- Pero mami, yo no quiero volver al cole, ¿o es que no te das cuenta…?

 

Mientras le pruebo el uniforme, Nicolás se siente disfrazado de reo. Lo que para mí es prioritario (que ambas perneras del chándal me queden marcadas a idéntica altura), para él son minucias. Con la rebeldía veraniega de pre-alumno de clase de 5 años, se marca un tuerking maravilloso, girándose sobre sí mismo, que acaba, como no, de bruces en el suelo, lamentándose de su nefasta suerte, su caótico sino, su desdichada existencia…

 

- A ver, dime por qué tengo yo que volver al cole si aquí estamos genial en familia, papá, mamá, Lorenzo y yo; aquí tenemos el castillo de Playmobil, la piscina en el jardín y un armario llenito de galletas de dinosaurio por si tenemos hambre…

 

Y lo miro, fascinada, preguntándome si no tendría que mandarlo a la escuela de jóvenes filósofos, porque desencaminado no va. Aquí, en casa, cree tener todo lo que necesita, y me encanta la idea de que así sea, la verdad. Para él, que no tiene límites a la hora de soñar y/o pedir, con la familia, el castillo, la piscina y las galletas de dinosaurio, más feliz que una perdiz, oigan.

 

- Ya, Nicolás, pero hay que ir al cole porque seguro que tus amiguitos tienen muchas ganas de verte y contarte cosas fantásticas del verano…

 

- ¡Que no, hombreeee…! – Mi mayor me interrumpe – Que no quiero, y además, este pantalón es tan grande que parezco el payaso Pocholo.

 

- Es taaaan grande porque no me dejas medir por dónde tengo que meterle a los bajos… – Argumento, sujetando mil y un alfileres con la boca.

 

- ¿¡Y encima me quieres pinchar con esas agujas locas…!? – Ojos como platos, cejas por flequillo y expresión de ahí viene el coco – Yo me las piro…

 

- ¡Eeeeeh…! – Le corto el paso, aprovechando para tranquilizarlo con un abrazo de osa mayor – Los alfileres no son para pinchar niños guapos, como si fuesen aceitunas de aperitivo, chavalito: son para coger el dobladillo del pantalón.

 

- ¡Ah, no!  A mí no me cojas nada con eso que pincha: yo sólo quiero que lo cortes con la tijera y que me dejes en paz…

 

- ‘Me dejes en paz’ es una expresión muy fea, muchachito… – Meneo la cabeza y chasco la lengua, en claro gesto de reprobación.

 

- ¿Dejar en paz es feo? – Inquiere, pensativo – Pues yo cuando estoy tranquilo, me encuentro la mar de a gustito: ¿a ti no te pasa?

 

- Me pasa, me pasa… – Me río, porque el tipo extraordinario tiene guasa – pero pedir a alguien que ‘te deje en paz’ implica que te está molestado, ¿entiendes?

 

- ¡Claro que lo entiendo! – Nicolás pone boca de pez globo, con los mofletes hinchados, y suelta presión con una pedorreta – Pero es que así aun es más genial que te dejen en paz; si primero te molestan y si después te dejan en paz, pues te sientes más que genial todavía: ¿lo entiendes tú ahora?

 

- ¡Perfectamente…! – Convencida de la extraordinaria capacidad que mi mayor tiene para hablar de los sentimientos, me río otra vez – Pero ello no exime que pedirle a quien te está molestando que te deje en paz sea un poco feo.

 

- ¡Pues ya me dirás! – Se encoje de hombros, mientras tira de las perneras del pantalón para no tropezar y darse de bruces contra los muchos juguetes que viven en el suelo de nuestra casa – Entonces que hay que hacer cuando alguien te está dando la murga: ¿invitarlo a tu cumpleaños?

 

- Hombre, no, que lo mismo no cabemos en el jardín… – Mi mayor se queda quiete un instante, momento en que pongo la velocidad Sputnik en modo ON y me armo de alfiler para marcar los bajos.

 

- ¡Chechecheché…! – Mi mayor me corta el paso – ¿Pero vamos a ver, mamita, te digo que no pinches con esa aguja y me persigues igual? ¿Y eso no es feo? ¿Eso no es feo…?

 

Espeluznado, se parapeta detrás del sofá.

 

- Nicolás, ven, cariño…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

- Nicolás, amor, ven, que los alfileres son para marcar la tela: n-o  l-a-s-t-i-m-a-n, anda…

 

Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

 

- Nicolás, hombriño, ven, ¿no ves que hay que arreglar ese pantalón antes de que empiece el cole?

 

Oigo una respiración profunda, larga y amortiguada. Me quedo mirando al sofá y veo, de repente, asomar por la parte superior una espada láser roja y, a renglón seguido, una careta de Dark Vader. Obviamente…

 

- NoSoyNicolááááasSoyTuPadreeeeeee…. – Y mi mayor abandona el lado oscuro, marcándose una marcha imperial espectacular: fiel en tempos, bien afinada y mejor orquestada, porque cuando iba a llegar al chanchanchanchanchááááán, se enreda con el bajo del pantalón (a estas horas ya cual escarpines, forrando la planta del pie) y acaba sobre el xilófono de su hermano, tan bonito como estremecedor (con él se podría versionar la intro del Fantasma de la Ópera en versión punk: no hay una nota que suene como debe).

 

- ¡Ay, c*ño, que se mata…! – Despliego las alas de madre, y antes de que acabe con las gafas, la careta y la nariz en el teclado del xilófono, lo tengo en mis brazos.

 

- Poco le faltó para ver el lado oscuro… – Se quita la careta sin dejar de pasarse la lengua por los dientes – Mírame aquí: ¿me falta alguno? ¿Yo creo que me acaban de caer dos del susto? Lo mismo hay que decírselo al ratón Pérez, porque ya que viene, que traiga dos regalos…

 

- Están todos en su sitio… – Me río y le acaricio la frente – Eres muy listo tú, chavalito.

 

- ¡Claro, sino de qué voy a ser el reyyy de la galaxxxxxiaaaa…! – Y otra vez respiración profunda, larga y amortiguada, seguida de una versión fidedigna y gloriosa de la marcha imperial.

 

- Oiga, maestro Dark Vader, ese pantalón que lleva, taaaan grande, le quita a usted prestancia interestelar… – Constantino Romero, un aficionado a mi lado, palabrita.

 

- No sé que es interestelar, mamita, pero como me claves esa aguja loca en los pantalones, te declaro la guerra mundial… – Y Nicolás, blandiendo la espada láser como torero en la Monumental, intenta incorporarse, al tiempo que vuelve a resbalar con el bajo del chándal, volviendo a darse contra el xilófono de su hermano.

 

- Dark Vader, chico, esto no es plan, ¿eh? – Arguyo, divertida.

 

- Vaya culada, mamita, vaya culada… – Gimoteando, pero muy digno – Mira, te dejo que me arregles los pantalones, pero sin estar yo dentro, ¿vale?

 

- Pues no sé qué decirte, la verdad, porque va a ser difícil… – Hago pucheros, pero me pueden sus ojos redondos de Lacasito.

 

- Pues dime que sí y que no voy a ir al cole: eso si sería la buena vida, no me digas… – Y él también se ríe.

 

- ¡Ahá, bribón! Eso sería la buena vida, ¡acabáramos!… – Le despeino el flequillo – ¿Y tú sabes lo que sería la buena vida para mí?

 

- Mmmm… – Genius on board, already thinking  - ¿Comernos a besos a Lorenzo y a mí?

L                                                                                                                                           L

O                                                                                                          O

V                                                                           V

E                                            E

Permítanme una despedida diabética, a rebosar de sirope y mermelada, porque no puede haber mejor colofón para un relato sobre el síndrome de la vuelta al cole, que una conexión con la vida, de tantos megahercios y tan certeros. No es sólo que los niños vivan contigo, es que viven de ti, empapándose de lo que eres. Hacen suyos tus miedos (Nicolás, ¿en serio es necesario que te tires de esa tirolina?), tus trémulas valentías (¡venga, Lorenzo, venga, echa un pie que tu puedes, amor…!), tus neuras hiperprotectoras (‘chivarse’ es una palabra que se inventaron los malos para que los buenos tengan que guardarle fidelidad y lealtad a sus h*joputeces, así te lo digo. Mamiiii, has dicho h*joputeceeees. Ups, lo siento…), tus porque lo digo yo que soy mamá y ya está. Pero también interiorizan que son tu prioridad, que todo en ti gira por y para ellos. No se trata de que se lo digas, sino de que lo sepan porque lo sienten y disfrutan de ello. Comerlos a besos es y siempre será mi buena vida. Y lo haría de pies a cabeza, sin dejar miguita, aunque para ello tuviese que comerme también el pantalón sin cogerle los bajos. He parido a Paulo Coelho, no me digáis… :)