¡Arráncate, Josua Manuel!  No puedo remediarlo: Siempre me ha impresionado la sangre. Y debe ser por eso que ni como carne, ni voy al cine a ver pelis de Tarantino. El caso es que desde que se han puesto de moda las series de médicos, mi índice de tolerancia al líquido vital ha cambiado. Vaya que sí. Con deciros que después de tomarme un té con tostadas para cenar soy capaz de ver como el siniestro y pecularísimo doctor House quiere hacer una traqueotomía con un Bic, os lo digo todo ¡Lo que son las cosas! Donde antes tenía que poner una cucharadita de Primperán para controlar las náuseas, ahora pongo morbo quirúrgico y sentimental. Y lo mismo me da, como lo mismo me tiene, una fístula anal que un parto prematuro: cualquier cosa que el Gregory House descubra alrededor de las diez de la noche, yo lo comparto con él sin parpadear. Dice mi chico que me he vuelto algo gore, y no seré yo la que le desdiga a fin de cuentas ahora soy capaz de ponerme una tirita sin tener que pedir su ayuda.


Cuando pensé que después de Urgencias y House lo tenía todo visto, llegó Anatomía de Grey. Una más de hospitales, pensé. Pero me equivoqué. Que sí, porque Anatomía de Grey es algo más que una serie de médicos-todo-poderosos, es un culebrón de amores prohibidos y furtivos que me pone turuta. La primera vez que le puse la vista encima al doctor Shepard me dije que era un sosaino. Dos capítulos después, entendí y sufrí con Meredith Grey un matrimonio en el que ella es siempre el tercer vértice del triángulo isósceles. Y la china ¿Qué me decís de Cristina? Personaje valiente por ser la antítesis del arquetipo de mujer femeninamente ordenada que impera en casi todas las series de factoría Yanki. Con ella, con Cristina, el caos se hizo persona pero, como ella, mil de nosotras. Esa es la grandeza de las transgresiones, que, a veces, se convierten en exponente de un comportamiento generalizado pero mudo.


Y yo, como aquella leyenda urbana que decía que un tío se había atado una toalla al cuello para emular a Superman desde el balcón, me creo que con las clases de medicina acelerada a las que asisto cada día desde mi salón y en zapatillas estoy capacitada para hacerme diagnósticos diferenciales de, pongo por caso, lo que parece, duele y se sonroja como un sabañón. De ahí que no haya dolor que me acucie a mí o a mi media castaña que yo no me crea capaz de dilucidar su origen. Que le duele la espalda, le hablo de una ciática. Que me quejo de un pie, me recuerdo un posible ataque de gota. Que se marea, no le hablo de un embarazo pero le mento un posible ataque de vértigos. El otro día me dolían los ovarios y con lo fácil que hubiese sido ir a mirar el calendario de ovulaciones para salir de dudas me obcequé con que podía ser un quiste. Es el precio que hay que pagar por confundir la realidad con la ficción, Noe, me dijo él al verme respirar aliviada con la agenda en la mano.


– ¿Recuerdas del mundo de absurdo y paradojas ilógicas de Alicia en el país de la maravillas…? – me preguntó concienzudo.
– Aha… – Le respondí yo comprobando las últimas fechas de mi menstruación.
– Que estás cayendo por el túnel y aún no has encontrado al conejo blanco, mi amor…


Vaya. Pues ese va a ser, en efecto, el precio que hay que pagar por no haber estudiado medicina y haberme leído a Carroll, que sé exactamente a qué se refiere él con lo del conejo blanco. Que un médico es muuuucho más que aquel que se come libros y libros de anatomía, cirugía o traumatología. Un médico es siempre un mago con un reloj enorme para el que la salud nunca tiene prisa y yo, si acaso, una forofa desmedida de las series de ficción. Y ya lo dijo alguien: los sueños, sueños son ¡Au! ¡Socorro, me corté!