No es lo mismo educar que criar, como tampoco es lo mismo disfrutar que sobrevivir. Cuando ya nada depende de ti como ser plurineuronal, capacitado para tomar decisiones de manera individual, sabes que tu abnegación de madre ha cantado bingo. Antes, no me acuerdo muy bien cuándo, pero, en todo caso antes de ahora mismito, cuando me apetecía desayunar a reloj suelto tic tac tic tac, emulando un huevito de dinosaurio, con las piernas recogida sobre mí misma, mientras de fondo sonaba Regatón, pues lo hacía sin más. Sin contemplaciones, sin planes previos, sin renuncias y, ofcors, sin prisas. Ahora, queridos todos, fantástico es el día en que puedo desayunar sentada de medio culo: el otro medio siempre está preparado para salir corriendo a la voz de mamiiiiiiiiiiiii.

- Pues yo no quería esto, eh… – Mi mayor me insta a que le aparte el Colacao, que no ve la tele.

- Desayunar no es una opción discutible, amor… – Y vuelvo a poner el vaso de leche en su sitio – Quiero ver el vaso vacío.

- Ya, pero yo sigo sin querer esto… – Y otra vez, barrera humana.

- Ffffffh… – Suspiro-bufo, sabiendo que perder los nervios no se me da bien. No me sienta bien. No acaba bien – Vamos a empezar de nuevo, muchachito. Te dejo aquí el desayuno, sería maravilloso que te lo tomases antes de que perdamos el bus.

Me retiro a la cocina, un lugar en que suelo encontrar refugio cuando necesito respirar hasta todos los números del cosmos, antes de explotar. Lo sé, una negativa a ingerir alimento de buena mañana no es el motivo de mi conato de ‘estoy hasta el c*ño moreno’, es la a-c-u-m-u-l-a-c-i-ó-n de negativas a no ingerir alimento de buena mañana lo que me tiene minada perdía. Mientras tanto, en otra esquina del salón, el bebé quiere comer un gusanito de maíz, olvidado bajo un sofá. Lleva un rato intentado salirse con la suya, metiendo hasta un palo de golf para ver si le ayuda en su golosería.

- Mamita, el sofá grande mordió el brazo de Lorenz…

- ¿¡Pepepepepéééé…!? – Oigo como el paciente padre se persona en el lugar de los hechos, alarmado, con seguridad, por la desconocida capacidad de nuestro sillón para deglutir brazos de niños.

- EsunsanitomíoesdeLorenzoooo*

Es un gusanito. Es mío. Es de Lorenzo*

Y con eso, debería quedar todo dicho, y al carácter de mi bebé me remito. Es un gusanito y es suyo, que si no queda claro, se llama Lorenzo. Aunque mis miniyó han salido del mismo horno (quizá no la misma puerta: parto y cesárea, oh yeah), cada uno es un universo colosal en sí mismo. Se parecen lo mismo que un calabacín a un jamón de Huelva. Actúa, sienten, reaccionan… y comen, cada uno a su bola Manola. El mayor es un gourmet del asunto, el pequeño es bipolar gastronómico: puede que sí, puede que no y, puede, que incluso todo lo contrario. Esta mañana, sin embargo, jalarse un gusanito seco como reliquia de San Apupurcio mártir, es plato de gusto. Eso, y dejarse el brazo atascado entre el sillón y el parquet, claro.

- ¡Lorenzo, hijo, pero cómo…!

Y tampoco termino la frase, porque para qué. Me limito a colaborar con el plan de rescate, basculando el sofá para que la excarcelación sea exitosa. Ya con uno de los laterales del mueble volando (el del lado del padre, obviamente, que mi forma física empieza a ser de Wonder Woman, pero en todo caso, aun en prácticas), el bebé, ya con el brazo liberado, ve vía libre para meterse de cuerpo entero bajo el sofá: esungusanitomíoesdeLorenzoooo*, hagamos revival. Ya con el gusanito en el buche, nos mira y sonríe. Nos mira y sonríe, y lo hace como sólo lo pueden hacer:

a)       Damian, el prota de El Resplandor

b)      El Jocker de Batman.

c)       O Lorenzo, el galán más hermoso que ha parido madre.

- Pero papáááá, ¿le estás poniendo el sofá de sombrero al bebééé…? – El mayor, fascinado por la fuerza ignota de su padre y porque en medio de aquel sindiós nadie (nadie soy yo, gracias) repara en que no se ha tomado aun el Colacao, tiene los ojos abiertos como dos tapas de alcantarilla.

- Que no, hombre, que no se lo pongo de sombrero: es que le estamos haciendo una guarida de león… – Y papá deja caer el sofá a su lugar de origen, aprovechando para acariciar la cabeza del bebé, que trata de hacer digerible el gusanito que por fin tiene en la boca.

- Dirás de leoncito, papá, que Lorenzo es pequeño, jovetas… – El mayor reclama su momento Paulo Coelho – El león grande soy yo, ¿o no me ves el músculo de jefe de la manada de la casa?

Y cuando quiere lucir bíceps envidiables, da un golpe al vaso de Colacao, que se precipita, mesita adelante, empapando la carpeta de documentos de papá, esa que nunca está en la mesita de desayunar, pero que hoy, por necesidades de guión matinal, tuvo que dejar sin vigilancia mientras liberábamos al come gusanitos y su brazo atascado.

- ¡No me j*das…! – El paciente padre, que sigue siendo padre (el mejor), ya cada vez menos paciente (y no es para menos), se tira en plancha sobre la carpeta en cuestión, que rezuma leche y grumitos de Colacao por doquier.

- Tan cansada que estoy, que ni aunque te insinúes… – Hago chascarillo-rompe dramas, porque el pobre está desolado. Madrugar y ser feliz suelen ser dos términos de difícil coyuntura en él, pero si a esto le sumas la inacción del bien del hogar, el resultado es demoledor.

- Mira, mira, mira… – Se hace un silencio, mientras el padre mira al mayor, aun con los ojos como tapas de alcantarilla, pero ya por muy otros motivos – es que, es que, es queeee…

- Papi… – Llamo la atención de mi maridito – Te falta una.

- ¿¡Cómo…!? – Me mira, contrariado, buscando con qué adecentar su carpeta de documentos, que aún tiene aspecto de suelo lunar, toda cubierta de grumitos de chocolate soluble.

- Que te, que te, que te… – Y hago volar la palma de la mano, cortando el aire como un remo.

- ¡Quetequetequetequeroooommmpapááááá…!*

Quete, quete, que te quiero, mmm,  papá*.

Y el bebé, que nos ha salido de caracterquetec*gas.com,  pero cariñoso a morir, se echa a las piernas de su padre, seguro de que, sea lo que sea que se cuece allí, en el salón de casa, aun con las luces encendidas porque es casi de madrugada, alguien necesita cariño y comprensión. No hay mal que cien años dure, y si hay niños en casa, ni tiempo para hacerte las curas: ¡Palabrita!

- ¡Auuuuuuyyyyyyy…!

Y el paciente padre y yo miramos al mayor, que en un alarde de unirse al aquelarre de arrumacos padre-hijos, se dado con la esquina de la mesa en todo el pie; los niños tienen un arcángel, que ríete tú del de los gatos y las siete vidas, pero cuando hay esquina y hay pie, hay h*stión en todo el meñique. Sabemos, por experiencia empírica y porque su cara es tal cual el cuadro de Munch, que allí tiene que haber pupa.

- No me toquéis mi dedito, que se me quiere caer… – Llanto monumental, no es para menos – ¡Ay, que se me quiere caer mi dedito, cómo me duele mi deditoooooo…!

Y el pequeño, que ve que hay mondongo sanitario, se acerca al mayor para hacer un sanasanaculitoderana, y, en lugar de ver cómo lo reciben con los brazos abiertos, el mayor cree que le va a tocar el dedo, y sin querer-queriendo, le da una patadita en la barriga, que hace que el pequeño vomite tooooooooooooodo el biberón con cereales, las dos galletas y, no se olviden, el gusanito reseco que originó este Tsunami de despropósitos.

- ¡No me j*daaaaaaaaaaas…! – El paciente marido, cual prima dona.

- Ya te dije que no, papito, no insistas… – La pomposa madre, cual sexi-remilgada Bombi ¿por qué seráááá?, del extinto ‘1, 2 ,3’. Otra vez chascarrillo no apto, por aquello de restar tensión negativa.

Y los dos, papá y mamá (o lo que queda de nosotros aunque sean las 07:25 in the morning), nos dejamos caer sobre el mismo sofá que minutos antes devoraba el bracito del bebé. En silencio, con más ganas de no ser que de ser (sería mucho más fácil: Walking Dead somos nosotros), vemos como la carpeta de documentos súper importantes de papá está napada ahora con vómito de olor dulzón. Podríamos llorar, gritar, exigiendo y dirimiendo responsabilidades (¿quién es culpable, el de la patadita o que el que vomita?), pero con respirar, mirar el reloj para saber si aún estamos a tiempo para coger el bus o hay que organizar un plan de reparto guardería-cole en nuestros coches, nos tiene absortos.

- Mamita, mira… – Nicolás, feliz, se acerca a nosotros, buscando aplauso – Me dijiste que no me levantase hasta que estuviese el vaso vacío…

Y, cual trofeo de tiro al pichón, nos enseña cuán de vacío está el recipiente. No se lo ha bebido (a la carpeta me remito), no ha desayunado, pero ha cumplido con mi dictamen. Vean aquí, queridos míos, la rapidez a la que funcionan las conexiones neuronales. Cinco años, y queriendo darme sopa con hondas.

- Una cosa os pido a vosotros dos, chicos… – Miro a los niños, me enjugo los ojos, sin percatarme que ya estaba maquillada (Eyeliner corrido = oso panda. Genial, well done!) – Sólo espero que cuando crezcáis no tengáis la desvergüenza loca de decir que no os sentisteis atendidos o queridos o escuchados o lo que sea que os atormente.

- Lo dirán, nena, lo dirán: ¿dónde estriba la duda…?

Oímos en el reloj de pared del vecino (paredes de Pladur, oda a la intimidad), como dan las 08:00. Ya está, hemos perdido el bus; pero allí estamos, los cuatro sentado en el sofá, seguros de que cuando todo este sindiós delirante acabe, cuando criar y educar ya no sea una carrera de obstáculos a contrarreloj, echaremos la vista atrás y diremos, qué vida tan c*jonuda tuvimos, cariño, qué bien lo hemos pasado, lo mucho que nos hemos querido. Aunque ellos, los hijos, siempre tengan reservado un huequito para las frustraciones y los reproches adolescentes. No importa, nos haremos con ellos, aunque sea parapetándonos con la carpeta de los documentos importantísimos de papá, esa que por lo visto, lo soporta todo… :)