Noe gitana

Entre bolas, guirnaldas y pesebres arrendados anda el juego. No falla, cada año la navidad me pilla haciendo el inventario de lo que vale, no vale, puede valer y puede ser que no me valga para el árbol. Desde que tengo uso de razón, el tema de que el espíritu navideño inunde mi casa es algo más que una cuestión de consumismo: es una cuestión de estado. Y como el anuncio ese que nos invita a convertir nuestra casa en una república independiente, en mi home, sweet home, impera la máxima de que la llegada de una nueva navidad ha de venir acompañada de sus consabidas galas. Hállome, pues, con los pies y las manos liadas en un cordón multilumínico, preguntándome por qué demonios una vez más he guardado las luces del año pasado si la mitad están fundidas. Mal empezamos.

Y como nada mejor que la convivencia para que la otra pata del banco sepa cuando ponerse a buen recaudo, en medio de todo este fragor mi chico ha decidido irse a comer a casa de su madre con tal de no aguantarme en el recuento de purpurinas, dorados, bermellones, cintas de terciopelo, campanitas y ositos  tan travestidos que ríete tú de Priscilla, la reina del desierto. Lo dicho, sola ante el peligro, así estoy en medio del salón y segura de que, al albor de todo lo que acaba de emerger de la trastienda de mi hogar, Papá Noel ha debido de pedir exilio político en Rarís 14 y yo no me dado ni cuenta. Menos mal que una es tan fatídicamente ordenada que hacer inventario de adornos es… fácil. ¿Fácil? Psss, y más o menos fácil. Llegado este punto es cuando hecho mano de la fe (tan apropiada en estas fechas) para creerme mis propias palabras.

A primer golpe de intención y dentro de una caja que pone Cositas imprescindibles (así soy yo con las jerarquías) me topo con un clásico de estas fechas: la estrella tuerta. Porque hay algo más hilarante que guardar unas luces intermitentes que han dejado de serlo salvo si una parpadea a toda velocidad y es heredar de un año para otro la estrella del abeto que no se tiene derecha ni a la de tres. Los Martínez Ferreiro somos muy dados a las teorías y, como tal, he llegado a conclusión de que si de mi astro dependiese, los magos de oriente hubiesen  acabado llevando el oro, el incienso y la mirra a Vilaxoán ¡así de orientadísima tengo la estrella en lo alto del árbol! Vete tú a saber por qué pero siento un no sé qué por esta mi cometa estrellada. Es como la divina desproporción entre los pajes y los camellos del Belén ¿No es, acaso, so sweet and candy? Si algo bueno tiene la navidad además del turrón de chocolate Suchard es el convencionalismo que impera: todo está bien porque ha de estarlo. Y punto pelota.

Así pues, cuando hoy den las nueve de la noche y mi chico, mis padres y mi hermano acudan a la inauguración del alumbrado navideño, se me olvidará que nada en sí mismo tiene mucho sentido. Ya no me preguntaré si es o no ortodoxo que en mi nacimiento no haya figuras represivas de la guardia romana (no me gustan los malos de los cuentos) y que sólo haya una leve mención a su existencia con una señal self made que reza Fonda Herodes a 5 Km, se aconseja no llevar niños. Como decía líneas más arriba, el convencionalismo y el amor por el que me dejo imbuir estos días me hacen verlo todo más bonito, más rojo y dorado, más de color de los sueños que llevo todo el año atesorando y que no son sino mi familia, ese gran regalo que cada año tengo bajo y sobre el árbol. Ahí os va una de deseos sinceros: ¡Feliz(-ísima) Navidad para todos! (Vaya, me ha quedado con Z de Zapatero… 🙂