¡Más linda mi pincita! Una cosa es ser buena y otra ser tonta. En serio. Por mucho que el significado de ambos calificativos diste mucho de convertirlos en sinónimos, sucede que muchas veces parecen ser la misma cosa en esencia. Pero una vez caes en la diferencia sibilina que las separa nunca más las confundes. Y mucho menos si la buena o la tonta eres tú.

Los días calurosos de agosto me dejan demasiado tiempo para pensar y pensar. Muchas veces en cosas importantes, otras, la gran mayoría, en cosas que no lo son tanto, pero de tanto pensar llego a casa rendida. Con esa pesada sensación de haberme pasado el santo día cavilando en si me quedaría bien la manicura francesa en las uñas de los pies teniendo en cuenta que la operación en el dedo meñique no sería sencilla. Me dejo caer en el sofá y creo que el día de hoy ha sido para borrar de mi existencia.

Es cierto. En el instante en que cerré los ojos y sentí como me fagocitaba el sofá me di cuenta de que no volvería a ser tonta. O lo que es lo mismo: nunca más volvería a pecar de ingenua y comerme los marrones de nadie por muy bien envueltos que me los pasasen. Lo de hoy había resultado incluso estresante y, bien mirado, en pleno agosto y a casi cuarenta grados era demasiado cardíaco para mis pantorrillas. Si la gorrina de Raquel quería irse de vacaciones a todo meter era su problema pero empaquetarme el informe del trimestre vía mail había sido dolorosamente cochino.

– ¡Si al menos me lo hubiera dicho antes de irse…! – Me sorprendí a mi misma hablando con mis pensamientos. Hace tiempo que lo vengo haciendo pero eso no lo convierte en normal.

Me fustigaba con la enésima reposición de los BayWatch mientras decidía si cenar pasta con atún o atún con pasta. Ya sé, no es una cena muy equilibrada pero es fácil. Es fácil y sabe a piso de estudiantes. Los pisos de estudiantes se llaman así porque los habitan adolescentes matriculados en algo aunque, realmente, allí nadie estudia nada. Si no estudian y comen pasta con atún ¿Quiere ello decir que las conservas en aceite vegetal en oferta disparan el paroxismo neuronal? Uno de los grandes misterios de la humanidad, sin duda. Pero la mía, mi duda, es saber si las espirales de colores tendrán el mismo tiempo de cocción que los raviolis porque no tengo bastante pasta de una sola especie y manchar dos potas es más de lo estoy dispuesta a fregar en agosto.

– Lo coceré por etapas: primero esto que parece más gordito y cuando casi esté, le echo los otros.

Y nadie te dice que las campanas extractoras sólo son útiles para absorber el humo pero el vapor o la condensación nada tiene que ver con ellas. Aún así, como es agosto y estoy ardida de calor, la enciendo creyendo que, a lo mejor, chupa algo de la neblina que desprende la olla. Amén del ruido infernal del electrodoméstico, aquí no hay disipación alguna de los cúmulos, cirros y estratos que pululan libérrimos por mi cocina y que se instalan en mi melena tendente al rizo. Vale, mi pelo es rizo. Vale, mi pelo es muy rizo. Rizísimo, tanto que cuando me lo dejo secar al aire y después me veo reflejada en una ventana o escaparate no me reconozco.

– Si al menos no fuese tan grueso…

Pues sí, lo es. Muy grueso, muy rizo, muy negro y mucho. Todo superlativo. Y a mí lo que me hubiese encantado es…

– Liso, fino y con caída, de rata filipina ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? Soy como una peluca de los ochenta, como una gran pelota peluda dispuesta a marcar un gol para Argentina: soy el doble del Pelusa.

Tengo un bonito reloj de cocina con forma de pimiento que gira a su ritmo y me avisa de que tengo que retirar del fuego lo que sea que le haya encargado recordarme pero hoy no lo puedo usar porque no tiene pilas. Cuando me tengo que levantar una docena de veces del sofá para comprobar si mi combinado de hidratos de carbono está próximo a quedar al dente, me prometo que de mañana no pasa que le compre sus baterías aunque sé que, una vez más, me olvidaré y mañana me lo volveré a decir. Mis olvidos, como mis desengaños, son cíclicos.

Escurro la pasta sin ver si mi invento de cocinar raviolis y espirales por tiempos ha dado resultado. El vapor me aterriza en toda la cara haciendo que los poros abiertos de esta nariz a los que me resisto a llamar puntos negros, hagan la ola, felices de recibir tan aceitosos vahos en su bacanal acneica. La pasta está tan mal cocida que me resulta más apetecible el beberme el agua  sobrante como si fuese un consomé. Si, al menos, me hubiese acordado de comprar el pan…