¡Menos plato y más zapato!

 

– ¿84…? ¿Y cómo 84? ¡Es imposible! – Dijo mi chico subido a la báscula.

Lo siguiente que recuerdo fue una cara difícil de definir si no se está curtida en sustos y una rascada de testículos con interrogante sobre su cabeza que no auguraba nada bueno. Mi niño es de buen comer, de buen fumar y de buen dormir. Cuando se le restringe alguno de estos buen, se pone de un humor que casi ni es humor, ni es nada. Pero se ve que ayer se encontró cual cachalote y me pidió ayuda sin darme tiempo a reaccionar:

– Cari, tengo que bajar ¡A partir de mañana, a plan!

Eso, venga, dale no más, que cada semana nos ponemos a plan un día para arrepentirnos al inmediato siguiente. Y no es que a mí me importe su poquita voluntad, que no es eso, es más bien que, ilusa de mí, lleno la nevera de puerros, de acelgas, de lechuga iceberg, de espárragos frescos como si, efectivamente mi novio se fuese a convertir en herbívoro de la noche a la mañana. Excuso decir que, mes tras mes, termino jalándome yo la huerta valenciana ya que él, al segundo día, dice que no se han hecho sus costuras para tanta hierba. Pues vaya.

– ¿Pero esta vez en serio o no? – Pregunto yo casi con medio cuerpo fuera del baño como queriendo dejarlo a solas con sus buenas intenciones y sus acumulaciones adiposas.

– ¡Pues claro! – Me espetó en todo el hocico.

Ayer por la noche nos regalaron una bandeja de melindres que él dijo no iba a probar. De momento. Esta mañana, como cada mañana, fui a retirar su taza y su cuchara de la mesa del desayuno y comprobé, aliviada, que las rosquillas eran comestibles: Él se había jalado cuatro y aún estaba vivo. Como sé que le toca un pie que le recuerde su condición de desgraciado a régimen, nada le dije cuando hablamos a media mañana. Sólo le pregunté si se iba a saltar el bocata de jamón con queso para festejar el Ángelus o pensaba tomarlo a escondidas.

– Sólo fruta… – Me dijo cabizbajo.

Me rompí el cebollo pensando en qué podría hacer de comer para que no se sintiese huerfanito al llegar del currelo ¡Calamares guisaditos pero casi sin aceite! Como yo no estoy a plan ni entro ni salgo de él más que cuando mi chico decide castigarnos a los dos, cociné para mí un poco de arroz blanco ¡Tamaña afrenta le hice, pardiez!

– ¡Ah, claro! Y para ti arroz ¿Y para mí…? – Me preguntó mirándome a los ojos del mismo modo que Judas debió mirar al del tinglado del monte Sinaí.

– Menestra de verduras, pequeño ¡El plan! – Le dije yo arrepentidísima de no pesar ni 50 quilos.

– Pero yo podía tomar aunque sólo fuese una cucharada ¿No?

Confirmado, además de un cachorrito abandonado y un niño con parche y medio tuerto, hay algo más que me pone sensiblona de verdad, y ese es mi media castaña con hambre de hidrato de carbono. Excuso decir que, no sólo se jaló una, sino dos y quizá tres cucharadas de arroz, sino que me veo toda la semana merendando menestra Findus ¿Se apunta alguien a comer?