Nada en la nevera   No tengo ni idea de porqué este verano nos está sentando tan especialmente bien a las chicas. En serio, paraos dos minutos a pensarlo. Tic, tac, tic, tac ¡Campana y se acabóóóó! Plooooo ¿A que es cierto? Será la moda, será el moreno agujerozónico que nos hace sentir cada vez más cerca de la idea de que ser Naomi Campbel está chupado, será que comernos una ensalada semanal y diecisiete helados de hielo probiótico y un Mágnum Almendrado contribuye a que nos imaginemos que las lorzas que flanquean nuestro perímetro no son, efectiva e inexorablemente, lorzas. Sea lo que fuere, el caso es que creo que este junio, este julio, este agosto y  quizá este septiembre, tendrán como balance que no haya una fémina fea. Queridas, este verano ha nacido para que nos luzcamos. Para que seamos estrellas. Y no fugaces.

 Mi novio dice que el 2006 es el año del desparrame carnal. No, no se refiere (o al menos no me lo ha dicho) a que nos estemos saciando coyunturalmente él en mí y yo en él hasta que nos confundamos como un pirulo tropical, que no. A lo que él hace referencia es a esa libertad libérrima de las tan femeninas como atorrantes carnes de la mujer. A ese desparrame carnal debe referirse cuando coincidimos con las amigas de su hermana enfusadas en blusones hippies que debían ser amplios y vaporosos y se han convertido en mallots de ciclista. Las antaño chichas, lucen este año despreocupadas, juveniles, provocadoras, amables y hasta dicharacheras. Con el calor, este 2006 ha traído la aceptación de lo que nos sobra. Y qué bien…

– Pues si no las enseñabas a gusto es porque no querías…

Me dijo anteayer cuando le menté mi complejo para enseñar las lolas en la playa cuando estaba más rellenita. Y me las miraban sin parar, le dije mientras fingía no poder acabar el segundo helado de la tarde en menos de dos horas (No, no estábamos en la playa ni hacían 40 grados, simplemente soy golosa). Él me recordó que mis peras eran algo más que limoneras y que, si tenía complejo, peor para mí porque él era taaaan feliz. Vaya si lo era, tal cara se le puso que temí tener que acercarle un kleenex para que se limpiase sus penas por aquellos tiempos de 60 kilos tan generosos. A mi media naranja nunca le molestaron mis rolletes  caderiles, ni mis morcillas flotadoras sobresalientes por encima del puto elástico de la braga cuyo anuncio juraba que no marcaba costuras y el precio lo perjuraba.

– ¿Pero qué dices…? A mí nunca me gustaron las flacas…

Pues tiene que llegar el 2006 con su uvas, sus turrones, su carnaval, su Nazareno, su primavera florida y su, oh, sí, generoso verano para darme cuenta de que, en el fondo como en el principio, a mi chico lo que más le gusto soy yo y mis no 60 kilos o mis sí 60 kilos. Él, queridos, es un sibarita de la menda lerenda. Por eso sigo dándole a los helados con doble capa de chocolate, rellenos de chocolate y con un esqueleto de chocolate que me duelen los piños al morderlo: Para seguir gustándonos ahora como siempre. Y entre asalto y asalto, me sigo poniendo morada porque, como digo, hasta la moda se ajusta a mis curvas, esas que cuando vuelva a tener, ya no serán mortificadoras. Si acaso, pecadoras ¡Buen provecho…!