Calcetines negros, ropa de color. Camiseta blanca, ropa blanca. Camisa rosa rooooopaaaa… ¿blanca? Tanga beige con flores azules… beige con flores azules… Cari ¿Un tanga beige pero con florecitas azules va en la colada de blanco o de color?

 

Gerardo es mi debilidad y por ello, cuando lo vi con una interrogante tatuada en la frente y con mi ropa interior en una mano delante de la lavadora, acabé de convencerme de que estaba enamorada cual posesa. Él llegó a mi vida como todo lo bueno: por casualidad y con cierta dosis de nocturnidad. Digo cierta dosis porque nos conocimos a las ocho de la mañana de un siete de julio. Ambos nos disponíamos a poner el broche final a una noche de juerga con un buen desayuno en el Meca. Yo, y eso que soy de las que suele ser la última en enterarse de que le gusto a alguien, me cosqué a la primera que había alguien mirándome. Para cuando se lo quise participar a mis amigas, él ya estaba muy cerca…

 

          Dime tu nombre y te pido por Reyes…

 

          Julieta –  le dije – Y no me digas, entonces, que vas a ser capaz de esperar hasta enero para besarme…

 

Dos meses después estábamos viviendo juntos. Yo no tenía ni idea de si lo nuestro funcionaría, él tampoco, pero ambos queríamos probar a qué sabía la felicidad repentina, esa que no sabe de planes, de horas, de metas y de conveniencias. Él nunca había compartido piso con nadie y yo lo había hecho un par de veces con resultado menos ideal de lo que suponía. Álex y Gonzalo, reyes por derecho propio del Reino de los Ex Novios Olvidables, habían sido dos auténticos figuras en la cama pero un desastre en la convivencia. Y como no quería que con Gerardo la cosa fuese por el mismo derrotero, me limité a esperar a que él tuviese inquietudes conyugales más allá que las que había entre las sábanas. El día que llegué a casa después de un día de grabación para olvidar y él tenía la cenita puesta frente a la tele con el DVD de ‘Historias de lo nuestro’ ready to play…

 

          Esto es el principio de una gran amistad… también – Le dije dejándome caer en sus brazos que supieron a home, sweet home.

 

Esa noche me olvidé de mi ritual de limpieza facial tres pasos de Clinique, me olvidé de que mi blusa de satén tenía los ojales tan delicados que cualquier agarrón brusco podía acabar en desgarro, me olvidé de que no me gusta hacer el amor con la tele encendida y sin haber visitado el bidé, me olvidé de que los sillones nuevos no son el lugar idóneo para el sexo a lo loco y sin medidas. Me olvidé de todo, hasta de subirme la coraza con la que suelo cubrirme las meninges cuando me doy cuenta de que me estoy enamorando como una impúber. Mientras Gerardo se balanceaba dentro de mí, metió su cara entre mis rizos y me susurró al oído….

 

          … de perseverar en esta actitud, niñita mala, voy a tener que enamorarme de ti…

 

Y ambos perseveramos un par de veces más hasta acabar dormidos de puro agotamiento gimnástico entre los cojines 100% pinfill que pululaban por el sofá. Para cuando abrí los ojos, presa de un ataque de me muero de ganas de hacer pis, el DVD ofrecía en la pantalla del plasma su abanico de posibilidades idiomáticas y escenas extras. Fuese fruto de la noche o porque sí, el caso es que cuando quise incorporarme para ir al baño, Gerardo me abrazó de nuevo y, sin abrir los ojos y en medio de ronquidos modelo Srherk, me dijo…

 

          ¿A dónde vas? – Masculló.

          A hacer un pis… – Le dije besándole la nariz.

          ¿Pero vuelves…? – Dijo él aún con los ojos cerrados.

 

          ¡Claro…! ¿Por…? – Le contesté ya con los pies sobre la baldosa y recogiéndome el pelo en un moño con un lápiz que había encima de la mesa.

 

          Porque iba a decirte que te quiero y si no vuelves te lo vas a perder…

 

Aquel día, mientras oía mi chorrito sentada en el baño, supe que Gerardo era el tipo de mi vida. No el hombre, que también, sino el tipo: Un romántico ocurrente con ganas de sorprenderme y mimarme toda la vida. Corté un trozo de papel higiénico al tiempo que miré el reloj. Eran las cuatro y media de un martes cualquiera. Un buen momento, al fin y al cabo, para hacer, como digo, de aquel martes algo trascendental:

 

          ¡Gerardo…! – Grité desde el baño – ¡Geeeeraaaardoooo…!

          ¡Mmmmmmssssiiiii…! – Dijo él más dormido que despierto desde el salón.

          ¿Y qué tienes pensado hacer si yo también te quisiese?

          ¿Aprender a poner la lavadora sería un buen principio? – Dijo él apareciendo despeinado, riéndose en calzoncillos en la puerta del baño.

          Ahí estás tú, para que luego digan que compartir las tareas domésticas no une…

 

Y yo me pregunto: ¿Es o no es mi chico un amorcito para quedarse a residir en sus brazos? Lo es, I know. Ay.