– ¡Caaaariiii…!

 

Las sorpresas siempre han sido un medio en el que mi Pepe se mueve como pez en el agua. No es que yo sea de las que siempre espera un anillo por su cumple (que sí, sí, sí) pero lo cierto es que cuando el paquete es pequeño, cuadradito y con un lacito coqueto coronándolo, aflora en mí la suspicacia y ya veo algo brillando en mi dedito de princesa. Pero…

 

       ¿Y esto qué es…? – dije perpleja al abrir la cajita.

 

Las sorpresas. Como ya dije en el párrafo anterior, Pepe es un hacha con el factor asombro. Y nunca tanto como entonces porque lo que salió de aquel paquete con designios de haber sido un anillo, lo fue pero no para mis manitos de niña hermosa. Ser, era un anillo, pero uno un tanto especial y que, por mucho que yo hubiese maquinado, nunca podría haber adivinado.

 

¡Lo nuevo de Durex, nena! Me ha dicho Nachete que es la hostia…

 

Ya lo decía mi madre: Hija, Pepe es muy bueno pero muy burro. Hazte a la idea… Y aquel día, con el vestido a medio abrochar porque el tiempo se nos echaba encima y llegaríamos tarde al festejo con mis amigos, tuve que darle la razón a mamá. Pepe era una de las mejores personas que conocía, la mejor a poco que hiciese balance y memoria, pero a veces tenía la sensibilidad en el orto. Vale que cumplir treinta y cuatro después de haber festejado en pareja por lo menos los últimos siete años tenía su punto de confianza pero un anillo masajeador clitoridiano como regalo de aniversario me resultaba un tanto demoledor. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueeeeveeeee, dieeeeez… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueeeeveeeee, dieeeeez… Tras dos series de respiración mántrica / yóguica y dos oleadas de sudor histérico-pre-pollito, pude articular verbo alguno.

 

– ¿Y esto como cona se usa? – repliqué sin salir de mi asombro.

 

– Payasa… – Él me acarició la nuca y rió mi ocurrencia involuntaria de mentar mi vulva en aquella frase – Pues traerá un manual de instrucciones, digo yo…

 

Y allí estaba Pepe, mi Pepe que viste y calza, abriendo el paquete rosa de Durex como si le fuese la vida en ello. Él, que no había mostrado interés alguno en el manual de nuestro flamante horno pirolítico y del que no sabíamos conectar la función limpiado automático por falta de interés en lectura de las instrucciones, hallábase leyendo a toda velocidad cómo carajo se ponía, cómo se disfrutaba de aquel anillo apirolante (nunca mejor dicho, había replicado él). Le pedí que me subiese la cremallera del vestido, remitiéndome a una prisa que había quedado manifiesta mucho antes de que mi regalo de cumpleaños asomase en nuestra cocina. Con una mano intentó cerrarme el vestido y con la otra sostenía el prospecto del anillito en cuestión.

 

– … téngase en cuenta que el anillo es de un solo uso y que en ningún caso ha de mantenerse puesto más tiempo del estrictamente necesario… – Decía sin pestañear – ¿cuánto tiempo será el estrictamente necesario para el tío que escribió esto, cari?

 

– Pepe, hijo ¿podemos dejar e-s-o para más tarde…? Nos esperan.

 

– Pues que esperen, nena, que hoy voy a hacer que no se te olvide tu trigésimo cuarto cumpleaños…

 

Y como si la famosa furia hispana y española lo hubiese poseído, mi Pepe me desvistió en medio de la cocina, con una pasión adolescente pisándonos los talones. Me arrancó el tanga haciendo crujir las blondas y las costuras. No tuvo en consideración que fuese el que mejor me sentaba con los vestidos ajustados y el cual yo adoraba porque no me hacía morcillas. De todo se olvidó porque los arrebatos pasionales es lo que tienen, que no entienden de prendas fetiche ni de Pepe, Pepe, espera que es de La Perlaaaa, que me costó un riñóóóóón, Peeepeee… De nada sirvió mi resistencia de mentirijillas porque cuando él me sostuvo a horcajadas hasta sentarme en el mármol frío del mesado, yo ya me deseé embestida antes incluso de que él visitase mi jardincito. Pero no…

 

      Espera, Loli, que me voy a poner esto…

 

Allí mismito, con los pantalones por los tobillos y yo de piernas abiertas sobre la piedra en la que otrora cortaba el pan para cenar, Pepe se puso el anillo de marras en su varita mágica. Yo, que soy de risa floja hasta en los velatorios, no decepcioné al destino y me puse a reír como una posesa ¡el cuadro no era para menos! Ante mi incontinencia hilarante, mi chico sentenció:

 

– Ya verás la risa que te va a dar ahora, tontita… – Me clavó esa mirada que sabe que me estremece cuando se está haciendo de rogar. Se llevó la mano al anillo – ¡Esto se mueve que no veas…!

 

      ¡Vale, te creo…! Pero ven y házmelo de una vez

 

Dicho y hecho. Vino y me lo hizo. ¡Vaya si me lo hizo…! Entre bamboleo y bamboleo, un extraño cosquilleo sacudía mi epicentro. Si he de ser sincera, no sabría decir si aquello molaba o no. Era r-a-r-o. Raro y desconcertante. Dado que el anillo había sido un regalo, su regalo, Pepe quiso saber si había acertado.

 

      Neeenaaa… ¡aaaaah…! – me susurró al oído – ¿qué tal… aaaah?

 

– ¿Eeeeh…? – Pepe sabía que yo no soportaba las encuestas de satisfacción y menos cuando tenía algo entre manos y mucho menos entre las piernas – ¡Sigue, nené, siiiigue…!

 

– ¡Aaaaah…! ¡Aaaaaah…! ¡Aaaaah…! ¡Aaaahaaaayyyyyyy…!

 

Justo cuando la cosa pintaba en bastos, Pepe se quedó inmóvil pero no dejaba de gemir. Siempre había sido un amante entregado y ruidoso así que su vocerío no me llamó demasiado la atención. Todo podía haber quedado dentro de la normalidad si no fuese que, cuando yo reclamé un último y profundísimo alunizaje en mis honduras, él soltó un alarido que me río yo de Tarzán…

 

– ¡Aaaaaaahooooooostiaaaaaashssslooooooliiiiiiii…!

 

¡Pepito! ¡Amor! ¿Pero quééé pasa…?

 

Abriendo las piernas, intenté liberarlo del cepo que eran mis extremidades pero él ni se movió. No estoy segura de si fueron alucinaciones pero me pareció que ni pestañeaba. Disecado, tal cual, así se había quedado, con la mirada perdida. Con un tenue soplo de aire, exclamó:

 

      ¡Por lo que más quieras, Loli, quédate quietecita…! – Pepe se apagó en un silencio que me hizo temer por su vida, quizá incluso por la de los dos. Y no me equivocaba – … si vuelves a moverte, me arrancas el pito…

 

      ¿Que te qué…? – Bajé la mirada hasta la zona cero. ¡Oh, oh! Problema – ¿Pero qué coño…?

 

      ¡Los pelos, nena, los pelos…! – Pepe gritaba mientras contenía las lágrimas a duras penas – ¡El puto anillo…! ¡el puto anillo me ha pillado los pelos de los huevos y me muero de dolor! Si me muevo una vez más, me quedo con las bolas peladas para los restos…

 

Y todo hubiese terminado felizmente si yo no fuese del tipo de persona que cuando le da la risa es incluso más torpe que cuando está de resaca. En un intento de no dejar a mi Pepe alopécico perdido en la zona genital, hice un requiebro digno de Ronaldinho. Craso error el de mi chico al asustarme con su esperado pero monstruoso grito ya que di un salto con el culo sobre el mesado. Para cuando bajé la mirada hacia sus partes otrora frondosas en cuanto a pelambrera, lucían rosaditas y lisas como la cabeza de un neo nato.

 

      ¡MeeeCagooooEnLaHooooooostia, Loliiiiiiiita…! – Como mil doscientos juramentos después remató su actuación con un… – ¡Qué daño, virgen santa, qué daño…!

 

Como si acabasen de hacerle una ingle brasileira, así quedó el pubis de mi Pepe. Rosadito, irritado, dolorido y cuasi gangrenado porque el anillo llevaba puesto más tiempo del que entonces comprobamos era más del estrictamente necesario, su pene, nuestro pene de toda la vida, ese con el que solíamos tener jornadas orgásmicas tan ideales, lucía peloncito como un pilín adolescente. El punto imberbe hizo avivar en mí los rescoldos pasionales que aún no se habían apagado del todo pero Pepe ya no estaba para jueguecitos. Ni para juecitos ni para anillos. Un conato de coito que cursó con risas y depilaciones traicioneras, ese fue mi regalo de cumpleaños.

 

Aquella noche, Pepe y yo llegamos tarde, pero tarde de verdad a mi fiesta. Ya nuestros amigos estaban en el segundo plato cuando nosotros llegamos al restaurante. Nada más pusimos un pie en el comedor, Nachete, el amiguísimo de mi chico y el mismo que le había recomendado el anillito estimulador de marras, se levantó y guiñándole un ojo a Pepe le susurró al oído:

 

– ¡Qué, chaval…! Y por lo menos os habrá aprovechado el polvete…

 

– Mira Ignacio, tengo dos hostias para ti y una vas camino de cobrarla…

 

– ¡Anda éste…! Lo siento si te he tocado los cojones con el comentario, Pepe… – se disculpó arrepentido por su impertinencia.

 

¿Tocado…? Tocado no, Ignacio, lo que me los has es pelado, so cabrón. Eso exactamente has hecho, pelarme los cojones