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– Señora, acaba de tener usted una escritora – Le comunicó el ginecólogo a mi madre en pleno paritorio. Yo estaba allí pero permitidme que hable de oídas ya que no recuerdo nada, bastante tenía con ir pillándole el punto a esto de respirar.

35 años después de aquel vaticinio, puedo afirmar que el obstreta tenía razón: Soy escritora y además, una escritora feliz. Cuatro novelas atestiguan mi condición de adicta al teclado, a los diccionarios de sinónimos, a Google para buscar información, a la inyección de adrenalina que provoca crear personajes como si fuesen figuritas de plastilina pero, sobre todo, a la risa del lector. Un solo lector confiesa que ha conectado con tus historias y te creces tres cuerpos, pena que no se me alisase también el pelo de puritita emoción.

Pude haberme aficionado a la filatelia, al yoga, a hacerle fundas de calceta para el móvil, a coleccionar los puntos de la Spanair Plus pero me dio por escribir, ya ves tú. No es que yo me hubiese propuesto terminar, qué terminar, empezar una novela, sino que a veces tengo la paranoica sensación de que ella me escogió a mí. Me sigue pareciendo tan pistonúdamente increíble que mis libros sean fruto de mí misma que he llegado a pensar que mi Señálame un imbécil y me enamoro, mi ¡Quiero un hombre magdalena!, mi Él, mi último pelo de tonta y mi A otra princesa con ese cuento tienen voluntad propia y han vagado errantes, huérfanos y sin reino por el Mundo de la Imaginación hasta llegar a mí, a mis manos. Y nunca mejor dicho.

El asunto es que, ahora que ya los cuatro tienen forma de libro y en ellos hay más vida que en una verbena de pueblo, sólo me queda sentarme y esperar a que, una vez más, se obre el milagrito y, a cada sonrisa, a cada carcajada, a cada conexión con un lector, a mí, cósmica e incomprensiblemente, se me rice más un tirabuzón. Créeme si te digo que estos son los únicos rizos que ya no me molestan, los que mis lectores me moldean con su buen rollito. Y más bien…