Yo y la abuela en el bar              Recién nos acabamos de mudar a casa de mi abuela y no consigo encontrar el otro calcetín como éste. Estoy segura de que mamá los ha traído todos, incluso esos tan feos que me aprietan en el tobillo, así que no entiendo cómo éste, el de pulpitos azules, no tiene pareja. Llevo un rato buscándolo pero no lo veo por ninguna parte. Mami dice que tiene que estar aquí, que ella misma lo metió con cuidado de que no se me extraviara, pero yo no lo encuentro.

¡Qué difícil es hacer una mudanza y que no se le pierdan las cosas a una! Papá me ayudó a embalar todos mis libros y mis juguetes metiéndolos en cajas enormes de cartón en las que me dejó poner con rotulador lo que contenía cada una. Al principio, cuando aún no me apetecía ver la tele, hice un dibujo distinto para cada caja, pero sólo llegué a pintar cinco; las otras, las que ya me cogieron cansada, tan sólo llevan mi letra. En algunas no pone nada más que mi nombre, y es que fue muy difícil escoger una sola palabra que definiese lo que había dentro. Por ejemplo, la caja más abultada la escogí para meter el despertador rosa que tiene un gatito durmiendo en la aguja del segundero, una pelota de goma que tiene muy poco aire, un par de zapatillas viejas que me gusta cómo huelen, una foto de mamá, papá y yo en el bautizo de mi hermanito, la goma del pelo que me regaló la prima Bea y que, desde entonces, es mi favorita, un lápiz sin punta con el que tropecé a ultima hora antes de cerrar la caja y el peluche con el que me gusta tanto acariciarle la cara a Nicolás mientras duerme. Nicolás es mi hermanito, el que nos invitó a su bautizo y con el que nos hicimos esa foto tan bonita que también metí en la caja. Cuando llegó el momento de ponerle leyenda a aquella caja no supe cuál sería el más apropiado. Se me ocurrieron muchos pero al final me decanté por mi nombre. Pensé que todas aquellas cosas no eran más que yo misma, ya que nunca me había separado de ellas hasta entonces.

Ahora estoy en mi nueva habitación. Bueno, lo único que hay nuevo en ella soy yo; el resto, la cama, el armario, la mesilla y el escritorio, son viejos. Viejísimos, incluso, porque eran de mami, de cuando era tan niña como yo. No sé cuánto tiempo hace de esto, pero debe de ser mucho, porque ahora está casada con papá y ya nacimos Nicolás y yo. Ella, mami, es muy guapa, y yo creo que muy joven. Bueno, lo más joven que se puede ser para ser mamá de una niña como yo, de seis años, y de Nicolás, que tiene casi un año y un diente ¡En serio! No sé cómo habré hecho yo para tener todos estos dientes sin haber llorado ni la mitad. Pobrecito, es tan bueno que, cuando se pone colorado del dolor que le causa su único diente, pienso que sería mejor que mami se lo quitase. Ahora ya sabe comer papilla, así que podría juntarse con el abuelo, que ahora no tiene dientes, y compartir la comida. A mí no me importaría pasarle por la batidora los espaguetis o las galletas durante toda su vida con tal de que no le doliese tanto el dientecito. Mami dice que es normal, que todos los niños pasan por eso, pero yo le digo que no todos los niños son mi hermanito.

Mientras vacío las cajas escucho cómo papá habla por teléfono con mi tío. Le dice que estamos bien, que teníamos que venirnos porque la abuela estaba enfermando de soledad y que sola no podía con el bar y con el abuelo. Mi abuela tiene un bar y mi abuelo una sillita de ruedas. La abuela lo deja sentado frente a la ventana todos los días mientras ella baja a abrir la verja, a encender la cafetera y echar los maderos a la bilbaína. El abuelo es muy bueno y se porta muy bien, incluso más que Nicolás, que no deja de bascularse en su serón cuando mami anda cacharreando por la cocina. El abuelo no; si la abuela lo deja mirando hacia el balcón, él no se mueve hasta que alguien llega y le da un beso o le pone un trozo de pan en la mano. Mamá dice que el abuelo está cansado, pero yo creo que lo que le pasa es que le gusta el silencio. Hace tiempo, aún era yo muy pequeña, lo vi llorar. Yo me asusté mucho, porque nunca lo había visto así, y corrí a decírselo a papá, pero él no se asustó como yo. Me dijo que seguro que le picaban los ojos y me dio un pañuelo para que corriese a limpiarle las lágrimas. Cuando me acerqué a secárselas, él me miró ¡En serio, me miró! Pero esto no se lo conté ni a papá, ni a mamá, ni a la abuela, porque sospeché que tenían una explicación de mayores para aquella mirada que yo sabía que era para mí.

Mientras el abuelito mira por el balcón, la abuela atiende el bar. En el bar somos todos como una gran familia. A mí me gusta mucho despertarme en verano a media mañana y bajar a desayunar mi vaso grande de Cola-Cao que revuelvo con la cuchara larga de mango retorcido. Cuando tiene ganas, la abuela me corta pan fresco que yo mojo en la leche hasta que la miga se bebe medio vaso. Me divierte ver cómo el pan se pone blandito y se me deshace en la boca como si fuese gelatina. Una vez se me cayó encima del vestido y mami me riñó. Me llamó gorrina y niña pequeña. Se enfadó bastante por no haberme puesto la servilleta como si fuese el babero de Nicolás ¿Es que no sabe que ya soy mayor? Ahora tengo seis años y ya desayuno en la barra del bar, de rodillas sobre un taburete verde de casi piel, mientras ella pone las tapas en el mostrador de vidrio en el que todas las noches queda un triángulo de tortilla que se retuerce por los bordes de puro reseco. A veces también sobran callos, pero ésas son las menos.

La gente que suele venir a tomar vinos al bar de la abuela es casi tan amiga mía como de mamá o de papá. Hay un señor que se llama Pepe, pero que le llamamos Pepe del Sen, que tiene un taller de coches cinco portales más abajo que el nuestro. De lunes a viernes siempre lleva una funda azul con cremallera toda tiznada de negro que le sirve de mandilón, como el que yo llevo al cole. Pepe del Sen tiene muchos hermanos y todos visten funda con manchas de grasa de los coches y todos se lavan las manos a las ocho en el bar de la abuela ¡A ver…! Si papá intentase secarse las manos todas negras en las toallas de baño de mamá sin haberse lavado bien, seguro que a ella le salía uno de esos gritos que tan pocas veces le nacen del ombligo haciendo temblar hasta el cactus. Así que creo que las mujeres de Pepe del Sen y de todos sus hermanos tienen que tener toallas tan bonitas como las de mami y no les dejan lavarse en casa. Tener amigos trabajando en un taller de coches es un chollo si juegas a las canicas. Pepe del Sen suele traerme bolas de acero, a las que él llama rodamientos y con las que yo soy la envidia del barrio.

Hace algún tiempo que ya no viene Julio, el cartero. Durante muchos años comió y cenó en el bar de la abuela. Le gustaban mucho las habas con chorizo y el vino tinto con gaseosa. Comía y bebía siempre lo mismo. Mami le dijo una vez que le iba a salir la fabada por las orejas y ahora tengo miedo de preguntar dónde está, por qué ya no viene a comer; temo que se haya convertido en un surtidor de legumbres. Me da pena que ya no venga, porque siempre me dejaba jugar con su carrito amarillo lleno de cartas y que yo paseaba por el bar con la gorra y el macuto de cartero. Julio me dijo una vez que aquella vida era muy perra, pero yo no entendí qué me quiso decir. Papá me hizo entonces una seña para que corriese junto a él. Me suplicó que no molestase a la gente mientas comía, que bastante tenía el pobre con arrastrar el carrito calle arriba, calle abajo, sin tener una buena mujer que se ocupase de él. Julio no tenía esposa. Ni hijos tampoco, pero eso le permitía venir todos los domingos al bar desde bien entrada la mañana hasta que cerrábamos. Los domingos él llegaba antes que el panadero y se marchaba poco antes de que el camión de la basura recogiese nuestro cubo. A mí me parecía que no tener familia le dejaba bastante tiempo para hacer lo que quería, pero creo que a él no le gustaba demasiado estar siempre tirando de su carrito y de sí mismo sin ayuda.

Tengo también otro amigo que a partir de ahora voy a ver con frecuencia. Se llama Alfredo y es farmacéutico. Me lo dijo la abuela y yo me lo creo, pero la verdad es que yo siempre lo veo en el coche descapotable con su mujer o jugando en la tragaperras de la abuela y nunca lleva bata blanca. Papi me dijo que era un hombre muy inteligente y que, además de farmacéutico, también era maestro nacional ¡Qué listo era Alfredo! Fíjate si era inteligente que conseguía tener todos aquellos trabajos y atenderlos siempre desde el taburete verde de casi piel en el que yo me arrodillaba a desayunar cuando él no estaba. Isabel es su mujer. Isabel tiene mucho pelo en la cara, ella dice que es vello pero a mí me parece pelo. Digo yo que, cuando una se hace mujer de un farmacéutico que también es maestro nacional, podrá llamarle a su pelo como quiera, pero a mí me parece pelo y eso me da un poco de asco. Procuro no fijar nunca la vista en sus patillas porque se me revuelve la tripa y quiero vomitar. Por lo demás, Isabel es una chica normal algo más mayor que mami pero muchísimo más joven que Alfredo. Él es viejo; no digo que sea como el abuelo, pero casi, casi. Oí decir a papá que Isabel le iba a chupar hasta el tuétano y yo me lo creo. Seguro que lo está haciendo, porque el pobre Alfredo está muy delgado y ella muy gordita. Seguro que no lo deja comer el tuétano a gusto y se lo saca cuando él lo está mojando en el ketchup. Exactamente, no sé qué es el tuétano, pero seguro que sabe a costilleta, no sé por qué creo que a la abuela le encantaría hacérselo a la plancha con patatas al delgadito del farmacéutico que además es maestro de escuela nacional.

La verdad es que Alfredo me llama la atención por muchas cosas, entre ellas por ese coche rojo sin techo que siempre conduce su mujer. Es un poco viejito, el rojo ya no es muy rojo y casi parece rosa, pero a mí me parece que es un coche de millonarios. Papá tiene un Ford Fiesta L también rojo-rosado, pero no me parece que sea de millonarios. El coche de papá, nuestro coche, siempre huele raro y tiene cosas en el maletero. El de Alfredo no huele mal porque siempre está aireado y no lleva nada el coche que no sea un paquete de tabaco. A lo mejor es porque no tiene maletero. O porque no tiene nada que meter. Nosotros siempre tenemos cosas que guardar dentro del coche porque vamos mucho a la aldea de papá y solemos traer cebollas, patatas, cabrito y más cosas. A veces, cuando papá y mami están discutiendo mientras sacan las cosas del maletero, se nos cae algo de las bolsas y nadie se da cuenta hasta que el coche empieza a oler raro. Otras veces, ni nos enteramos, porque ese olor va siempre encadenándose a otro olvido y una patata podrida da paso a un pimiento pocho. Y un pimiento pocho a una manzana con bicho. Y una manzana con bicho a una bolsa de leche pinchada… Así que los olores no hacen más que mezclarse y Nicolás y yo ya nos acostumbramos al olor del Ford Fiesta L de papá. Nunca será un descapotable y tampoco olerá como el coche de Alfredo. Claro que mami no tiene pelos en la cara y papá no juega a la tragaperras del bar día y noche.

Isabel no se llama Isabel. Se llama Corina y su madre echa las cartas. Yo no la vi nunca pero supongo que llevará un uniforme como el de Julio, el cartero que siempre comía habas con chorizo, y seguro que tiene un carrito el doble de grande que el suyo porque la abuela dice que la cabrona se está forrando. Sí, ya sé que no se dicen pecados, pero es que la abuela le llama así. Dice también que trabaja lo que quiere porque acierta mucho, pero que, claro, que lo hace todo en negro. El pobre de Julio y su vida tan perra seguro que echan las cartas en el buzón que no es por eso que no se forra tanto como la madre de Isabel. Me da lástima que no haya venido más a comer al bar de la abuela para decirle que ya sé por qué su vida no es de lujo y descapotable y una mujer que dice llamarse Isabel y que se llama Corina: Es porque no es negro. No sé si funcionaría, pero creo que podríamos ponerlo en contacto con el rey Baltasar de la cabalgata, que creo que es negro de cara pero que el cuerpo lo tiene blanquito. Algún secreto habrá, ellos son magos. Además, es amigo de papá. El año pasado en la cabalgata me tiró más caramelos que a ningún niño y me guiñó un ojo. Papá le gritó que se pasase luego a tomar una copa por el bar. Yo no era capaz de dormir esperando el momento en que sus majestades entrasen por la puerta, pero el único que entró fue un sobrino de Pepe del Sen, el del taller de coches, con más grasa de lo normal en las cejas y en la comisura de los labios y en las orejas. Puede que Baltasar tuviese que ir a casa de Isabel a llevarle una Epilady como la que usa mami para depilarse las piernas cuando deja de llover.

Muy bien no sé cómo puede ser que la madre de Isabel y Alfredo hayan sido novios antes de casarse con su hija. Me imagino que Isabel y Alfredo, que es farmacéutico y maestro de escuela nacional, no serán también padre e hija. No puede ser porque Isabel no le deja comer el tuétano a Alfredo y papá sería incapaz de quitarme a mí el fiambre del bocadillo aunque él tuviese muchísima hambre. No sé a quién le oí decir que Alfredo se ventilaba a la madre de Isabel hasta que ella cumplió dieciocho años; entonces cambió de parecer y se fue a vivir con ella aunque la madre, la que echaba las cartas, jurase ponerles velas negras a los dos. Por eso tiene Alfredo un descapotable, porque a él lo que le gusta es llevar ventiladas a sus mujeres, sean o no hijas de sus otras parejas. Papi quiere un descapotable para ventilar a mami, seguro, pero ella siempre le dice que si está tarado, que qué hacen con Nicolás y conmigo y que dónde piensa cargar la cangallada toda que traemos de la aldea. No sé por qué, pero creo que papá se va a quedar con el Ford Fiesta L hasta que a Nicolás le salgan todos los dientes y yo deje de llevar manoplas ¡Me gustarían tanto unos guantes con todos sus deditos…! Pero mami dice que tengo que esperar a ser mayor, más mayor, que ahora aún no me manejo para separar los dedos en los canelones de lana. Si papá puede esperar a que llegue su descapotable, yo podré esperar a que me crezcan los dedos hasta llenar los guantes.

Acabo de descubrir un tesoro dentro de un cajón. No sé muy bien qué es pero parece un libro de oro. Es pequeñito y tiene las tapas brillantes como si fuese una concha de la playa. Los lomos son dorados y tiene un candadito oxidado. Si tiene un candado seguro que tiene que haber una llave, pero no la veo por ninguna parte. Me pregunto qué es porque creo que me lo voy a quedar. Si lleva tanto tiempo dentro de este cajón no creo que nadie lo vaya a echar de menos. Creo que es un álbum de fotos pero no lo tengo claro. Me acabo de fijar en que en la portada se adivina la silueta de un niño con algo redondo en la mano y una copa ¡Ya sé lo que es, ya no me cabe ninguna duda! Es un libro de cocina y el niño lo que hace es tomar un Cola-Cao con galletas. A lo mejor la abuela anota aquí la receta de las lentejas y de los callos y de las albóndigas y de las filloas. Y si supiese cuál es la página en la que pone la de las costilletas con patatas fritas, intentaría arrancarla por medio del candado para que ella no supiese hacerlas nunca más. A veces, en verano, cuando ya no teníamos cole y mami, Nicolás y yo nos veníamos a casa de la abuela, ella nos hacía nuestra comida. A la abuela no le gusta que mami se meta en su cocina. Ella la llama sus dominios y se pone de brazos en jarras cada vez que alguien quiere hacerse con el mechero eléctrico con el que enciende los fogones enormes de la cocina del bar.

A mí el fuego me da miedo y en sus dominios, en la cocina, el fuego lo es todo. Los fines de semana de invierno en casa de la abuela siempre están llenos de frío, pero la bilbaína ayuda a que Nicolás y yo nos tomemos la leche calentitos acercando mi taburete y su sillita a la puerta del horno. Cuando el día es uno de esos en los que no podemos salir a la calle de tanta lluvia como cae, mami nos lleva un rato a la finca de enfrente para que nos dé el aire. Cuando ya estamos aireados como las mujeres de Alfredo, volvemos a la cocina y me quita las katiuskas para meterlas en el horno de cocina de hierro con la puerta abierta. Nicolás y yo vemos cómo las botas se van secando, retorciéndose en la punta, y es raro el día que mami no dice que se achicharraron y que vamos a tener que tirarlas. Yo cierro los ojos y pido para que así sea y podamos ir a Chavalín a comprar unos zapatitos blancos de charol con pulserita. Las katiuskas son un regalo de la abuela y del abuelo. Ella dice que son duras como ferrotes, pero el abuelo no dice nada, aunque yo sé que no le gustan ¿A quién le pueden gustar unas botas marrones habiendo zapatitos de charol blanco? Seguro que si el abuelo pudiese levantarse de su sillita, me compraría unos, los más bonitos. Mientras eso no pasa, mis botas siguen sobreviviendo a los olvidos de mami y yo quiero que sea primavera para no volver a verlas.

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