Las Chus al completo                                   

               No hace muchas lunas, mis Chus y yo decidimos irnos de rachí para conmemorar que seguimos siendo las que éramos cuando aún no teníamos ni idea  de lo qué íbamos a ser. Pues eso, sesión de rímel, de matizado de leónida melena, teta cuasi al aire, taconazo, visita al cajero y bolso lleno de expectativas. Pero como toda reunión For Women Only, el asunto de la preparación se convirtió en un ritual, como si arreglarse para las amigas de una fuese más importante que hacerlo para tu chico…              

 – ¿Cómo es que no llevas tu suje comodísimo de color faja, nena? – Me dijo irónico él cuando me vio clavarme el Wonderbra sin piedad hasta que mis bufas crecieron en hermosura una talla por lo menos.

 Pude llamarle morito y tirarle una zapatilla para que dejase de espiarme en pleno proceso de pupación de mi Yo Súper Mega Casero a mi Yo Vas a Ver qué Despendolado. Pude. Pude ponerle cara de vicio superlativo y acabar aquella repentina tensión sexual sobre el nido de toallas recién lavadas que acababa de apoyar sobre la cama. Pude. Pude también hacerme la sueca y castigarlo con la sombra de un celo de última hora. Pero no pude

– ¡Hiiiiip…! – Pude decir también Huuuuurra pero, siendo franca, el aire que el sostén me dejaba llegar a los pulmones no era para muchas alharacas – ¡Hiiiiiip…! ¿Y no voy a tener hipo antes de salir? – Exclamé medio en pelotas y con los brazos en jarras.

 Alegrías ante un inesperado ataque de hipo

1.- Haberse puesto el eyeliner minutos antes ya que tratar de hacerse la raya del párpado superior convulsionando puede acarrearle a una la rara expresión de un oso panda huerfanito.

2.- Dar gracias a los astros todos, incluso al pobre Plutón, de que no haya sido en plena cena de Fin de año y tragando un polvorón de la Estepeña. Acabar en urgencias asfixiada con un dulce por muy típico y español que sea, no es bien aunque allí te den un kit de uvas despepitadas, un gorrito de payasa en paro y un matasuegras tuerto.

3.- No pillarse la lengua, el moflete o la lengua y el moflete en plena sacudida aerofágica. Ojo que esto es más frecuente de lo que parece. Jurado.

4.- Por no hablar de lo que supone un inesperado ataque de hipo en plena fellatio ¡Aaaaay, ♫ayayayayayayyyy, caaaaanta♪ y no lloooooreshhhh♫…! Nota importante: En el hipotetiquísimo caso de que esto acontezca, recordar que el Betadine no se puede emplear en las mucosas. Que no. En serio.


Vale, pues con hipo y todo, me sentí afortunada de no haberme topado con el punto 1, el punto 2, el punto 3, el punto 4 o el 1, 2, 3 y 4 all together. Aún así, aquella noche, horas antes mi quedada con las Chus, patenté el punto 5: Al lorito con los sujetadores de cierre delantero, cualquier movimiento en brusco puede…
– ¡La madre que me parióóóóóó…!

…soltarse a traición y darte un latigazo pezoniano que temas quedarte con los senos bizcos a partir del día. Voilà! Allí estaba yo, con mi camiseta negra de cucaracha roquera, mi pelo a lo Diana Ross, mis tacones modelo Que nadie se cosque que mido 1.58 y mis pechitos ardiendo tras el azote del corchete contra sus carnes más sensiblonas. Aún así, me dije, esto no puede fastidiarte el plan. Hice acopio de fuerzas y traté de abrocharlo nuevamente aunque otro hiiiiip me pilló con la guardia baja.

– ¡A Lourdes, lo juro…! – Y ni así. No fui capaz de hacer pasar el prendedor por el arquito ni encomendándome a la del milagro tripartito – ¡Chuuuuurri! – Grité desde la habitación.

– ¿¡Qué…!? – Me dijo el desde el salón.

– ¿Puedes venir un momento…? – Yo quería que sonase más a favor que a imperativo pero erré en el tonillo.

– ¿Poder? – E hizo un silencio – ¡Poder, puedo, el carallo es que quiera…! – Me dijo displicente.

Y se quedó tan pancho delante de la tele, viendo como el Valencia le cascaba una chosca el Madrid sin importarle un pito ni yo ni mis lolas. Y como cuando era niña, que el hipo desaparecía en cuanto dejaba de reparar en él, me acometió tal ataque de ira por su desdén que, para cuando conseguí situar mis senos a la altura que yo quería, creí que no había ni rastro de mis hipidos.

– ¿Ya te vas, amor…? – Me dijo él al verme bolso en ristre.

– Aha… – Dije yo sin mirarlo.

 – ¿Qué tal si le das un beso a tu chico…? – Mi chico puso esa cara que yo sé que se le pone cuando tiene gana de jota aragonesa.

 – ¿Qué tal si te van dando… hiiiiiiiip? – Y se me vino a la mente su negativa de auxilio minutos antes. Nunca un pertinaz hipo fue tan bienvenido en plena ordinariez – ¡Nooooooo!

Pero sí, de nuevo el condenado cierre delantero de mi falso escote se desabrochó pero esta vez para siempre jamás. Una pieza de plástico negro salió disparada desde el centro neurálgico de mi talla casi, casi 90, yendo a parar contra el trofeo del VII Torneo de Fútbol Sala 93-94 que había traído a nuestro hogar para que yo supiese que su persona se había implicado en serio en nuestra relación. Clinck. Plas. 

 – ¿Pero qué cojones ha sido eso…? – Se levantó del sillón como un rayo y se fue hacia su más preciado galardón que lo era por ser el único que había ganado en su vida.

– ¿No lo habré abollado, no? – Calladita estás más mona, me dije con compungido remordimiento.

– No le has dado a la tele por los pelos, nena… – Él movía la cabeza de lado a lado – ¿A dónde vas ahora…? – Me dijo al verme abandonar la sala.

– A meterme dentro de mi suje de color faja, me hace menos peras pero es inofensivo…

A él le preocupó su trofeo, que a partir del día parapetó dentro de la vitrina del mueble bar. También le preocupó la tele por aquello de que es de plasma y aún la estamos pagando. A mí me preocupó él ¿Y si hubiese accedido a darle un besito y en ese momento se me hubiese fugado el corchete? Cielo, has tenido suerte, no sabes lo siniestros que resultan los parches oculares en estos tiempos.