Carrito congelado, como los circuitos de mi nevera  Yo ya he nacido con el Tetra Brick, con la Nocilla dos sabores, con el Petit Suisse y el gel de ducha. Joven, pues, como veis, pero aún así, me siento mayor (-císima) cuando me dispongo a hacer la compra en una gran superficie. Y no soy la única, doy fe. Tanto ha cambiado el panorama alimenticio en la última década que, si a la entrada del Carrefour no empiezan a repartir un diccionario, llenar la nevera se va convertir en una temeraria osadía. Ya me estoy viendo en los periódicos: Chica de treinta y tantos ha ingresado más bien fría al ingerir una ración doble de oligoementos hidrosolubles mal combinados. En tan legítima como abochornada defensa, yo aduciré: …Y yo disolví los polvos en agua  vulgaris, la del grifo, vamos. Nadie me dijo, Doctor, que el líquido elemento debía ser destilado y, of course, del manantial de Vichy Catalán, ése tan pletórico en sales minerales ricas en magnesios y calcios. Vaya.

El lunes pasado, sin ir más lejos, dejé la lista de la compra bajo el imán de la nevera en el que mi chico y yo nos dejamos notas de primario amor los días que no nos vemos. Te dejo la nota de lo que hay que comprar, le decía, no te olvides de enseñar los cuponcitos de descuento que después me da mucha rabia comprobar lo que me hubiese ahorrado. Hay que traer yogures naturales, papel higiénico, maíz dulce, leche desnatada y un pollo. La duda que en mi tierna infancia, cuando mamá me mandaba al Spar de la Soco a buscar un chusco de pan y cien gramos de chorizo Revilla, se hubiese traducido en saber cuántas unidades y/o peso debía traer de cada encargo, se transformó en un sinfín de llamadas de Movistar a Movistar en tarifa habla 1 y paga 100 (¡Menos mal!) con diatribas tipo que a continuación transcribo:
 
Llamada 1
Él: ¡Chuliña…! – La señorita de megafonía anunciaba una oferta de Rodaballo que usted no puede dejar escapar – ¿El papel higiénico, lo usamos con doble capa o…?


Yo: Gus, a ti, cuando te limpias el ya te dije ¿Se te rompe el tisú? – Contesté irónica.
Él: Pues no sé… – Me consta que recapacitó sobre ello un par de segundos – Creo que no, de lo contrario me daría cuenta, créeme.

Yo: Pues doble capa, entonces…


Él: Oye, aquí también lo hay húmedo ¿Cojo éste?

Yo: A mí me gusta llevar el culo seco pero tú trae el que veas…
 


Llamada 2
Él: Y digo yo… – Pude oír la cansina respiración de Gus con nitidez – Que el maíz dulce sea o no transgénico ¿Puede repercutir en un ataque de colesterol prematuro o es más bien que me va a afectar a la próstata?

Yo: Todo el maíz es transgénico, amor… – Ya había conseguido entrar en la oficina sin dejarme una uña en la cerradura al hacer girar las llaves.


Él: No lo creo. Piénsalo – Se hizo el silencio. Volví a oír a la del rodaballo pero ahora ofreciendo piña de Costa de Marfil, una oferta que usted no puede dejar escapar – Para que algo sea transgénico en algún momento ha tenido que no serlo ¿No crees?

Yo: Gus… – Un papel atascaba la ranura del fax y un mar de coloridas luces anunciaba la proximidad de un incendio – En nuestra casa siempre hemos comido maíz en lata y nunca ha pasado nada.


Él: ¿Y si mejor llevo guisantes, que parece que no le han maquillado el ADN? – A mí no me gustaba la ensalada de tomate con guisante pero…

Yo: Trae lo que veas…
 


Llamada 3
(Obsérvese y valórese la ausencia de apelativo cariñoso en la primera frase)
Él: ¿La leche desnatada la quieres de soja desgrasada procedente de cultivo ecológico o de vaca pero enriquecida con calcio e isoflavonas…? – El hartazgo de su tarde mercantil quedaba patente en el tonillo de sus intervenciones.

Yo: ¿Es que nunca te fijas cuál es la que tomamos en casa…? – Contraataqué – ¡Pues de esa quiero!


Él: De la que tomamos siempre en casa, Marga… – Otra vez el tonillo – no queda. Hay la misma pero baja en lactosa cosa que, amor mío, no tengo ni idea de si te vale o no para tomar tus Special K con puñeteros frutos silvestres…

Yo: D-e-s-n-a-t-a-d-a, Gus, sólo eso y, si no hay, trae de la que veas… – Contesté segura de que, al día siguiente, me tendría que tomar mis cereales con batido de soja. Al tiempo, me dije.
 


Llamada 4
(Lo dicho, ni rastro de algo tipo cariño, amorcito, churri…)
Él: ¿El pollo lo queremos campero, de granja, pichón o de producción controlada…?

Yo: El que te de la gana por que es para ti.


Él: ¡Qué lista! Como tú no comes pollo ya no tienes que pensarlo ¿Verdad? – Me dijo herido en el orgullo.

Yo: Gus, los pollos son siempre pollos, más o menos amarillos, más o menos duros pero pollos al fin y al cabo… – El correo electrónico no funcionaba por enésima vez en el día. Me vio una meiga, dije mordiéndome el labio mientras sostenía el móvil entre la cabeza y el hombro.


Él: ¿Sabes qué…? – Su voz sonó decidida – Que mejor me llevo un par de filetes y acabo antes…

Yo: Vale, pero que no sean de la tapa que hacen mucha espuma y fíjate que sean de Ternera Gallega Suprema, ya sabes… – Hip, vaya, me había dado el hipo – si es Suprema es que la ternerita ha ido a dar unos cuantos voltios antes de conocer al señor matadero.


Él: ¿La carne hace espuma, Marga…? – Pude notar su asco en el tono de su voz – ¿Por qué hace espuma la carne, Marga? – Me preguntó el muy iluso.

Yo: Gus, cariño ¿Qué te parece si coges un par de besugos y los hacemos al horno? – Tengo prisa, cielo, quería decirle entre líneas, y no tengo tiempo ni el estómago para hablarte de las hormonas de crecimiento animal.


Él: ¿Eso hace espuma…? – Dijo afectado.

Yo: ¡Nopi…! – Contesté ágil – Hacía burbujas pero cuando era pez que no pescado.


Él: No sabes el peso que me quitas de encima…

Yo: Pero tú trae lo que veas ¿Vale?


Él: Vale.
 

 
La hora de la cena llegó y comimos besugos al horno. Ni rastro de espuma aunque él no dejaba de controlar la puerta del horno por si al sucinto y escamado animal le salía una oreja donde tenía que haber una aleta. Y no es que el pobre de mi Gus sea hipocondríaco, que también pero no es lo que más, sino que no acaba de acostumbrarse a la nueva era dietética que impera en estos tiempos. Hoy le he comentado que es buenísimo tomar lecitina de soja y levadura de cerveza con el yogurt desnatado. Es bestial para los huesos, el pelo, la piel y el colesterol, lo animé ¿Y sabes qué? Le dije, la lecitina también se la ponen al chocolate.
– ¿A dónde vas…? – Le pregunté al verlo ir hacia la nevera.
– A por una birra y una tableta de Lindt ¿No quedamos que la lecitina y la levadura son buenas?
Gus se jaló el chocolate y la lata de Bud en un santiamén. Yo llevo dos semanas acostumbrándome al peculiar sabor de mis nuevos complementos alimenticios. A veces me pregunto si no sería mejor no saber tanto de la comida y simplemente comer. Por cierto, mi piel va fantástica pero la de Gus tampoco la veo mal. Se ve que las endomorfinas del cacao también aportan lo suyo a la dieta ¿Endomorfinas? ¡Ya estamos otra vez con los términos!