día me dijo que tenía que tomar el yogurt con lecitina de soja porque era una fuente muy rica en grasas insaturadas. A mí, que me encanta comer los Larsa naturales de vasito de dos en dos y con cuchara de sopa, ni se me había pasado por la cabeza que mi organismo anduviese falto de no sé qué grasas cojoneras. Los Omega 3 de marras pasaron a ser una letanía en todas y cada una de mis comidas, hasta que le confesé a Tania que a mí aquello me sabía a caspa de viejo y que, si ella quería coleccionar sebo vegetal en su organismo, allá ella, que yo estaba encantado con que la cerveza tuviese lúpulo y cebada y que con eso me conformaba. Yo sé que a ella tampoco le gusta la lecitina de soja, ni los copos de avena, ni el polen de los cojones con que ameniza su muesli de la cena, pero lo hace porque es chica y sabe que tiene que hacerlo, s-i-e-n-t-e que tiene que hacerlo. Yo soy chico, me llamo Paco, me suelo rascar los huevos cuando voy caminando desde el sofá hacia la nevera y creo que mi colesterol es directamente proporcional a la cantidad de veces que voy con mis amigos a tomar churrasco de buey. Yo puedo comerme un chuletón con patatas aceitosas y tomarme un flan de postre porque mi inconsciencia masculina viene de serie sin remordimientos. Tania no puede comer todo lo que le apetece porque sabe que ingerir hidratos de carbono después de las ocho de la tarde hace que sus nódulos adiposos se anquilosen en su cadera, que la leche entera es malírma para la piel de naranja, que las croquetas/empanadillas/bolitas de queso son el anticristo para toda cuanta fémina quiera llegar a los treinta y cinco con una 38 de pantalón, que los plátanos sólo son digestivos y no engordantes para Rafa Nadal, que tiene un brazo que recuerda a un jamón de Guijuelo y quema más calorías que un cortacésped… Yo, que soy chico y me llamo Paco, conozco la alineación del Madrid desde el año 1975 pero no tengo ni idea de todo este coñazo que Tania tiene que recordar para alimentarse. Me llamo Paco y como lo que me apetece, cuando me apetece. Eso sí, como mi chica es la que hace la compra, cada vez es más difícil reafirmarme en mi rol de depredador despreocupado.

¿Y lo que saben  las tías sobre cosmética, qué me decís…? Tania se vino a vivir a mi casa poco a poco. Su intromisión en mi hogar de soltero fue paulatina y el compromiso se fue haciendo directamente proporcional a la cantidad de cremas nutritivas, hidratantes, regeneradoras, exfoliantes, calmantes, protectoras,  reafirmantes, anticelulíticas efecto frío, anticelulíticas efecto calor, despigmentantes, con caviar, perla ionizada, oligoelementos, péptidos y Q10. ¡Ay, el Q10…! Fue llegar Tania y sus normas de convivencia y el Q10 lo inundó todo en el baño. ¡Ah…! ¿Que no sabéis que es el Q10? Pues estáis acabados, porque el Q10 y la invención de Canal + Deportes debe ser lo más apirolante que ha ideado el hombre blanco. Tania dice que el Q10 es no sé qué coño de cosa pringosa que retrasa el envejecimiento celular. Es decir: si uno sucumbe a los maravillosos poderes de la crema de cuidado facial más vendida en el mundo (lo pone en el envoltorio; lo sé porque, a veces, cuando voy al baño a giñar y no tengo nada que leer, me leo los envases de los potingues, para pasar el rato), puede que aparentes treinta y tres años… menos diez minutos. El efecto es algo así como si le ganases un cuarto de hora a la humanidad. Y yo, que siempre he sido muy de récords, me dije un día: si ella lo usa y ya que está en mi baño… Así que desde que Tania se apoderó de todas las estanterías de mi armarito modelo Sparren de Ikea, yo me pongo toda cuanta crema encuentro (salvo Vanigesil, el alivo para tu picor vaginal, por cuestiones obvias, claro está). Desconozco si aparento algo menos de treinta y cinco pero entre que me unto y no me untos las cremas de marras, Tania no para de repetirle a sus veinte muy mejores amigas que me ha convertido en un metrosexual. A mí, que el término siempre me ha parecido un eufemismo de maricón de tomo y lomo, no sé si me halaga o no pero como Tania premia mi fijación hedonista con caricias y besos para ver lo suave que estoy, he decidido respeta las estadísticas y ser uno más de esos tíos que dicen cuidarse por sistema y convencimiento, aunque en el fondo sólo lo hagan por el refuerzo sexualmente positivo que tiene en ellas, en las mujeres que todo lo saben.

 

 

¡Que sí, que sí, que mi Cenicienta siempre quiso un Wonderbra (Editorial Vergara) se van de alfombra roja…! Así, sin esperarlo pero felicísima de recibirlo, mi novelita acaba de hacerse con el Primer Premio Dama 2009 Mejor Novela Chiclit del Año.

Dar las gracias, of course, al site www.clubromantica.com y a la Asociación de Autoras Románticas de España, que han sido los que han promovido esta primera edición de los Premios Dama 2009. Gracias a todos ellos, primeramente, por pensar que Cenicienta siempre quiso un Wonderbra debía estar nominada y, finalmente, por haberla escogido como la mejor entre otros títulos, otras plumas tan finas y elegantes como con las que competía. www.clubromantica.com, a sus pies… ¡Aaaaay, feliz cual regaliz! Así me hallo.

Yo, que como el resto de los mortales muero por una excusa para montar un festejo, os escribo estas líneas entaconada, con la manicura francesa ready to go, el pelo liso a lo Demi Moore y con el bolso lleno de ganitas de celebrarlo. Que a mi última novela la consideren la mejor novela del año en su género me ha sentado tan, pero tan y tan bien que necesitaba compartirlo con toooooodas vosotras, lectoras mías. Como invitaros a unos berberechos se me antoja imposible (la virtualidad es lo que tiene, chatas), daos por besadas+achuchadas+queridas por ser parte principal del cuento: sin vosotras, niñas mías, nada sería posible, nada sería bonito, nada sería verdad. Vaya, pues, este premio para todas vosotras, que me seguís libro a libro y  que os rascáis el bolsillo para adoptar a mis personajes como si fuesen vuestros. ¡Chinchín…!

 

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