Botas flamenquísimas Y eso que siempre me han dicho que confesase que el tamaño no importaba para no herir sensibilidades… Dichosas tallas, pardiez. Vale, me dije ayer en el probador de turno, o yo tengo la increíble virtud de estirar y encoger como las tripas de Jorge o aquí hay algo que huele a podrido (y no es Dinamarca precisamente). Ármate de paciencia, Noe, me dije al ver que mi cuerpo serrano se veía seccionado en dos en un pantalón negro talla 34 y flotaba en una falda de lunares de idéntica talla 34. Me repito: O bien yo soy caprichosa hasta para las formas o el patronista de turno está de guasa.

– Disculpa ¿Me puedes decir qué talla es esta falda realmente? – Le pregunté a la dependienta tratando de que no me viese en paños menores tras la cortina del probador.

– Tiene que ponerlo en la etiqueta… – Me contestó ella displicente subiéndole la manga a mi vecina de probador. Con un alfiler apretado en los labios, intentó hacer un mohín que casi le cuesta la vida – ¡Uy! ¿Así se la ve bien? – Le preguntó a la señora llevándose la mano al foco del dolor.
Yo, que de por mí soy testaruda hasta la extenuación, contraataqué:

– Disculpa otra vez… – No tengo ni idea de por qué me disculpaba tanto si la que estaba medio en bolas en el probador, haciendo las veces de senador romano con la cortina medio enrollada al torso, esperando a que ella me hiciese caso era yo. Bien, me disculpé igualmente (puede que por el cargo de conciencia de que ella se hubiese clavado el alfiler en el labio inferior al intentar no mandarme al cuerno. Vaya) – Ya sé la talla que pone la etiqueta pero lo que yo quiero saber es q-u-é  t-a-l-l-a  e-s  e-s-t-a  f-a-l-d-a…

La señora a la que le estaban enmendando las mangas, se quedó mirándome como si mi cuita y yo fuésemos de otro planeta. La dependienta (ya sin alfilercito en la boca) se acercó a mí y me quitó la prenda de las manos no sin cierta sorna. Deme, me dijo antes de arrebatármela, tiene que ponerlo bien clarito en la etiqueta, sentenció segura de sí misma y de su oficio de adivinadora de tallas.

– Ahí pone la 34 pero no puede ser ¡Me cae por todas partes…! – Esgrimía yo apartando una pelotilla de polvo de la planta de mis pies desnudos.
La chica no me dejó terminar mi retahíla de excusas, me cortó por lo sano como lo haría un tangente con una curva (que no fuesen las mías, que tengo más bien pocas) con la vena aorta inflamada como si fuese la  Callas o María Patiño, me soltó sin anestesia ni epidural:

– Bien clarito: Una 34 meidín México D.F. ¡Es una 36 española, como siempre…!
Y me dio con la falda, la percha, sus lunares y la tan puñetera como ibérica 36 disfrazada de 34 en todo el morro. Yo cerré la cortina con la sensación de que mi persona había hecho el gili en grado King Size. Sólo cuando oí que como los tacones de la dependienta acusaban su lejanía, me dije en voz alta:

– Cambiarle los neumáticos al Lupo es bien más sencillo ¿Qué no?

Pensé en aquello de 185/75R13 que siempre se me resistía a la hora de recordarlo y me pareció pan comido al lado de saber si mi menda lerenda era o no una usuaria de la 34, 36 o 38. Ya con mi cuerpo dentro de la ropa que llevaba al entrar en la tienda, me pregunté si esto de la oscilación de tallas también afectaría a los sujetadores. Me encuentro en medio del ciclo menstrual, con la auto estima por los suelos y con ganas de ser lo que no soy. Darme el pisto de llenar un WonderBra de talla 95 en vez de la 85 confesa que es la que acostumbro, podría ser un buen comienzo para subirme la moral. Ahora que, una vez que lo encuentre, no pienso cortarle la etiqueta por mucho que me destroce la paletilla de tanto rozar ¡A ver quién me discute a mí que uso la misma talla que Pamela Anderson!


P.D: Por cierto, mi compañera de probador, la de las mangas, me dijo que ella no es corta de brazos, es que en aquella tienda, sus extremidades siempre parecían pequeñas ¿Meidín México D.F.? Le pregunté yo. No, made in Vietnam, me dijo ella. Se ve, por la pronunciación, que no sabía idiomas. Y bueno.