Dangerous, massive destruction weapon! 

Cuando cubrí el impreso de admisión nadie me dijo que el trabajo iba a ser de riesgo. De tantísimo riesgo. Sábado tarde, gran superficie de muebles y decoración Móntatelo-tú-Mismo-con-tu-Mecanismo. Como de lo que se trata siempre es de facilitar el consumo hasta el delito, qué mejor para ello que dejar las manos libres al comprador ¿Qué lleva usted dos cafres y un aprendiz de túzaro? No se preocupe: Yo y mi contrato mierda estamos jodidamente encantados de ayudarle. A usted y a su indefensa tarjeta de crédito. Me presento, soy la cuidadora del Área de Esparcimiento Infantil. Me ocupo (Y desocupo) de docenas de niños que nunca son míos pero que me maltratan como si tuviesen confianza para ello.
La primera tarde que me llamaron para suplir a una tal Maru coincidió en enero. En rebajas. La muerte, eso es lo que era. Nada más ponerme el dorsal verde que me identificaba como la máxima responsabilidad de aquella maraña de malas intenciones con patas, ellos hicieron blanco fácil en mi enclenque persona ¿Para qué puñetas me preguntaron en la entrevista los idiomas que dominaba si a lo que iba era a la selva? Recuerdo como si fuese hoy los incisivos de un tal Borja (Número 16, 17:45 de la tarde y con dos moratones y un intento de mordisco a la espalda). Su madre lo dejó en la sala de las colchonetas con la promesa (Farisea) de que en volvería a por él en menos de una hora. Tardó dos pelotazos, un hostión con un bolo, dos pedos y una patada después. La virgen, si no llegan a defenderme dos gemelos con mocos resecos en las fosas nasales, me deja sin médula.
Por si causa desazón, que se sepa que la madre del hijoputilla vino a por él. Aunque la alegría dura poco, poquííííísimo en casa del pobre. Miré a mi alrededor con el único ojo que aún podía abrir sin que me tirase el párpado de la hinchazón y vi como dos niñas se afanaban en arrancarse el pelo a jirones. No era que me importase grandemente, a fin de cuentas, mientras ellas se dejaban rala la melena, yo me iba zafando de acabar igual. Pero, vista sangre en una de las manos de las luchadoras de barro, me asusté pensando que se había sacado la masa encefálica de fuera. Corrí hacia ellas casi sin aliento pero un macaco de menos de siete años me cortó el paso:
– ¿A dónde crees que vas, chavala? ¿No ves que es una pelea? – Me dijo
– Lo veo, número 11, lo veo ¿Quieres que pase a ser un entierro? – Le dije.
– ¡A que te meto una súper patada con pirueta y vuelta de campana…! – me dijo
– ¡A qué noooo…! – Intenté decirle
No sólo me asestó su súper patada con pirueta y vuela de campana sino que,  mientras yo caía sin respiración a los pies del hinchable de la zona de relajación, me cascó un lapo que casi me pude engominar el flequillo. Cuando recobré el conocimiento, ya las crías se había arrancado todo lo que les había dado la gana y mi agresor recibía las caricias de su madre, que le acariciaba la nuca y le preguntaba si la había echado de menos. Él se dio cuenta de que yo lo miraba y, aprovechando que su madre agradecía a mi compañera de recepción los cuidados para con su cachorro, me clavó la mirada y se cogió la pilila con la mano.
¿Polvorones en el desierto? Dadme una caja y os monto una cadena de fast-food.