¿Y…? – Inquirí casi sin ganas y sin levantar la vista de la sección You Must Have del Vogue especial operación bikini.

 

Lázaro había ido a abrir la puerta consciente de que yo no estaba dispuesta a abandonar mi postura de no hacer absolutamente nada en el sofá. Él sabía que si dos timbrazos después, yo seguía con las gafas puestas y la revista entre las manos, era porque a él le tocaba abrir la puerta. Que fuese domingo y no esperase visita ni reparto de eBay alguno, también era un punto a tener en cuenta. Como digo, Lázaro se levantó y andó, que digo anduvo (todo sea por la rima).

 

         ¡Candy…! que si teníamos crema para las quemaduras – mi chico evitaba mirarme a los ojos por no ofrecerme su personalísima mirada de sí, es tan evidente que me doy cuenta hasta yo.

 

         ¿Yyyyyy…? – Mirando por encima de la montura de las gafas, insistí de nuevo. Podía haber enarbolado una frase más certera, quizá más obvia pero sabía perfectamente que mi conjunción se convertía en súper-conjunción-mega-inquisitiva a golpe de entonación.

 

         Y-Y-Y-Y-Y-Y… eso, nena,  nada más. Que si teníamos crema para las quemaduras… – Lázaro se sentó en mi sofá y puso mis pies sobre sus piernas.

 

         ¿Y tenemos…? – Pregunté divertida.

 

         Pues creo que no… – Fingiendo no querer entender mi gesto picajoso, él desvió la vista a la tele: en un aeropuerto, un Dustin Hoffman fracasado y madurito pedía a Emma Thompson que tomase el té de las cinco con él. A Lázaro siempre le han privado las escenas de amor senior.

 

 

         Pues crees bien… – Y sin saber muy bien si no pude o no quise, dejé que mi risa lo inundase todo en el salón.

 

 

Candy. Candy era la versión fashionista y cosmopolita de Cándida. No seré yo la que se mofe de su idea demodé de usar diminutivo acabado en Y porque bastante penitencia es ir por la vida con nombre de hongo vaginal. Los López Aguilar somos muy de teorías y, tras años de observación minuciosa, he llegado a la conclusión de que el bastión de los tontos del culo está plagado de seres con nombres risibles  cuya adolescencia complicadita y tormentosa ha estado plagada de collejas y/o capirotazos. No digo que a Candy la hayan freído a nucazos pero seguro que llamarse como se llama le ha acarreado algún que otro sinsabor ¡anda que no…!

 

 

Vale. Pues Candy, amén de ser la propietaria de tal tesoro onomástico, también es mi vecina. Mi vecina rubia, casada, con tres niños y un marido entrenador de fútbol. Con un gusto pésimo para la decoración paisajística (para la jardinería de toda la vida), ha descubierto en mi chico, en mi Lázaro, la flor que ansía para su parterre. Y no es que yo sea celosa, que no lo he sido jamás y ahora me pilla perezosa para cogerle el punto a un sinvivir de inseguridades, es que no soy ciega. Y él tampoco. Después de un mes de pequeños detalles que si los sumamos + analizamos +sacamos punta nos resulta un detallazo monumental que no arroja sino una verdad como un templo: a mi vecina le gusta mi novio. Sí, sí, como lo escribo y como lo oís: a Candy, la madre perfecta y desquiciada y esposa del entrenador de fútbol del Auri Gualda, le gusta mi Lázaro.

 

 

La primera vez que noté algo raro, me dio cosita decírselo a él por aquello de no empezar a comportarme como la típica novia de adosado. Nos habíamos cambiado a un cuasi chaletito por saber lo que era hacer vida al aire libre y dar rienda suelta a nuestra sociabilidad encorsetada. Entablar relaciones con la vecindad no era un plan pero, antes de que tuviésemos claro si nos apetecía o no, ellos, los extraños que nos emparedaban y con los que compartíamos tabique y ruidos, nos adoptaron como uno más de la comuna hippie. Dos barbacoas después y una sardinada en la zona común con motivo de San Juan bastaron para unir lazos y estrechar unos vínculos que a ambos, a Lázaro y a mí, nos parecieron excesivos pero incontrolables ya. El día de la segunda parrillada y presa de un ataque de que alguien me ayude porque los criollos se me incineran, Candy llamó a mi chico para que sofocase su incendio.

 

 

         ¿Sabes qué hay que hacer cuando los chorizos prenden fuego…?

 

Pero las llamas no sólo la emprendieron con las longanizas blancas, las salchichas y la costilla de chachito, no. Fuese porque mi Lázaro es la versión wildside de David Cantero el de las noticias de la 1, fuese porque los años y las canas lo han convertido en un 36añero interesante y tope atractivo, el caso es que Candy-Cándida, mi sacrosanta vecina, se prendó de él como el fuego del asadito. Él, que es despistado hasta decir basta y no hay mañana en la que no se deje el grifo abierto después de afeitarse, no vio venir en su dirección un arponazo cupídico que ella no se molestó en disimular. A lo lejos, y luchando por sobrevivir a una conversación sobre la conveniencia o no de poner columpios donde por plano y precio el promotor de la urbanización había prometido una cancha de paddel, mi sexto sentido me lo dio meridianísimo: aquella aprendiz de arpía le había echado el ojo a mi chico.

 

 

         Qué suerte tienes con Lázaro, chica ¡vale para un roto y un descosido…!

 

Nunca he sido de montar escenitas tórridas de celos infundados y mucho menos fundados. El puntito chica insegura quiere atar en corto al hombre de su vida siempre ha sido un roll que, por rancio, me quedaba tan grande como las zapatillas que Lázaro y yo compartimos al salir de la ducha. Por eso y porque no quería que él se sintiese expiado en su primera incursión social en nuestra nueva urbanización, puse mi conjetura y mi secreto en cuarentena.

 

 

La prueba irrefutable de la atracción de Candy por mi novio fue mucho menos sutil, más cargada de intención y maquiavelismo femenino. Ella, sabedora de mis horas de entrada y salida del hogar, esperó a que el nido estuviese libre de estrógenos. Aprovechando mi cita en la pelu para hacerme el láser en el mentón (me niego a aceptar como mía esta sombra negruzca porque no quiero terminar haciendo mía aquella canción infantil de mi barba tiene tres pelos, tres pelos tiene mi barba, si no tuviera tres pelos, ya no sería mi barba…), ella sacó a la calle la artillería pesada. ¡Ding, dong…!

 

 

         ¡Hola, Lázaro…! – me imagino que le dijo – Estaba en casa sola y vi como tu mujercita te dejaba a merced de mis garras y me preguntaba si estarías dispuesto a creerte que en mi casa hay un fantasma dispuesto a chuparme la sangre… ¿podrías venir a ahuyentarlo y decirle que es un nené muuuuuy, muuuuuuy malo…?

 

         Pues me coges cuadrando las cifras de la reunión de mañana, Candy… – se excusaría él, mesándose el pelo y adoptando el tono supermánico del que sabe que está a punto de desempolvar su masculinidad – … pero siendo un coco taaaan maaaaalo y tú una tía tan a tiro y que me sube tanto el ego, no me va a quedar que ir a allí y forrarlo a hostias…

 

Una hora más tarde, cuando llegué al hogar, Lázaro no estaba. Un Post – It en la campana extractora me informaba de que estaba en el chalet 16 ayudando a Candy con una bisagra del armario del baño. Subí a darme una ducha y él llegó cuando yo ya me estaba dando el aceite Johnson. Aquella tarde tuvimos un sexo inesperado, frenético y adolescente. Sentirme penetrada casi por sorpresa cuando aún mi piel resbalaba como una trucha fue divertido y refrescante pero me hizo pensar que ella, Candy, the sweet Candy , había sido, sin duda, el combustible del revolcón que nos estábamos dando. Justo cuando él se venía dentro de mí, le pedí que me mirase. Sólo cuando puede ver que en sus ojos aún habitaba yo, pude darme tranquila al sueño con él todavía entre mis piernas.

 

 

         ¿Sabes que a… e-l-l-a  le gustas, no? – Días después de aquello y mientras los dos preparábamos la cena, le regalé mi pildorita de perspicacia femenina.

 

         ¿A ella…? – Lázaro sonrió y yo supe que él sabía perfectamente de quién era ella.

 

         Ella, la Mujer Desesperada a lo andar por casa… – Los dos nos reímos sin parar y él celebró mi ocurrencia metiéndome un cherry en la boca.

 

A partir de ese momento, con las cartas sobre la mesa, Lázaro y yo decidimos jugar al mus con las evidencias. A Candy le gustaba coquetear con él, a él no le importaba dejarse querer, yo, sabedora de que él me quería a mí, me deseaba a mí, era a mí a quien hacía el amor y regalaba sexo donde, cuando y como quería y me gustaba, no me importaba que él jugase a Adonis. Faltaba saber qué opinaba el entrenador del Roji Gualda pero se ve éste que no había comprado un ticket para la función. Como he confesado líneas más arriba, no soy yo de naturaleza celosa pero nada he dicho de no tener una mosca detrás de la oreja (o un ciento de ellas…).