Lo teníamos todo para ser felices menos lo necesario. Teníamos amor en la nevera, pasión en bajo el cojín de ver la tele, hambre de tenernos en el bolso de los viajes pero nos olvidamos de meter en el neceser las ganas de querernos. Empezamos igual que empiezan las cosas que no saben qué son y mucho menos qué acabarán siendo. Te vi, me viste, nos encontramos y todo se transformó para que uno siempre siguiese la estela del otro. Las risas de madrugada, los Gintonics a medias con el hielo derretido moteando el cristal, listas de la compra por orden de prioridades, batallas de mando con la consigna de hoy me toca a mí elegir que ayer lo hiciste tú, planes de escapadas que acaban siendo un oasis en el camino lento, armarios desordenados sin culpable aparente ni confeso, CD’s desordenados a fuerza de no saber dónde hemos puesto la cajita, sexo a pelo y despreocupado hasta que la preocupación nos puede cada principio de mes, futuro sin contemplaciones, coordenadas o destinos, besos mañanerísimos con sabor a café con leche que llego tarde, abrazos circunstanciales que saben a despedida y a bandera blanca, besos abrasadores que saben a nunca te tuve tan cerca, besos dormidos e infantiles que nos dejan la despensa vacía de no te muevas todavía. Una vida de casualidades en común que nos convierte en siameses, en un paquetito plateado de galletas Oreo de los que vienen de dos en dos, somos distintos y somos uno, uno en lo mejor, en lo peor y en lo regularcito. Amor transfronterizo y ciclotímico que nunca sabe si viene o si va, si siente o si padece, si siente y padece, si eres o si soy. Amor adolescente e incandescente que ha aprendido a ser adulto a fuerza de día a día y bajo la vacuna de la comodidad.

Un hogar sin ti era una casa y las casas no dejan de ser torres con tejas y sin princesa de mi cuento. Puertas, ventanas, alfombras de Ikea, mesas de cocina con diseño que ha dejado de ser el que se lleva, edredones 100% plumón que funcionan como telón de la comedia romántica que es lo nuestro, lámparas de halógenos que fundimos cada vez que la tensión entre nosotros se hace evidente, cortinas de ducha con mensaje que algún creímos inteligente, cuberterías de Zara Home con baño dorado que nunca sé si llevarme a la boca o colgármela de la gargantilla, zapatillas de pana negras con suelo mullidito que hacen que te tambalees al bajar las escaleras, toallones que siempre rascan aunque los lave con mimo y suavizante de marca. Una casa se convirtió en hogar cuando tú entraste en ella y todo empezó a oler a ti, a tu cotidianeidad y a tus prontos atesticulinados. Nuestro hogar, que sólo nos faltaba en la entrada la chapita tan americana ella de Home, sweet home para acabar de ser cierto. Nuestro hogar, nuestro fortín, nuestra lancha neumática-cruza-estrecho- de-Gibraltar que no fue capaz de capear la tormenta y la ilusión empezó a hacer aguas.

Siempre he sido muy mala para buscar el momento y dar malas noticias pero soy mucho peor para encontrar las palabras y empezar a darlas. Lo de cariño, tenemos que hablar me dejaba tan con el culo al aire que pensé que hacer la maleta, dejar libre el cajón de las bragas, llevarme mis cremas anti arrugas, anti ojeras, anti descolgamiento, anti celulitis , anti parejas que ya no van y dejarte una nota en la nevera de que hacía falta comprar Jamón de York y Coca-Cola Zero te darían las pistas suficientes de que la guerra sucia había terminado antes de empezar. Nunca me han gustado las hostilidades y las despedidas siempre me han cogido con el pie cambiado y una ampollita en el talón. Salir corriendo es algo que tampoco bordo, pero para correr no hace falta cuajo y pueden hacerlo hasta los cojos si llevan una muleta y alguien les ayuda a subir los bordillos. Te he dejado un plato con pollo de la cena y por si la pena te coge con hambre y no das pie con bola en la cocina. No sabía si necesitarías algo de hidrato de carbono para paliar la sorpresa así que te he dejado una bolsa de patatas fritas Bonilla, ya sabes que siempre hemos sido muy fan de su regusto gallego y su poca sal.

Paco, siento no quedarme para ayudarte a pegar los trozos del desastre. Sabes que has sido lo más importante de mi vida hasta que mi vida me abandonó y tú te fuiste con ella y con nuestras ganas de que todo funcionase. No sé si volveremos a vernos pero si es así, espero el tiempo me haya convertido ya en un lejano y bonito sueño. Nunca me han gustado las pesadillas y pasar a la historia como la más grande de tu vida no me hace gracia. Ninguna. Recuerda que alguna vez te quise aunque de aquello ya hace tanto que no  me acuerdo de cómo me sentaba. Ahí van todos los besos que aún llevan tu nombre y me huelen a ti, yo ya no los necesito y seguro que a ti te van a hacer falta.

 

Siempre tuya aunque nuestro para siempre ya no exista,

 

Marta