Un rinconcito

1975. Buen año. Puede que no el mejor pero fue el año en el que nací yo. Año de cambios y de matices. De libertades y de ansias de expansión. Mi madre calzaba plataforma, vestía minifalda vertiginosa y corría delante de los grises. Mi padre contribuía con su melena y su chaqueta de pana a una España que despertaba a la frivolidad que se le tenía dosificada. Y, en medio de todos aquellos modernos ávidos de romper con todo, nací yo. Ya te digo, en el 75.

Por eso, por ser un adalid de lo más in, decidí hacer muchas cosas antes de los treinta. Y tengo que darme prisa porque los días se me echan encima. Me propuse arrepentirme de todo pero no dejar nada atrás. Lo primerito que haré esta mañana será ponerme un piercing. No tengo ni idea de dónde pero me lo pongo. Evitaré enseñárselo a mi madre antes de que cicatrice por miedo a que me lo conecte a la corriente de 220 V. Lo siguiente será ponerme extensiones de colores que acaben en un cascabel para que mi Johny sepa que su gatita ha llegado. Me abstendré de mostrárselo a mi padre antes de que la queratina se seque del todo: desde niña sé bien de su maestría tirando de las coletas. Si me queda tiempo, por la tarde me pondré un tatoo bien grande. De colores y de esos que no se borran ni con un ataque lejíaco-amoniacoso de los que le acometen a mi abuela tan pronto sabe que las visitas acechan.

Mientras busco algún jersey que ponerme para bajar a desayunar, entra mi madre en la habitación, envuelta en su guatiné. La miro y me pregunto qué habrá hecho con la señora de la foto que hay en mi mesilla, la minifaldera y el pelo cardado hasta el infinito. Ella habla de no sé qué y yo no dejo de preguntarme cómo alguien como ella, que fue la primera en ir en minishort a misa de doce, podría recriminarme mi futuro piercing, mis posibles extensiones y mi seguro tatoo. Se da cuenta de que la miro y no digo nada. A mamá le molestan tanto mis silencios como que no sepa hacer un festón, un punto de cruz o bordar las iniciales a mis toallas.

Sentadas en la mesa, ambas tomamos nuestra taza con la mano derecha. Masticamos hacia el mismo lado. A las dos nos gusta el pan fresco, pero a mí me gusta la miga y a ella el borde. Ninguna de las dos necesita decirle a la otra que le ceda la parte que más le gusta. Es un acuerdo tácito que resiste al paso de los años. Yo con mis bolitas de miga y ella con su ajuar de cortezas nos alegramos de reconocernos incluso en las manías más nimias. Llega mi padre y le pregunta a mi madre si sabe si su camisa de puños vueltos está limpia. Ella se levanta a toda prisa guiñándome un ojo…

-¿No me digas que se la volvió a poner mi madre…?

Me enerva que mamá se tome tan a la ligera que papá se haya acostumbrado a tenerla por asistenta. Miro el reloj de la cocina y me doy cuenta de la hora que es y lo mucho que tengo por hacer. Me suena el avisador SMS del móvil: Nena, pasas x el supr y kmpras birras y pizza pa comer? Johny

-¿Te quedas a almorzar? – me pregunta mi madre.

-No, mami; me invitaron a comer… -le miento.