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Vamos que ya te vale, le dije nada más verlo con el bañador en una mano y la sombrilla llena de polvo en la otra ¡Que si vamos a la playa! Modesto, le dije ¿Tú me has visto los pelos que tengo en la piernas, alma de Dios? ¿Es que no sabes avisarme de que se te va a antojar ir a la playa en pleno mayo y todo porque hagan 28 grados? Modesto no me contestó. Ni me miró, creo que tuvo miedo de que lo perforase con una de mis Súper Miradas Fulmina Novios Ocurrentes.

– Aurita, joder, que hace un calor que se te cuecen las pelotas ¿Quién se va a fijar en tus pelos?

Y claro, como para los hombres que siempre son el de una, los pelos pantorríllicos no son sino una anécdota, nos fuimos a la playa a ver de qué lado venía el aire. Nada más llegar, el primer pollito fue para aparcar porque, oh sí, la genial idea de ir a pasear nuestras mortecinas y transparentes carnes de color invernal a la cala de turno,  no pasó desapercibida para el resto de ociosos.  Ellos también habían tenido nuestra gran idea. Miiiiiiles de coches esperaban para aparcar y todos ellos ansiosos de hacerlo a pie de arena y claro, nosotros cual desterrados. Coches repletos de suegras pre y post menopáusicas, de niños tocacojones, de esposas dolidas por tener que estar allí papando polvo y calor en vez de estar en El Corte Inglés disfrutando de Blancolor o jartándose a pimientos del rellenos en la Semana de la Cocina Cántabra. Automóviles, ya te digo, a rebosar de buen rollito.

– ¡Modesto, me cago en la hostia, deja el coche encima de un puto seto porque me va a dar una jodida lipotimia! – La versión de los Pérez Lombao de tener buen rollito era soltar cuantos más tacos mejor y, a ser posible, hacerlo en cadena, a escape libre.

Modesto hizo que no me oía aún a sabiendas de que yo sabía que me había oído perfectamente. El pirata vaquero que el año pasado era de mi talla me estaba seccionando el pubis en dos mitades que yo empezaba a sospechar ya nunca serían una ni para aguantar el tampón en su sitio. Por picar, me picaba hasta el relleno de la parte de arriba del bikini y eso que me lo había comprado de un algodón ecológico a prueba de alergias. Por fin, mi hombre, encontró un sitio para aparcar, un buen sitio para aparcar.

– De puuuuta madre ¡Vamos!

– Estás de coña, dime que sí… – Conminé a mi Modesto a que moviese su cabecita de arriba abajo. La respuesta solo podía ser sí – ¿Es que vamos a hacer dedo para llegar hasta la playa…? – Con el cinturón de seguridad todavía anclado y sin intenciones de desasirlo, me resistí a dar como viable aquel aparcamiento.

– Si son dos pasos, mujer, venga, vamos, que yo llevo el bolsón y tú la sombrilla – Dijo él todo dicharachero y seguro de que lo íbamos a pasar teta.

– Eso, y si ves que tal, ponme una zanahoria delante para que me vaya evadiendo durante la excursión… – Le dije toda alterada.

– Encima de que venimos a la playa numeritos no ¿Eh?

Que sí. Que no. Que caiga un chaparrón. Las llaves del coche de Y-A M-I-S-M-O, le pedí. Si quieres hacer turismo, disfrútalo tú solito. Te veo en el chiringuito. Para cuando lo rebasé con el coche, este caminaba del color de un camarón en celo y pateaba y pateaba cargado con la sombrilla y el bolsón los dos pasitos que decía distaban hasta la playa. Sólo cuando le pité como lo haría un camionero a una minifaldera, él me levantó el índice en una perfecta y enhiesta puñeta que casi me saca un ojo.

– ¡Encima de que te traigo a la playaaaaaa…!

Le dije con medio cuerpo por fuera de la ventanilla y con mis carnes fuera de la tiranía de la cremallera del pirata del año pasado, aquel que se había empeñado en llamarme gordita mucho antes de que yo hubiese querido darme cuenta de que, efectivamente, aquel casi verano ya lo era.