A una mamá molona (y electrizada) la reconoceréis fácilmente en cualquier ambiente, lugar o galaxia, porque hay diez rasgos básicos y maravillosos, comunes a todas ellas, que no pasan desapercibidos. Lo sé, la cosa paritaria y la elegancia marital  me obliga a mencionar a los padres, pero ese, queridos, es otro post que anuncio no tardará en llegar. Hoy, pues, me dispongo a desvestirme (que no desnudarme, que ya no estoy para marcarme un Kim Basinguer en 9 semanas y media), porque nada mejor que un ‘pelotari maternal’ para ver qué ha sido de mí, ahora que ya no soy yo: soy ellos.

  1. Una madre molona (y electrizada) nunca lleva moño, lleva un nido de cigüeña en lo alto de la cabeza. Y no es por gusto, que ya qué más da, sino porque cuando por fin tiene a la prole arreglada para salir, ese breve espacio de tiempo que todo ser humano se reserva para parecerse a lo que un día fue, se ve recortado a un corre-corre-que-te-pillo, a una décima de segundo en la que se mira al espejo, comprueba que no lleva la cara tiznada de  potito/caca/mocos/pegotes de crema del cambio de pañal, y se apaña el pelo con una goma, cual paca de paja seca. Y como las prisas no son buenas ni para arrepentirse, cuando ve que el recogido (¿?) se le quedó hecho un asco, intenta componerlo, pero como la goma está cedida y el forro se ha ido ajando por el uso, dejando el caucho al aire, hace que moverla y/o quitarla, sea un deporte de riesgo. En una lucha capilar, la madre molona (y electrizada) decide que el moño de lado, deshecho y con pelos saliendo por los lados, cual erizo de mar es un look maravilloso para ir al parque, a las rebajas de Primark o la ópera de Viena, llegado el caso. Nido de cigüeña, ojo al dato.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace concesiones, se rinde. Y se rinde en defensa propia, porque qué más le gustaría a ella que ser taxativa, tajante, inamovible en sus decisiones. Mano firme, educación garantizada. Pero cuando el agotamiento entra por la puerta, los ‘si no te comes las lentejas, apago la Patrulla Canina’, saltan por la ventana. Ser un SuperNanny de ida y vuelta es un papel muy de una mamá extenuada por la vida en general, no sólo por la maternidad en sí misma. Porque cuando ésta da con sus huesos en la camita, preparando su roll del día siguiente, seguro que no piensa ni por un momento desdecirse una y otra vez; pero, sin embargo, lo hace en legítima defensa, amparándose en la máxima: si no levanto el pie del acelerador, palmo. Si palmo, los dejo mutilados emocionalmente. Con lo qué, poca lógica filosofal se necesita para saber que cuando no se puede con el enemigo, hay que unirse. Que no se mueva, que no se note y que no traspase, pero, una vez más, los niños se salen con la suya. La mamá sabe que no es bien ceder, vaya si lo sabe, pero qué va a hacer, pobre, si a las 19.00 horas mira el reloj y le parecen las 23.00. Never give up, y aun así, give up, porplís.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no va de compras, sale a equipar. Lejos quedan las jornadas hedonistas en las que la tarjeta de crédito tenía el canto afilado como un cuchillo jamonero de tanto dale que dale a la CPV. Lejos quedan los tiempos en los que las tiendas más estupendas eran un lugar de recreo, de puesta a punto y, quizá, bálsamo curapupas y/o curadesencuentros. Porque cuando hay niños en el hogar, una tarde de tiendas significa comprar para e-ll-o-s, casi nunca para mamá. Toda tarde shopping es, entonces, una carrera contra reloj, en la que no hay oportunidades de prueba ni probadores: los pequeños no cooperan en absolutamente nada que no sea elegir si el chicle lo quieren de sabor Cola o con forma de petardo. De ahí que cuando una mamá da con alguna prenda que puede servirle a uno de sus miniyó, lo coja en todos los colores, quizá en dos tallas distintas, por si un día dan un estirón después del Colacao de irse a dormir. Y si de camino a la caja encuentra calcetines y calzoncillos bien de precio y con pinta de no encoger en la secadora, los sujeta con los dientes (ya no hay brazos libres para tanta percha) y se va tambaleando a por la dependienta (quizá a pedir auxilio, claro), segura de que se olvida de algo. Cuando por fin consigue pagar y se cerciora de que sigue teniendo colgados a sus piernas a sus niños, cae en la cuenta de que de lo que se había olvidado era de respirar. La vuelta al cole, el que viene el coco del SXXI, no digo más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no descansa, cae en coma médico. Y es tan profunda esa necesidad de no ser, dejarse ir en manos de sabe Dios qué cosa agradabilísima que le deja pseudo-inconsciente (creo que se llamaba sueño), que si por lo que sea uno de los niños arde en berridos nocturnos porque quiere beber o tiene ganas de tomar un Frigopie, se incorpora mareada+desnortada+beoda de gaseosa, pero impulsada cual cohete para atender esa emergencia nivel super one. No importa si el meñique del dedo del pie se convierte en un rádar cárnico, siempre feliz de encontrar esquinas de muebles. No importa si más que echarse de la cama, se tira de un precipicio. No importa que la mamá sepa que la sed o la gula de helado de madrugada no son cosa de vida o muerte, porque ella así lo vive. Con entrega y vehemencia, con amor y locura. Con golpes en las piernas al acudir a oscuras. Con toda y con esas, si me necesitas, silba, ya lo dijo el otro.

 

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no hace planes, pergeña una estrategia militar. Un día de playa, pongo por caso, no es coger la sombrilla, el bañador y bocadillo de Tapa Negra La Piara y tira millas. Para que una familia con niños pueda ir a la playa, dos días antes hay que ir haciendo acopio de víveres y enseres, mirando la predicción meteorológica, calculando el tiempo de desplazamiento de ida y vuelta y (oh, oh) comprobar en el grupo de WhatsApp de amistades de sus niños si hay algún cumpleaños a la vista, que haga imposible la jornada de toalla y olas. Una vez hay luz verde para emprender la aventura (me río yo de Amundsen), queda por saber si hay que alquilar un remolque o llegaría con hacerse con un séquito de Sherpas para portear los cientos de juguetes voluminosísimos que los pequeños han decidido hay que llevar sí o sí. La madre sabe que tiene que ser firme, que no puede dar ni un paso atrás: todo no cabe en el coche, hay que elegir. Y aun así, les ruego relean el punto 1, 2 y 3, gracias.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no tiene vida social, sale a la calle a cumplir con la de sus hijos. Parece lo mismo, pero palabrita que no lo es. Un sábado por la tarde en una piscina de bolas es la tortura china de la que nadie habla, porque no está bien no alegrarte de la felicidad y excitación extrema de los hijos que te han salido por el cono sur. Tampoco es lo mismo ir a tomar un café que hacer tiempo con la madre de un compañerito, mientras ellos ensayan el numerito de fin de curso, una versión del Hello de Adele, que hace falta cuajo y Sonotone para reconocerla. Así a todo, allí están las madres, sorbiendo el café e inventándose una cordialidad maravillosa, en aras de ‘que acabe de una p*ta vez el ensayo o me sumo al aquelarre, aporreando una botella de anís El mono con un bolígrafo BIC’. El ser humano es un ser social, alguien lo dejó pensado. Nada dijo, en cambio, de las madres, que según a qué hora del día, la condición de ser humano las abandona, para convertirse en walking dead.
  2. Una madre molona (y electrizada) no usa bolso, lo suyo es un paracaídas. Da igual el tamaño del mismo, porque de él se pueden sacar toallitas, caramelos chupados y sin chupar, un sándwich de fiambre de jabalí, un pañal con pis, que no encontró papelera que lo adoptase, una entrada de circo del año pasado, que no se puede tirar porque es muy importante para el mini espectador que tuvo a bien desternillarse con el payaso Pocholo. En el bolso de una madre puede haber de todo, incluso, miren bien lo que les digo, puede estar viviendo una comuna veggie, porque como nuuuuuuuuuuuuuuuuunca jamás se limpia el fondo, vete tú a saber qué hay allí abajo. No es raro, pues, que incluso los niños digan cosas como ‘no, mamita, cógelo tú en tu bolso, que me cosa tocar en lo oscuro…’. Y ese mismo bolso que parece la fosa abisal, puede salvarle la vida a una mamá en apuros, porque cuando hay que cambiar al bebé y no hay cambiador cerca, se le pone bajo la cabecita al angelito, para que no dé con las ideas contra el adoquín, ¡y mano de santo!. Todo sería un cúmulo de buenas ideas y mejores propósitos, salvo por el hecho de que era el bolso favorito, el más mimado y caro de mamá. Era, muy allá lejos, cuando la mamá tenía entidad e identidad individual. Ya no importa, a fin de cuentas, ni ocasión tendrá de lucirlo egoístamente nunca más.

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no grita de boca para fuera, lo hace de boca para adentro, como llamándose a los intestinos. En aras de eso que llaman la educación del equilibrio, prefiere crearse una hernia de hiato, tragando bilis, nervios y adrenalina, que dejar que se escape un ‘me voy a c*gar en todo lo que se menea: ¡esos juguetes recogidos a la orden de ya!’. Así que, enarbola un discurso maravilloso, digno del presidente de la RAE, esperando que el aforo la aplauda y regale vítores varios. En cambio, los indios que tiene como niños, se hacen los locos una y otra vez, haciendo que mamá pierda la postura y la compostura. Mal cantando una melodía archiconocida para ellos, el ‘a recoger, a ordenar, cada cosita en su lugar’, la pobre mater se agacha a dar orden en aquel desconcierto juguetil. Sííííí, también lo sabe, no está bien desdecirse, no pueden salirse con la suya, pero son las 19.00 horas y su cuerpo suda y huelga cansancio como de 23.00, ¿les suena haberlo leído por ahí arriba…?

 

  1. Una madre molona (y electrizada) no lee cuentos, se los inventa. Y es por eso que cuando al día siguiente quiere repetir la misma historia, es más que probable que no dé ni una. Los niños son esponjas para la creatividad y, en contraposición a cuando se les dice cien veces que se cierra el grifo mientras se cepillan los dientes y parecen desconocerlo otras tantas, cuando mamá comete el primer gazapo en la narración, no tarda en suceder el: ¡eeeeeeeh, que así no era, mamiiiiiiiiitaaaaaa…!. Y lo que era una sesión mini de cuento antes de dormir, se convierte en una sesión doble, con receso para ‘pis+agua+que venga papá que no le di un beso de buenas noches’. Ellos, los niños, que de todo se olvidan menos de la capacidad que tienen para no dormir cuando han de hacerlo, esperan con los ojos abiertos de par en par a que llegue Morfeo, para llevárselos a lomos de su corcel blanco. De nada vale que la mamá les diga que cierren los ojos mientras le cuentan en cuento, que así es más bonito y la imaginación campa a sus anchas, porque ellos están atentos a la narración y cuando la invención del día 2 no coincide con la del día 1, dan un salto en la cama que parece alcanzan a la lámpara del techo. Ese es el momento en el que mamá cambia de cuento, leyendo con fidelidad teresiana, casi de catecismo,  letra a letra lo que allí se dice. Si caperucita era imbécil e ilusa por hacerle caso al lobo, quién es mamá para cambiar la historia.  

 

  1. Y, por supuesto, y a modo de colofón, debieran reconocer a una mamá molona (y electrizada) porque es rotundamente feliz; a su manera, sin aderezos, con todas la renuncias y los miedos, con todos los conflictos internos y externos. Una mamá molona tiene tatuada en la cara la expresión de ‘me importa un mojón que te guste o no vida, porque es mía y la vivo como quiero’. Con la capa de heroína puesta del revés (llámale mandil, que también aciertas), se hace a su día a día con cansancio supermil, pero sin olvidarse de la ilusión genial que es compartir existencia con los seres que ha alumbrado. Una mamá molona (y electrizada) adora el caos en el que se ha convertido su mundo, porque, sin duda, su mundo son ellos: sus niños. ¡Qué viva la madre que los parió! Faltaría plus :)