Pican, pican los mosquiiiitos…

Este fin de semana todo iba a ser gloria y desenfreno. Mi novio y yo habíamos planeado un despelote total de viernes a domingo sin importarnos el hambre, la sed o la ansiedad por no poder ver el desenlace de la primera temporada de Lost. Todo iba a ser perfecto ¿Cómo si no? Lo teníamos todo previsto, hasta el más mínimo detalle: Una buena selección de DVDs, una cama con sábanas limpias con ración doble de suavizante jabón de marsella, una cita con la cera el viernes a última hora y hasta dos kilos de plátanos por si las fuerzas escaseaban en medio de la batalla. Todo bajo control, como digo. Todo menos lo que no dependía de nosotros.

Hongos.

Lo voy a decir otra vez por aquello de acabar de creérmelo. Hongos. De los gordos. El viernes noche, en medio de una escena en la que Nicole Kidman se obstinaba por mover un frente Botoxtica ante un Sean Pean cada vez más vivido, mi vagina empezó a hervir. Y no de amor precisamente. Pensé que iba a ser cosa de un calentón irremediable pero poco a poco la cosa fue desencadenando en un picor primo hermano de la sarna.

– Cariño ¿Estás muy metido en la peli o podemos hablar? – Mi cariño no contestó. Insistí.

  Peque… Que digo si podemos hablar un minuto.

Mi cariño (que es a la vez mi peque), se hizo el sueco y, con el mando de la tele en la mano, subió el volumen de la peli en un claro alarde de que le importaba tres boñigas lo que su nena tenía que decirle ¡Y bien sabe Dios que era importante! Debió notarlo por mi insistencia pero se limitó a mirarme de reojo, esperando un milagro, uno en el que dejar mudita a su propia novia no fuese pedir demasiado.

Y claro, me enfadé. Me enfadé como lo hacemos las mujeres de treinta y pocos a las que nos gusta hablar en con nuestras parejas de lo que nos acontece en los genitales un par de horas antes de nuestro seminario sexual de la semana. Pero él ni se coscó. La Kidman continuaba en mi salón con cara de haber salido de una sesión de criogenización mientras mi vulva se incineraba en el picor archiconocido de la cándida-jode-fin-de-semana. Sean Pean le preguntaba a la ex señora Cruise por qué debía confiar en ella cuando yo me pregunté por qué extraña razón debía sufrir aquella plaga sola. Si, al menos, a él también le picase…

Se acabó la peli y mi inexplicablemente aún cariño y novio me dice…

– Dime amor ¿Qué era aquello que me querías decir…?

– Nada, déjalo, una tontería…

Y nos fuimos a la cama. Entre asalto y asalto sexual, me pregunté si lo que estaba sintiendo era un orgasmo o un ataque de gusto de tanto frota que frota. Debí decirle que se pusiese un condón pero no me dio la gana de ahorrarle problemas. Me pareció la justa venganza por haber preferido la tele a mi problema, a nuestro problema. Exhaustos ya, nos dormimos. Él abrazado a su almohada. Yo, con la piel de mi vulva en las uñas y con ganas de sentar el culo en un cubo con hielo.

La noche pasó y llegó el día. El primer pis de la mañana llegó a golpe de alarido…

– Nenaaaaa…. ¡Tengo granitos en el pito!

Yo dormía como duermen los críos después de una noche de dentición torera.

– Nenaaaaa… ¡Tengo el pito lleno de graniiiitoosssh!

Cogí el mando de la tele, le di al ON y pulsé el 40. Juanes pedía una camisa negra a todo volumen cuando mi pequeño entró en bolas en la habitación preguntándome si no se le caería la polla…

– Anda y ve preguntárselo a La Intérprete…