SUGERENCIA MUSICAL, Las fiestas de mi pueblo, de Puturrú de Fuá

https://www.youtube.com/watch?v=bNO1robH6HY

Parece que fue ayer cuando me estrené en el arte de amar a tiempo completo, y mis niños ya están en edad de disfrutar de festivales, cumpleaños y fiestas de guardar. Así, a bote pronto, celebrar es algo que induce a la alegría, al júbilo, al despiporre y a la algarabía. Pero si previo al evento tengo que sacar a relucir mis dotes como diseñadora de disfraces, la cosa cambia. Es el mismo lobito, pero con distinto pelaje. Fiesta sí, pero mucho más antes que después, porque hay que ver lo sencillo que parece todo el día de autos, y la lata que dieron los ‘donde c*ño voy a encontrar en enero un pantalón blanco y una camiseta térmica de color berenjena’. Queridas profesoras, amantísimas cuidadoras de mis vástagos, este post va para vosotras, que veis siempre súúúúper fáciles y creativas las tareas de vestuario festivaleras Made in Mamita. Me asombra la capacidad del ser humano para ser cruel cuando ve debilidad ajena, ñacañañaca.

- ¿Berenjena…?

Ea. El primer escollo. Si la circular del festival del cole, firmada por la señorita Puturrú de Fuá (usaré un nick name, por aquello de darle anonimato al asunto), dice camiseta térmica, lo normal, y tras mis indagaciones en Google, es ir a Pentathlon, ese lugar donde las mamás sedentarias y vagas como yo somos blanco fácil para las miradas de los hacen cualquier deporte que aún no esté ni descubierto. Vale, me dirijo, pues, a un dependiente que, solícito, me dice que camiseta térmica sí, pero…

- ¿Berenjena…?

Lo dicho: nada es tan fácil como parece. Dado que el muchacho sabe mucho de travesía, de durabilidad en la suela de goma o caucho según la naturaleza del suelo a recorrer, de la capacidad humectante e impermeable del Goretec, no alcanza a comprender la finalidad de tocarle las bowlings con colores de los que, sospecho, sólo domina los primarios. Miro su cara y sé, a ciencia cierta, que piensa que me equivoqué de tienda, que lo mío es Zara o Primark. No se equivoca en absoluto, no obstante…

- Sí, berenjena – Insisto, luchando con el fondo abisal de mi bolso para que me escupa la circular del cole, que a estas alturas de semana, ya tiene pegada una galleta de dinosaurio de chocolate a medio morder por alguno de mis niños.

- ¿¡Berenjenaaa…!? – El dependiente se toca el mentón, como si fuese la lámpara de Aladino.

- Esto es: berenjena… – Complacida de encontrar con la coartada a mi supuesta excentricidad, le señalo la nota en la que la profe me informa de las necesidades para el evento infantil.

- ¡Aaaah, yaaaa, berenjenaaaa…! – El muchacho, que sigue sin saber muy bien qué c*ño de color es ese, pero ya no teme por su vida porque entiende que no estoy zumbada, sino que son gajes de la maternidad en activo, chasca la lengua.

- Ese ‘aaaah’ significa que tenéis o significa ‘aaaaah, ya estamos con cachondeítos…’ – Inquiero con tonillo sarcástico: si no la tienen, ya puedo meterme un cohete en el orto y poner pies en polvorosa hasta que dé con la camiseta de marras. Tic, tac, tic, tac.

- Aaaaaaveeeersiiiiiteneeemooooos…

El jovenzuelo, arqueando las cejas, me deja allí sola, en medio de dos lineales enormes, a rebosar de efectos deportivos. No hay ningún cliente en mi sección, sólo yo y cientos de zapatos horrorosos de serraje marrón con puntera negra, que se antojan el calzado de la YetiCenicienta. Me quiero sentar, pero no hay dónde. Me duelen mis pies y mi no-juanete (ignorarlo es mi plan para seguir sintiéndome femenina, y, aún así, una pupa que te c*gas…), pero no importa. Si Pentathlon tiene la camiseta para el festival de mi niño, así me seccione el pie el corte salón de mi zapato: gangrena, no-te-tengo-miedito.

Miro el reloj, puede que el dependiente lleve buscando en el almacén unos cinco minutos, pero cuando sientes que se te abre el empeine en dos mitades, cunden de lo lindo. Pongo la mente en positivo; se me viene a la mente Guardiola y su técnica de motivación con la cancioncita de Cold Play antes de los partidos importantes. Por supuesto, no me sé la letra canción de Cold Play, pero entre que trato de recordar la melodía y no, me entretengo un rato.

- ¡La maaaadre que me parió…!

¡Zaaaascaaaa! La corriente eléctrica de 220V me la paso yo por las costuras de mis Seamless pants. Si alguna vez habéis tenido un juanete, sabréis de lo que os hablo. Un dolor agudérrimo, fruto de mi espera en vertical, cual estaca de Bares, me sacude de dedo gordito del pie hasta la cadera. Pido con las manos derechas que llegue el muchacho con la camiseta térmica, de lo contrario, voy a tener que comprarme un par de patines en línea para acabar el día.

- ¡Aquí está…!

Desconozco qué cara habrán puesto los pobrecitos de Fátima cuando la purísima se les apareció al salir de la cueva; ahora bien, la mía cuando vi aparecer al dependiente, bien valía una misa. Pobre de mí. Pobre de mi pie. Pobre de mi niño si mamá no encontraba la camiseta para el festival de los c*joncillos.

- Vaaayaaa…

Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro al muchacho, que, a estas alturas, ya sé que se llama Izan, que lo pone su chapita identificativa. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro a Izan. Izan me mira a mí, y como un monito de esos de los documentales de la 2, frunce el ceño y ladea la cabeza. No me imita, sólo se mimetiza, supongo que en improvisada defensa propia.

- Pero dije berenjena… – El juanete, cosa porculera, me tiene tensionadita de dolor.

- Pues berenjena… – El chico, temeroso de la ira de una madre con la cuenta atrás festivalera pisándole los talones, pasa la mano por la camiseta, como queriendo dotarla de habilidades camaleónicas.

- E-s-o  n-o  e-s  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Sentencio.

- Es tal, no lo ve… – Sonríe y veo como le tiembla el labio superior – Berenjena suaveeee, ¿!que no…!?

- E-s-o  e-s  f-u-c-s-i-a, I-z-á-n, n-o  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Trato de calmarme, porque qué culpa tiene aquel pobre de que la profe de mi niño vea factible que haya:

a) Prendas deportivas de ESE color

b) Dependientes que sepan identificar cuál es ESE color

- Bueno, fucsia, fucsia, berenjenaaaa… – Pone los ojos en blanco, hace una mueca de a mí qué c*rallo me cuenta y vuelve a sonreír como puede – ¿Cómo lo ve?

- Yo lo veo fucsiaaa, abogadooo… – A estas alturas de dolor, ya soy Robert de Niro en ‘El cabo del miedo’. Lo miro a los ojos, intentando que se esfuerce tanto como yo, que estoy muriendo de un ataque de juanete, en pro del disfraz de no sé muy bien qué para el espectáculo escolar de mi niño – ¿Posibilidad de algo más intensamente berenjenaaaaa?

- Ni la más mínima, señora… – Izan me zampa en el regazo la camiseta, como si quemase – Aquí no, por lo menos, puede mirar en algún comercio especializado en indumentaria para ballet o similar.

- ¡Ooooh, genial! – Exclamo, entusiasmada, largándole de vuelta la camiseta, a modo de boomerang – ¿Y dónde está esa tienda…?

- En Coruña hay una muy buena, creo…

No le dejo terminar, le arranco de los brazos la camiseta térmica, tan fucsia como al principio, tan poco berenjena como al principio, y la meto en el cesto.

- ¿Se la lleva, entonces…? – Me pregunta, Izan, incrédulo, aunque feliz con la idea de perderme de vista.

- Así fuese azul pitufo, chato: no voy hasta Coruña ni jarta de Pipermint.

Claro, un mozalbete que se llama Izan y tiene un pendiente en un oreja que semeja una ojal de una cortinón, no sabe que es el Pipermint. Me mira, pensando si no me habré dejado olvidada la medicación, pero se despide con cortesía, ¡angelito…! Mientras me alejo, me doy cuenta de que no puedo andar, entaconada perdida, presa de aquel ataque de dolor en mi empeine. Dos pasos y me paro. ¡Con todo lo que me queda por comprar para el certamen artístico (ironía, porplís) de mi amor de amores! Otro paso, me muero. Ojú.

- ¡Izááán…! – Grito, con cierta desesperación.

- ¡Maaandeee…! – Aterrorizado, se gira como si fuese un teniente coronel.

- Esta botas de m*erda parece cómodas… – señalo el estante de calzado de Treking – ¿Un 37, tendrías? – Soy desesperación hecha verbo.

- ¡Claro! Eso está hecho… – Me guiña un ojo y desaparece.

¡A lo que llega una, eeeh…!, me digo mientras me calzo aquellas botas feas de solemnidad, que mataban por completo mi total outfit de mamá monísima y conjuntadísima 24 horas. Pero fue tanto el alivio, la paz, el no dolor que me invadió, que hasta el fucsia de la camiseta se me antojó ya un berenjena-poco-madurita. Abracé la prenda contra mí y pensé: esto, una pasada con tinte Iberia y ¡santas Pascuas…!

DÍA D. HORA H. SE LEVANTA EL TELÓN. Tacháááán. Van apareciendo los pequeñitos para su actuación estelar.

- Noe, nuestro niño es el único que lleva camiseta de camuflaje, ¿no…? – El padre dixit.

- Ahaaa… – No dejo de grabar con el Iphone.

- ¿Por algo en especial…?

- Mmmssiiii… – Sigo grabando.

- ¿Y me lo cuentas o es un secreto…? – Se ríe, porque me conoce y se espera lo más grande.

- Nunca tiñas una camiseta en lavadora ni vayas de compras si te duele el juanete… – Grabo como si no hubiese un mañana. Nuestro niño, verbigracia de su dulzura, su sonrisa y la customización de la camiseta, destaca sobre los demás, ya lo creo.

- ¿!Y qué dijo la profe…!? – Mi maridito no para de reír, porque es muy sano y sienta muy bien.

- ¿¡Puturrú de Fuá…!? – Yo a mi rollo, dándole al Rec.

- L-a  p-r-o-fe – Al amantísimo padre no le gusta que ponga motes a las profes del niño, por si se nos escapa delante de él. Vaya.

- Puturrú de Fuá no me dura a mí un asalto si le doy un puntapié con la punta de este pie… – Meneo la cabeza, porque hay qué ver que fatiguita para tener todo-todito-todo a punto para el puñetero festival.

Señalo las botas feas como truños que me había comprado en el Pentathlon y que aún llevaba puestas porque no podía calzarme otra cosa (bueno, sí, herraduras, pero llovía y podía resbalar). El paciente padre, con el bebé en brazos, aplaudía al mayor con igual vehemencia que si estuviésemos viendo a Pavarotti en el Scala.

- ¡Mira, Noe, los hay más desastre que nosotros!

Nos fijamos, y uno de los compañeritos de nuestro mayor lleva puesta una camiseta de color verde. ¡Verde! Pero verde como los campos verdes. Así de verde.

- ¡Olééé, un hurra por la mamá de la lechuguita…! – Exclamo, feliz, a todo pulmón – ¡Me hago fan: Plataforma de apoyo en Facebook pero ya! ¡Crowfounding…!

Y es que, cuando la realidad arrolla, a las mamás no nos queda más que la vendeta creativa. Pidieron camiseta color berenjena (cosa fácil, a lo relatado me remito), pero olvidaron que la hortaliza también tiene hojas. Ahí estamos. Puturrú de Fuá: ¡átame esa mosca por el rabo…! Jajejijojú. Tururú. :)