Labios helados

 

– ¿Te importa si me pinto los labios…?

Lo que en sí misma no era más que una pregunta, una pregunta sin importancia, se convirtió para Candela en el acicate que necesitaba para plantearse si su vida era realmente su vida. En el coche, con la visera del parasol del copiloto bajada, sacó de su bolso el gloss rojo Lancome que solía ponerse sin reparar en lo pringoso que era y se dispuso a aplicárselo. Corrió la pestaña que cubría el espejito, se miró las cejas para después peinárselas con la yema de los dedos y puso en su índice una pequeña nube de carmín que se pasó por los labios sin percatarse de que Matías no le quitaba ojo. Para cuando iba a hacer el mohín típico con el que daba por finalizada la labor de darle color a su boca, él le dijo:

– ¿Te importa si te pinto los labios…?

Lo que sucedió después fue tan rápido que incluso para contarlo habría que pedirle al tiempo que se desdoblase. Candela vio como Matías se hacía con el tubo de brillo labial y repetía la misma acción que segundos antes ella había protagonizado. Una gota roja coronó el dedo medio de él, que aplastó contra el pulgar y repartió generosamente también en su índice. Carmela quería decirle que no hacía falta, que ya había terminado de retocar su maquillaje pero, como digo, el ritmo de los acontecimientos tomó sus propias riendas y ella no pudo más que oír, ver y desear.

– Abre un poquito la boca, Candela… – Le dijo Matías sosteniéndole la barbilla con la otra mano.

Y ella entreabrió los labios sin dejar que las preguntas sin respuesta que le rondaban cabeza abajo, cabeza arriba participasen de aquel instante singular. Matías posó sus dedos en los labios de Candela y decidió dibujar sobre ellos un nuevo contorno desconocido para ella. El dedo índice de él marcaba territorios ignotos y pintaba zonas que no eran boca pero que Candela sintió como tal. Sin dejar de mirarla, el siguió recorriendo sus labios despacio, tomándose su tiempo en cada volumen, siendo consciente de todas sus vueltas. Candela dejó escapar un suspiro que él amordazó con la palma de la mano.

– ¡Shhhhh…! – Le susurró Matías al oído.

Matías, yo…

¡Shhhhh! – Volvió a susurrarle él sin apartar la mano de su boca.

Candela quería decirle que tenía pareja. No tenía ni idea de por qué aquella necesidad perentoria de aclarar lo que él ya sabía hacía por lo menos dos semanas, las dos semanas que hacía que se conocían y en las que ella no había ocultado ni un momento la existencia de Gustavo. Si a Matías le importó o no que ella mencionase a su novio, fue una incógnita que quedó prendida del aire, el aire enrarecido y electrizado que sólo conocen los que han vivido alguna vez una aventura.

– Voy a besarte…Le dijo sin dejar de taparle la boca.

A Candela le hubiese sido fácil abrir la puerta del coche y ponerle fin a aquel disparate adolescente. Morderle tampoco hubiese sido una mala táctica para salir indemne de todo aquello. Pero ella prefirió limitarse a esperar, consentir, con sentir ya le pareció tarea suficiente. Matías cogió la cara de Candela entre sus manos y se quedó mirándola sin prisa. Ella trató de esquivarle la mirada pero había algo en el verde intensísimo de sus ojos que la obligaba a permanecer pegada a ellos. Se acordó de que Gustavo, cuando aún eran sólo novios, solía hacer aquello, lo de sostenerle la mirada en un alarde intimidad pero de aquello hacía tanto tiempo que las pupilas de Matías le supieron a nuevo, a primer día de colegio, a vestido nuevo en la fiesta de fin de curso, a niña guapa soltera busca, a Candela Pérez Ruibal, el número 32 de COU grupo F. Cuando pudo oler el aliento de él tan cerca que el calor de su boca envolvió su voluntad en intenciones, Candela decidió meter a Gustavo en un cajón, en el cajón del casi olvido hasta que Matías dejase de besarla. Porque seguro que la besaría, se lo había dicho y ella, sin saberlo, llevaba tanto tiempo preparada…