Siempre con prisas, siempre para ya, el trabajo me tiene con los nervios de punta y nadie entiende que así no hay quien conciba. Procrear se ha convertido en una de mis metas, bueno, de las metas que mi chico y yo tenemos a medias. Y como hasta para follar hace falta tiempo y ganas, lo nuestro se está convirtiendo en una carrera de fondo en el que único dorsal que nos permitimos es el dale rapidito amor, que a las ocho tengo una reunión y no empiezan sin mí… Nosotros, que siempre hemos sido muy fans del sexo aquí te pillo, aquí te mato, no te me arrimes con ese short tan cortito porque te lo arranco a bocados, vernos ahora planificando ovulaciones y oportunidades nos tiene un poco la libido con lo de atrás para adelante.

 

– Nena, estoy en un atasco… vete tomándote la temperatura basal, que ya me voy bajando los pantalones en el ascensor – Paco debió entrar en zona de cobertura cero patatero porque la señal se esfumó y me quedé hablando sola del otro lado de la línea.

 

Y como yo conozco a mi Paco y sé que si dice que viene a calzón bajado es que sus ciruelas y su mástil-arriba-España van a ser lo primerito que asome por la puerta de nuestro hogar, diez minutos más tarde de oír su voz a través de mi Nokia supervolador, él llegó a casa. Por su forma de meter la llave en la cerradura supe que algo pasaba. Es lo que tiene la convivencia, que una acaba psicoanalizando hasta cómo entran en contacto los metales cotidianos. Supe que él traía prisa, una prisa que no podía tener origen en las ansias por seducirme y estar dentro de mí porque sabía que yo llevaba diez minutos en la cama con el termómetro dentro de la vagina. Lo que se dice nervioso por saber si yo estaría receptiva para tener sexo a las 17.54 de la tarde de un lunes cualquiera, no podía ser porque yo era una presa fácil.

 

         ¡Joder, joder, joooooder…!

 

Oh, oh, se confirmaba: a Paco le pasaba algo. Como lo penúltimo que sabía de él era que estaba en un embotellamiento, me figuré que venía desquiciado por tanto acelerar, meter primera, cagarse en la madre que parió al de delante, al de detrás y hasta al que se asomó tímidamente en el cruce de la autopista. Desde la habitación y sacándome el sujetador a todo meter, pregunté qué coño pasaba, si había tenido algún percance con el coche nuevo (cambiemos de coche ahora que aún podemos, nena. Cuando nazca el niño va a mandar collones para afrontar los gastos, me dijo Paco un año antes haciendo girar la puerta de la BMW).

 

– ¿Algo…? ¿qué si ha pasado algo…?– Paco se quitaba los zapatos con cierta dificultad porque tenía los pantalones atascándole los tobillos – ¿cómo vas de temperatura…?

– Genial, amor… si te apuras en entrar a matar, puede que hoy te haga padre – yo le enseñé el termómetro a lo lejos como si sus ojos biónicos pudiesen ver el display digital a dos metros – te comiste la columna del garaje con el coche, no me digas más…

– ¡Ojalá, Alicia…! – Paco, completamente desnudo pero con sus calcetines negros con los días de la semana serigrafiados en color en los laterales, se hizo sitio en la cama – ¡Joder, amor, qué pies tan fríos tienes…!

– Claro, es que yo me quito los calcetos antes de meterme en la cama… – besé a Paco, que no había caído en que once again su desnudo integral era casi integral verbigracia de sus escarpines made in H&M – ¿me vas a contar qué pasó…?

– ¡El ascensor, cari…! – Paco no perdía el tiempo y me besaba atropelladamente mientras acallaba mi boca – ¿cuánto tiempo llevas con la temperatura idónea…? – me besó otra vez  y deslizó su mano sobre mis pechos – pues que cogí el ascensor en el garaje y empecé a desbrocharme el cinturón nada más se puso en marcha.

– No me digas más… – me encantaba que me hiciese reír mientras me hacía el amor: esa era la clave de que él fuese especial. Por lo visto, aquella tarde no iba a ser menos.

– Claaaaaro que te digo más… – Paco se puso encima de mí y me cogió la cara con las manos. Me besó los párpados con cuidado de no estropearme el rimel porque sabía que después tenía que volver a la oficina – Con el sistema que tenemos de que va parando en todos los pisos si alguien lo reclama, se paró en el bajo…

– ¡Nooooo…! – No, no podía ser. Paco es abogado laboralista y vocal de la comunidad de vecinos. Su reputación como persona cuerda y altamente educada lo precedía.

– No te rías… He dicho que no te rías tanto porque aún no sabes casi nada de lo que pasó…

 

Que no me riera era algo que no podía cumplir ni aún cosiéndome la boca. Imaginarme a Paco en gayumbos en el ascensor, con su maletín, su corbata y su camisa de rayas y cuello impecable de Purificación García era algo tan hilarantemente… quise saber más, más y más mientras él me penetraba como sólo él sabía hacerlo:  a poquitos, como pidiendo permiso por tener tantas ganas de mí.

 

         ¿La cacatúa…?

 

Paco nombró a la vecina del tercero, la que tiene problemas de vista y tantos años como Sara Montiel y el apóstol Santiago juntos. La noble señora que aducía ver menos que un topo de jardín, era una señora afable y bonachona a la que había que perdonarle que no se diese el carmín por dentro del labio porque bastante hacía mantener intactas sus ansias de coquetería. Paco me contó como la buena señora entró en el ascensor así, de pronto, y sin darle tiempo a subirse el pantalón. Él, que es rápido en la reacciones, pensó que su locura exhibicionista sería mucho más evidente si se bajaba a coger el pantalón, así que se quedó impertérrito, manteniendo una conversación típica de elevador sin reparar en que estaba en cuasi cueros de cintura para abajo. Cuando nuestro sexo iba camino de acabar en orgasmo compartido, Paco dio su estocada final a mi ataque de risa:

 

– … la vieja habló del tiempo, me preguntó por ti… – pausa dramática que auguraba un buen final, un gran final en los dos sentidos: el del verbo y el de la acción – … me volvió a preguntar cuándo era la próxima reunión de vecinos y sólo cuando el ascensor llegó al tercero se despidió diciendo: tenga cuidado con ese cinturón, Francisco, que le juega muy malas pasadas ¡dé gracias que yo ya tengo una edad!

 

Aquella tarde, mientras Paco yo nos dábamos al placer de la carne y la ilusión de la concepción, supimos que si de aquella coyunda salía un crío, a la fuerza tendría que ser un cachondo mental. Entre risas, gimoteos, sigue, sigue, más fuerte, ¿te gusta, mami?, no pares, me muero, mueeeero, Diosssssh… desenmascaramos a la Cacatúa, la pobre y entrañable vecina del 3ºB, esa que fingía no pagar los extras comunitarios en tiempo y forma porque nunca veía la circular. La Cacatúa veía más de lo que decía y su mirada era más que selectiva. Siempre había sospechado que a ella le atraía mi Paco pero no tenía ni idea de que le ponía. Dé gracias que yo ya tengo una edad, simplemente genial.

 Икони