Será por medallas Mamá, siento decirte que tus expectativas deportivas para conmigo, han fracasado. En serio. Tantos años de mallitas, de calentadores, de kimonos, de zapatillas de ballet, tantos años de ilusiones por tu parte, se fueron a tomar viento. Duele, lo sé pero ya no voy a ser la campeona del mundo en nada.
La primera intentona de mi cuerpo serrano con el deporte la tuvimos con el kárate. Qué horror. Eran todo niños y yo, menos mal que mi hermano estaba en el elenco de ilusionados karatecas y aplaudía enfervorizado cualquiera de mis progresos. El profesor, al que papá había bautizado como Nakachán, se preguntaba cómo alguien podía tener tantas aptitudes para recibir golpes. A su pregunta trascendental de para qué me había apuntado a sus etéreas enseñanzas si no me defendía ni que colocasen dos electrodos de 220 V en las mismísimas nalgas, no pudo más que hacerse el harakiri moral al oírme decir que, si el contrario no dejaba de usarme de saco un minuto ¿Cómo iba yo a poder demostrarle mi súper patada a media asta? Nakachán te sugirió, mamá, que probase con las manualidades.


No te diste por vencida. Decidiste que yo, Lucía de Solano y Ruipérez, descendiente de los Solano y Ruipérez de toda la vida, carentes de medallero familiar por ausencia de ganadores de las mismas, habría de convertirme en una primera nadadora: ¡Al agua patos! Me compraste un bañador dos tallas más pequeña por que, como siempre, la mamona de la dependienta te convenció de que la licra daba mucho de sí. Y no dio de sí ni el día que colgué el bañador para siempre. Pongámonos en situación: Exhibición infantil, mi entregado hermano y yo, por las calles 3 y 4 de la piscina municipal ¡Preparados, listos, yaaaa! Se echó al agua hasta el Tato. Todos los críos que estaban sobre los podios, incluido mi hermano que tardó quince segundos en convencerse de que lo de Ya, era Ya y no medio Ya, se tiraron al agua como si esta fuese una bañera de chocolate y con porras. Todos menos yo, que al ponerme en posición de tirarme de cabeza para lanzarme a mi primer triunfo natatorial, el puñetero bañador más escueto que mis carnes, se me incrustó en el mismísimo culo y no fui capaz de sacarlo ni cuando los demás niños, incluido mi hermano, que era el último, terminaron la carrera. Yo, lo único que exhibí, fue mi culete y una precoz tendencia porno star.
El agua tampoco fue mi fuerte, mamita de mi corazón, y te empeñaste con el ajedrez ¿Dos horas intentando adelantarte a los pensamientos del contrario que, casi siempre, era un niño sin dientes delanteros que se comía los mocos entre peón y peón? De entonces guardo el recuerdo del aburrimiento superlativo, la convicción familiar de que terminaría por encontrar mi sitio en un deporte en el que no importara mi volumen, mi tendencia patosa a tirarme antes de tiempo, a no tirarme, a dejarme arrasar por los patines de las demás, a engancharme la coleta en el aro, a darme con la maza en las narices al mirar hacia arriba para ver si bajaba o no bajaba. A todo aquello que yo convertía en el Manual de la Desmañada Irredenta. Pero tampoco fue así, tras una tarde intentando pillar el asunto de Jaque Mate hice la pregunta que nunca debía haber hecho pero para la que había estado preparándome dos meses, los que llevaba pegada a aquella incómoda silla de formica frente al come mocos: ¿Pero la reina tiene o no tiene doncella?