Siempre había pensado que ser feliz pasaba por tener un horno que no hiciese humo, un coche que no consumiese demasiado, una madre que no le enseñase fotos de tu infancia a tus novios antes de que se convirtiesen en ex novios y que los viernes noche el sexo fuese tan plenamente satisfactorio que ni una almohada 100% plumón de Ikea fuese quien de sofocar mis gemidos. Siempre había estado segura de mí misma, de mi yo interno con el que me llevaba de perlas hasta que se me dio por cuestionarme si realmente todo era tan maravilloso como hacía tiempo ya no paraba a pensar.

 

A Julio le pirraba hacerme saber que me quería una vez cada dos años. Según él, decir que me quería era lo mismo que contestarme yo también cuando yo le declaraba mi amor casero y otrora pasional. Él solía recordarme su pasado de chico duro y su reticencia a decir te quiero como una especie de incapacidad mental no transitoria contra la que no estaba dispuesto a luchar porque era cómoda que te cagas. Julio pensaba que sus no te quiero eran tan explícitos que con ellos y una palmadita en el culo después de hacer el amor, nuestra unión quedaba más que probada. Siempre le había funcionado hasta aquel sábado en que, como digo, me puse a pensar y ya se sabe, yo ya sé lo que pasa cuando pienso más de la cuenta en la verdad que no quiero ver.

 

               Nena, ¿hace un partido de tenis en la Wii y pedimos un chino…? – me preguntó satisfecho después de echar un polvo premeditado.

 

               ¡Sabes que la Wii me da por culo, Julius…! – repliqué mientras me ponía el tanga de nuevo.

 

               ¡Joer, cari, yo también te doy algún gusto de vez en cuando…! – Me dijo ofendido ante mi reticencia videojuéguica.

 

          ¡Sí, alguna vez más que otra, sí…!

 

 

Como quiera que fuese el talante de mi tono, lo cierto es que Julio se quedó paralizado ante mi confesión a medio vestir y aún sentada sobre la cama que minutos antes habíamos recorrido palmo a palmo con la piel desnuda. Lo miré y supe que él tampoco quería darse por enterado de que le acaba de decir que su sesión de dentro, fuera, ahora lento, ahora rápido, así nena, así le gusta a papi, dime cuánto te gusta, a qué sabe, dime a qué sabe no había sido todo lo genial que a él le hubiese gustado que fuese. Parte de su pasmo radicaba en que no se había planteado siquiera que a mí no me hubiese poseído una explosión de placer al sentirme penetrada, lamida, acariciada. Todo en la vida conyugal era tolerable excepto hacer reproches sexuales con las bragas a medio poner y aún con las sábanas calientes, no en vano, él era un hombre ¡qué caray…!

 

– Oye, princesa ¿te pasa algo…? – con la misma mirada medieval que supongo tendrían los caballeros de cuando no les dejaban entrar al castillo, Julio se incorporó y apoyó su torso sobre el cabecero de la cama.

 

– ¿A mí…? no ¿por…? – contesté mientras me recogía el pelo en un moño improvisado.

 

           Es que… ¡no sé! que te encuentro rara de cojones…

 

– ¿Rara? ¿Cómo rara…? ¿Qué quiere decir rara, Julio…?

 

– Pues eso, rara… ¡tú ya sabes qué quiero decir con r-a-r-a…!

 

 

Julio esperaba que una vez más yo le fuese adoquinando el camino de la verdad. De igual manera que solía terminar sus frases cuando él no encontraba la palabra adecuada, quería que yo solita me sosegase y me liberase de lo que quiera que fuese que me tenía tan… rara. Pero erró en el tiro porque yo aquel sábado me había propuesto ser tan franca con mi vida que sólo de pensarlo sentía frío, un frío descomunal y desorientado que no sabía si me llevaría, si me traería, si me voltearía o me dejaría calva. Aires de inconformismo azotando un corazón en constante cambio, eso me envolvió en el mismo instante en que Julio mentó la Wii, el chino y mi rareza poco habitual después de follar.

 

 

          Julio…

 

          ¿Sí…?

 

          Julio… ¿tú me quieres?

 

               ¡Ya estamos otra vez…! – fingió una risa que sonó a miedito infantil a la oscuridad – creo que ya sabes que sí.

 

               Que yo te quiera y tú te dejes querer no significa que me quieras…

 

               ¡Chata, cuando te pones poeta no te entiendo…! – y se tendió en la cama, de lado, tapándose la cara con la sábana.

 

               Poetisa, Julio, si acaso me pondré poetisa…

 

               ¡Ponte como quieras! Está claro que hoy no nos vamos a entender…

 

               ¿Hoy? ¡Vaya…! es una suerte que uno de los dos conserve su optimismo.

 

 

Aquel sábado no jugamos al tenis en la Wii, no tomamos cerdo agridulce, ternera con bambú, rollitos de primavera, pan chino hervido y galletas de la suerte. Aquel sábado cenamos distancia y brecha infinita. Si yo no le conociese tanto, sabría que él no estaba culpando a mi ovulación de mi numerito melodramático sobre su capacidad de amarme. Si él no me conociese tanto, no estaría tembloroso a preguntarme si aquello era el principio del final. Si ambos no hubiésemos compartido intimidad diurna y nocturna los últimos cuatro años, no sabríamos a ciencia cierta que algo estaba empezando a pudrirse en la neverita de lo nuestro. Como un queso Brie al que se le aproxima la fecha de caducidad, el nosotros, nuestro nosotros empezó a oler a algo que recordaba a pis de bebé.

 

El lunes siguiente y aún bajo el influjo de un fin de semana parco en palabras y lleno de excusas para ausentarnos del campo de batalla en el que se había convertido nuestro hogar, la paz llegó bajo el fuego cruzado de SMS:

 

 

RECIBIDO:    Decirt q te quiero cambia tanto ls cosas…?

 

ENVIADO:   Aha!  

 

               RECIBIDO:   TE QUIERO_TE QUIERO_TE QUIERO_TE QUIERO_y no quiero perdert ni este sábado ni nunca!

 

ENVIADO: Aha!

 

               RECIBIDO: Aha??? Nena, Movistar no cobra por palabra J Mis te quieros cambian algo?

 

               ENVIADO: Tus te quieros son un buen principio y un final. El principio de lo que quiero y el final de lo que ya no estoy dispuesta.

 

 

Un te quiero con vocación exhibicionista y afición nudista, eso nos faltaba para el final redondo y feliz. Bueno, eso y que yo mejorase mi saque con la raqueta de la Wii pero con eso ya voy por muy, pero que muy buen camino…