La de rojo y blanco soy yo  Hay pocas cosas en mi vida de consumista irredenta (a excepción de un Dunkin Donut sin agujero y un buen bolso de Bottega Veneta) que me hagan más feliz que una ganga pero una ganga de las buenas. Así que cuando este verano mi media castaña y yo nos decidimos a darnos un garbeo por Italia, ni se nos pasó por la cabeza caer en la tentación de comprar los billetes en Iberia. Sí, ya sé que es una línea aérea sólida, con solvencia y bla, bla, blá pero no ninguno de los dos (hace años que pensamos en stereo y hemos mimetizado comportamientos) estábamos dispuestos a pagar más por lo mismo o, pensando en los posibles retrasos, por menos así que nos pusimos manos a la obra y, cual canto de sirena OperaciónTriúnfica, nos dejamos seducir por los precios irrisorios de la Ryanair.

Por si alguno de los presentes es nuevo en estas lides de las llamadas compañías Lowcost creo que ha llegado el momento de desmitificar algunos miedos. En esto, como los de los supuestos embarazos piscineros de más de una adolescente, hay mucha leyenda y poca fe. Estando como estamos tan acostumbrados a valorar sólo lo que hemos pagado con sangre, sudor y VISA, lo primero que nos sugiere un billete de avión Santiago – Roma a 50 euros tasas incluidas es que, sin duda, habrá que ir todo el trayecto en terraza y soplando al ladito del ala. Pues no, palabrita del niño Jesús que se va cómodamente sentado, con un cinturón de seguridad que no es de cuerda de atar chorizos y las azafatas son igual de clónicas que las de Air Europa, pongo por caso. Por mucho que el billete sea barato (-ísimo) ninguna de ellas se ahorra la explicación de cómo ponerse el chaleco salvavidas en caso de problemas pistonudos  ¿No son, acaso, bien riquiñas ellas? De qué me valdría entonces si nos la pegamos sobre el Macizo Galaico aún me lo estoy preguntando, pero eso es harina de otro costal.

Otra de las cosas que no deja de llamar mi atención es el hecho de que dentro del avión se vende una lotería a dos euros el boleto y con el que se opta a un billete ida y vuelta para dos personas. Niño, coge uno, le dije yo a mi churri, no vaya a ser que la suerte nos  vaya a salir por los aires (nunca mejor dicho). Las hadas quisieron que le fuese a tocar un gordito devorador de Oreos bañadas en chocolate que dio tal alarido al saberse ganador que me hizo sospechar que en otra vida debió ser un aizcolari. Todo el pasaje, piloto incluido, aplaudimos su buena estrella pero no dejamos de preguntarnos si tardaría mucho en dejar de dar botes de alegría antes de que la aeronave se fuese a tomar por saco entre tanto vaivén. Una vez más me acordé del chaleco salvavidas y su efectividad al sobrevolar tierra firme. Tomaquetomaquetomaquetomaquetomaquetomatá, tralará. Creo que me estoy volviendo algo hipocondríaca.

A poco observadora que una sea (que yo lo soy y mucho) lo que en verdad me ha parecido una diferencia determinante con respecto a las compañías aéreas convencionales es el pasaje. El atuendo y las maletas del pasaje para ser más exactos. Polainas de explorador, tenis Puma requeteusados, camisetas con mensaje (Hey, gay! Buy me a drink se leía en las  pechugas de mi vecina del asiento 4F pasillo), MP3 last generation, tangas asomando de jeans tan adolescentes como caderiles y que son de todo menos cómodos para ir sentada dos horas y media, sudaderas de Fernando Alonso cuando aún corría para Renault, bocatas de salchichón o tortilla envueltos en papel Albal y mochilas, muuuuchas pero que muuuuchas mochilas. Tantas que, si por un casual y en el supuesto caso de que yo tuviese una muy buena imitación de un trolley Loui Vuitton (¡snif!) y se me hubiese ocurrido llevarlo a bordo, hubiese estado tan fuera de lugar como un ovolácteovegetariano  en una churrascada popular. Tal cual.

Pero sintetizando y habiendo adelantado que las gangas me ponen más que Hugo Silva en Los hombres de Paco, creo que por fin ha llegado el momento en el que viajar está al alcance de (casi) todos. Ya no hace falta ser un yuppie trasnochado, llevar raya diplomática, corbata azul celeste, estar pegado a un móvil volador y dirigir una empresa para poder moverse en avión por el mundo. Basta con tener rapidez en eso de Internet, haberse pasado por una tienda de deportes para hacerse con ropa cómoda y llenar el macuto de ilusiones, de mil fotos por hacer, de planos de la ciudad y que sin duda serán motivo de discordia conyugal (apostad algo a que sí)… El resto, comprar el billete y dormir fuera de casa cada vez está más al alcance de cualquiera, de cualquiera como nosotros ¿Y por qué no?