El otro día me sorprendí diciéndole que no a mi angelito malo. En serio, sé que cuesta creerlo porque mi angelito aprendiz de demonio es un querubín melindroso, con don de gentes, zalamero y conquistador hasta decir basta y cuando él te dice al oído esos zapatos te los tienes que llevar precisamente porque no los necesitas, no es fácil hacerse la sensata y sacártelos del pie como si quemasen.

Decirle que no a mi angelito malo y travieso es un rara avis que cada vez acontece con más frecuencia en mis tardes de shopping. Pero tranquilos todos que no es que un golpe de madurez doméstica me haya poseído, ni tan siquiera que mi media castaña haya hecho que mi yo manirroto cambie de acera sin mirar a un lado y al otro para comprobar si vienen coches. Sólo algo desalmado, aburrido, prosaico, fatal para el cutis y horrible para las úlceras findemesinas como la crisis puede atribuirse el mérito de mi reconversión. La crisis, ese nuevo cocón del siglo XXI al que habría que condecorar por ser el comodín a la hora de jurar en arameo cuando las cuentas no dan y los pies siguen asomando por debajo de una manta que dudo que alguna vez hubiese sido del tamaño de mis piernas.

Decirle que no a mi angelito malo y sus alegres alitas de algodón de azúcar es un mar de complicado. Él me conoce como nadie y sabe lo que daría por hacerme con esto, con aquello y con lo otro. Aunque salte, brinque, se marque una coreografía digna de Fama o entone un cancioncilla ripiosa que ríete tú del Coro de la cárcel, hace meses que he aprendido a hacer lo que Ulises con las sirenas. Basta con  evocar el recibo de la Visa, el tarifazo de FENOSA, los megas de subida y bajada de Telefónica que me cobran como si los datos de Internet me los trajese un Sherpa desde el Himalaya, mis aportaciones a la Fundación del Buen Diente de Eroski+Mercadona+Carrefour+Árbol y las sorpresas de mi Lupito de limón que es capaz de gastarse solito 400 euros de mi sueldo en revisión, seguro e ITV para que mi mano curse parkinson prematuro antes de echar la mano al monedero (por muy TOUS que sea y vestigio viviente de mi otra vida de niña consentida).

Si digo, pues, que hace días que vengo notando que mi angelito malo y sus angelicales ideas ParisHiltonianas están de capa caída, no estaría equivocada. Si digo también que no me extrañaría que estuviese buscando otra almita débil que alquilar, tampoco me extrañaría ni un tanto así. Sólo me pregunto si tardará mucho en dejarme a solas con mi incipiente sensatez porque de lo que nadie habla es de lo pesaditas que eran las sirenas con el pavisoso y desorientado Ulises y lo lejos(-ísimos) que estaba la puñetera Ítaca. Menos mal que Caja España sabe como hacer que mi menda lerenda siga siendo soooorda como una tapia…