La última vez que le dije a mi padre que tenía trabajo, la conversación se saldó con dos tazas de sal de frutas, un portazo de los que siempre le mueven las alitas al querubín que mi madre tiene sobre el marco y varios Lourdes, la culpa es tuya por mandar a tu hija a estudiar al extranjero. Y es que mi padre, como muchos otros especimenes cavernícolas que confunden el culo con las témporas, no tiene ni idea de lo estupendo y dignísimo de mi currele.

 

         ¿Teibol qué…? – Preguntó él mirándome por encima de las gafas.

 

Table dance, papi… – y me llevé la porrusalda a la boca para estarme callada el mayor tiempo posible antes de que la tercera guerra mundial se desencadenase en la cocina de mi madre.

 

         ¿Y eso qué coño es, Teresita? – yo odiaba mi nombre hasta el hastío y él lo sabía. Desde que me había ido a Canberra hacía un par de años, me había anglosajonizado el nombre y sólo respondía si se me llama Teri o Theari como me llamaba mi boy friend Jonh McDormant.

 

         No me llames Teresita… – protesté sin mirarle a los ojos pero sin perder de vista a la moderadora de aquel debate-careo. Lourdes, mi madre, había puesto sobre la mesa la botella de fino Santa Catalina y un chupito. Dos, puso dos, intuyó que alguien más iba a necesitar la ayuda de la beata.

 

 

         Te llamo como me da la gana porque eres mi hija y, que yo sepa, sigues llamándote Teresa aunque no te guste el nombre de tu difunta abuela… – clarividente el posicionamiento de mi progenitor, sólo me faltaba ver cómo sacaba los tanques de la dialéctica a la calle para mandarme a mi habitación sin cenar. Al tiempo, me dije.

 

         Pues que bailo artísticamente sobre una tarima y…

 

 

         ¿Que bailas sobre una tarima…? ¿y te encaramas a una barra de acero como Ana Obregón en Ana y los siete…? – el augusto abogado Rodolfo López Guitián, de los Guitán y Guitián de toda la vida, enrojeció hasta que yo, su hija y bailarina de discoteca, temí por su vida. Mi madre se le acercó para aflojarle el nudo de la corbata y él la rechazó de un manotazo al aire. Se estaba rifando una colleja y yo tenía todas las papeletas. Vaya.

 

         No, no, eso lo hace otra chica. Yo sólo animo el local de copas al ritmo de House o Techno y nada más ¡pero lo hago v-e-s-t-i-d-a, eh! – he aquí lo más locuaz que se me ocurrió como improvisado bálsamo para mis paternales reticencias.

 

 

         Excusatio non petita, acusatio manifesta

 

Eso fue lo último que mi padre dijo antes de acercarse al teléfono y llamar a la gestoría. Yo, que de latín lo justo y siempre me creo con la cualidad de manipular a mi padre a mi antojo, pensé que ya había digerido el sapo que le acaba de hacer tragar y, valorando los kilómetros de distancia que lo separaban de aquella vergüenza familiar, había decido pasar página. Nunca supe hasta donde podía subestimar a mi papaíto.

 

         Manolo, al habla Rodolfo López Guitián. Esta misma tarde anula la orden de pago de la mensualidad de estudios de mi hija Teresita… ¡Si no me ha pedido consejo para hacerse Hara Krishna, supongo que tampoco necesita mi dinero…!.

 

 

Tu, tu, tu, tuuuuu… (teléfono comunicando)

 

 

         ¡Teibol dens, Rodolfo ! – le corregía mi madre quitándole una mota de polvo de la hombrera de la chaqueta.

 

         ¿No irás a suprimirme la paga para mis gastos, verdad…? – dije yo horrorizada ante la idea de tener que prescindir de mi cine, mis musicales, mis cenas out county y mis veladas de saldos que nunca lo eran tanto.

 

 

         ¡Cómo lo sabes, hija mía…!

 

 

Y mi padre abandonó la cocina con el suplemento naranja de El País debajo del brazo. Busqué en su expresión un atisbo de humanidad para con mi nueva situación de paria en mi propia casa. Nadie, ni mi madre, la dulce Lourdes, que dijo lo suyo, fue capaz de disuadirlo de sus repentinas decisiones. Nadie, ni yo misma fui capaz de defender mi  derecho a iniciarme en la vida laboral como mejor me pareciese.

 

         ¿Y a ti no te hubiese dado lo mismo mentirnos como hacen el resto de los hijos a sus padres, nena? – preguntó mi madre con la cara desencajada por no llamarme tonta con todas la letras.

 

         Yo pensé que…

 

 

         Yo pensé, yo pensé, yo pensé… – me cortó mi madre imitándome como si fuese José Luis Moreno y yo uno de sus muñecos – Si no ibas a salir en el canal Viajar bailando encima de un menhir, podías haberte ahorrado el disgusto…

 

         ¿A ti te parece bien, mamá? – pregunté cuestionándome como iba a pagar la Visa al mes siguiente.

 

 

         ¿Y si me pareciese mal, dejarías de mover el culo sobre esa tarima? – Me dijo poniéndose las gafas para hojear el dominical.

 

         Mmmmssshiiiii… – dije.

 

 

         Pues eso es lo que deberías haber hecho, Teresita… – sentenció sin mirarme y fingiendo despreocupación.

 

         ¿El qué, dejarlo? – contesté sentándome a su lado.

 

 

– No. Mentirnos…