No soy de las que se arrepienten de todo pero suelo tener jornadas de reflexión en las que no dejo cuestionarme si voy, si vengo o si debo estarme quieta, parada, adoptar un rollo fósil y dejar que la vida haga que las soluciones me tomen la delantera. Hace días, puede que incluso meses si sumo los días uno a uno, que pienso que debería hablar con él y decirle que creo que nuestro camino de rosas, de puro aburrimiento, ya no me remite a la primavera sino a un Ambipur de Legrain.

 

Me he dicho una y mil veces que lo mejor sería hablarlo, pero todavía no he encontrado ni las palabras ni el momento, cosa que no me extraña porque ambos elementos no suelen venir de la mano. Si es el momento, me quedo muda. Si tengo voz, siempre propicio algo para distraer mi cometido. Así siempre, oye. He analizado este detalle porque si aún no he mandado todo a carajo será porque en el fondo, pero allá muy, muy en el fondo, la esperanza de que todo pueda ser un bache sigue luchando por mantenerse a flote en un mar de indecisiones tan denso como un chocolate con churros.

 

– ¿Qué tal el día…?

 

Qué tal el día, pregunta. Lo sé. Qué tal el día no puede ser en sí misma una declaración de guerra, una capitulación de amor, una no pasión a escape libre, pero cuando él entra por la puerta y se olvida de darme un beso, su pregunta genérica me hiere como si me hiciese la cera en las ingles. Él parece no percatarse de su olvido pero intuye que lo gélido que se ha instaurado entre ambos va camino de convertirse en iceberg. No es una distancia tan insalvable, me digo al meterme en la cama a su lado, pero la siento lo suficientemente alta y fría como para plantearme si puedo, si soy capaz de saltarla. Nunca se me han dado bien los deportes y él lo sabe. Podría probar él a encaramarse en la cima de nuestro muro helado y gritarme que me quiere, que me desea, que quiere hacerme vibrar como entonces y para siempre.

 

Ayer hemos hecho el amor pero no hemos tenido sexo. Cuando empezamos a salir, los términos de esta oración sufrían un tórrido hipérbaton y solíamos tener sexo que acabábamos en amor, justo cuando él me susurraba en la nuca que no me moviera, que aquel instante de intimidad lo era todo y era sólo nuestro. Su respiración acelerada sobre mi piel, sus manos seguras sobre mi espalda y la excitación de saber que era mío y yo solo suya hacían el resto. Rendijas de una historia de amor en plena construcción. Y como un puzzle, nuestras vidas fueron encajando aunque no sé en qué momento las piezas se limitaron a coincidir, olvidando la emoción de festejar cuando se pone la ultima ficha.

 

A veces me pongo en el caso de que él me fuese infiel. Más que morirme de dolor, me pregunto si tardará mucho en hacerlo porque me pondría las cosas más fáciles. Soy débil y algo cobarde para tomar decisiones trascendentales, así que si él me allana el camino, dejarlo sería más fácil y, lo más importante, me exoneraría de tanta responsabilidad. Una cuestión sintáctica: no estoy preparada para ser el complemento agente de esta ruptura. Puede que esté preparada para prescindir de él pero no lo estoy en absoluto para toma la iniciativa de la huída. El iceberg cada día es más grande y entiendo perfectamente el desastre del Titanic. Era una fría noche de invierno, luminosa por otro lado, el bloque de hielo era tan enorme que lo hubiese visto a un niño. Ni rádar, ni oteadores de cubierta, ni el sexto sentido de las féminas de abordo pudieron percatarse de lo inexorable. El Titanic se comió un hostión como un planeta y el barco se partió en dos. Tal cual. No tengo ni idea de si él, mi chico, tiene rádar, oteador de cubierta o un hada buena que lo oriente en nuestra desidia, pero el bloque de hielo que nos distancia va camino de romper lo único que aún quedaba indemne en mí: la ilusión.

¡Capitán, capitán, iceberg a estribor…! – Informó el chico para todo.

 

¡Orquesta! toque algo alegre, que nada haga presagiar lo que se nos viene encima…

 

Hoy he hecho arroz con calamares, su plato favorito. No tengo orquesta, no soy capitana pero cada uno amortigua sus decisiones con lo que tiene a mano. Preparada estoy, pues, para capitular nuestra última cena.