SUGERENCIA MUSICAL, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos

https://www.youtube.com/watch?v=NIGPnzhxcc4

Quejarse es un deporte maravilloso que no requiere abono de mensualidad, ni preparativos que siempre acaban en ‘hoy no voy, que ya se me hizo tarde’. Cuando estás taaaaan cansada que hasta para pedir papas tienes que buscar fuerzas allá lejos, en el doble fondo de tu yo qué sé, es hora de levantar un dedo y exclamar aquello de…

- ¡Necesito dormir dos años bisiestos…!

Y ya. C’est fini! Se acabaron las cuitas, porque a renglón seguido, alguien o algo, humano o mineral, requiere de tus servicios; mamá, bienvenidos al perfecto establecimiento 24 horas. Igual da de día, que de noche que medio pensionista. La condición de asistenta del amor, con cuidados y mimos a discreción, no entiende de jornada laboral. Lo mismo da que estés con el esqueleto al límite de sus posibilidades (levantar niños todo el día: me río yo de un aizkolari…). Lo mismo da que ya no sepas cómo contestar al enésimo por qué sin que se escape un ‘porque sí, c*ñoooooyá’. Lo mismo da que el menú del día no sea del gusto del heredero gourmet, que ve en los grumitos de su papilla el Iceberg del Titanic. Lo mismo da, que da lo mismo, porque ellos, los niños de tus adentros, marcan pautas y tempos, ¡y lo sabes…!.

El verano pasado, sin ir más lejos, una tarde cualquiera de las pocas en las que en Galicia hace un sol de c*rallo. El paciente padre y yo disfrutando de una jornada de jardín y piscina hinchable con los niños, lejos del lío que supone ir a dar un paseo con un bebé que no quiere ir sentado en el carrito y un mayor que no quiere andar: el mundo al revés, no se requiere cita previa. Entren sin llamar, gracias…

- Me voy a dar un chapuzón…

Mi maridito, que ya el ocio en singular lo tiene olvidado (lleva al mayor pegado como si fuese un tercer brazo), se dispone a zambullirse en la piscina de la urbanización, que dentro de ser charca y media, es más grande que la nuestra. Yo, que estoy con el pequeño a la sombra de un árbol, intentado que no me muerda más de lo necesario (la jartá de mordiscos que llevo como medalla desde que le están saliendo los colmillos, hay qué ver…), miro, espeluznada, al mayor, que disfruta de las aguas tranquilas de nuestro doméstico estanque de PVC. Sé bien que está libre de peligro de cocodrilos, de olas surferas y de señoras présbitas que confunden a mi niño con su nieto (que es rubio y de ojos azules, pero como ambos llevan idéntico bañador, se come a besos a mi churumbel, a la voz de ‘¿quiere mucho a Tomasiñooooooo? L’aaabueeelaaa…’). Aún así, sin peligro alguno a la vista, tal y como digo, me espeluzné.

- ¿¡En serio…!? – Trago saliva y miro, desafiante, al bebé, que estaba decidido a arrancarme un pedacito de dermis con los incisivos.

- Noe, ¿qué va a pasar…?

¡Zaaaaaascaaaaaa! Fue decir ‘qué va a pasar’, oír como la consonante alveolar acaba de vibrar en todo su -rrrrrrrr, cuando un alarido colosal nos puso los pelos de punta. El mayor, que nadaba en rodeado de flotadores, palas, cubos, pelotas, espadas de goma espuma e incluso algún bicho que decidió acabar con su insectosa existencia, emerge de las aguas con la nariz hecha sangre. Me levanto con el bebé en brazos (por supuesto, para aquel entonces ya me había mordido hasta la clavícula), y me tropiezo con el paciente padre, que corría como si no hubiese un mañana hacia él. Obvia decir, y aún así lo digo, que la distancia entre el árbol y la piscinita del mayor no eran más de dos metros, pero cuando visto el reguero de sangre, narizota abajo, se nos hacía inabarcable, cual San Silvestre Vallecana.

- ¡Ay, ay, ay, a mí me duele algooooo…!

Pobre. El mayor, con la impresión del h*stiazo en todo el jeto, no sabía muy bien dónde focalizar el dolor. Le preguntábamos qué pasó, cielo, qué pasó, amor, contra qué te diste. El niño, asustado por la sangre que le salía de la nariz, sólo se tocaba la cara y hacía aspavientos, señalando todo y nada.

- ¡Voy a por un algodón para hacer un tapón…! – Digo, poniendo al bebé a buen recaudo en el parque, en el que, por supuesto, no quería estar, porque nunca quiere, que no.

Cuando vuelvo, el paciente padre ya había sofocado el incendio. Nicolás no lloraba, pero hacía dibujos con su sangre en las paredes plasticosas de la piscina. Así, más o menos, debió ser el tinglado de Altamira, digo yo, claro que, en aquel entonces, los papás habrían usado flequillo de mamut para improvisar una bolita-taponadora ¡qué menos! Al tema, el caso es que cuando me acerco con el algodoncito para ponérselo en la nariz, mi mayor se asusta y, haciendo de sus manos las aspas de un molino, me impide acercarme a su apéndice nasal, al menos, de manera pacífica.

- Nicolás, hombre, déjame ponerte este taponcito, si no la sangre no va a parar… – El niño sigue dando manotazos a todo lo que se menea, incluso a su padre, que se lleva la mano al hocico, con gesto de dolor. No, pienso, hoy acabamos todos en urgencias. Se admiten apuestas…

- Que no, que no me pongas un ‘taloncito’ en mis narices, que me duele y me sacas mi sangreeeee… – Drama. Lloros infinitos. Intento hacerle entender que es sí o sí, porque no puede estar sangrando hasta el próximo Halloween – Que noooo, que noooo, que noooo, déjameeeee…

Para entonces, ya varios vecinos se habían asomado a sus correspondientes ventanas, alentados por el guirigay piscinero y la llantina del bebé, que no entendía por qué su hermano estaba disfrazado de mascarita de lucha libre mexicana (a la careta roja me remito) y él tenía que estar en el parque, viendo como corría un p*to hurón en BabyTv.

Vale, me rindo. Vale, nos rendimos. El paciente padre (pero paciente como el abuelo de Job, que debía ser la de Dios de paciente) y yo, envolvemos al mayor en una toalla con caperuza, lo ponemos debajo del árbol, taponando la naricita con la mano. Le pedimos que eche la cabeza hacia atrás para parar la hemorragia. Él dice que la boca le sabe a coche. Nos reímos, porque es cierto y certero: la sangre sabe a óxido. A metal. A cochecito miniatura de Guisval. Tal cual.

- ¿Pasó, amor…? – Preguntamos, con serenidad, mientras el bebé sigue y sigue y sigue protestando, porque él no tiene la nariz con pupa, pero tampoco es justo que tenga que estar en el corralito, si no hizo nada salvo morder, que no cuenta: efectos colaterales de la dentición.

Cuando vemos que el mayor ya está calmado y la sangre parece estar cesando, mi maridito me mira y exclama:

- Pues todo esto empezó porque yo dije que iba a darme un chapuzón… – sonríe, desbordado.

- Y ‘qué va a pasar’, te lo recuerdo… – me encojo de hombros y sonrío también, porque desde que tenemos niños, somos un imán para la locura doméstica.

- ¡Ya te digo…!

Oímos una risita sospechosa, que identificamos como trastada. Cogemos al mayor en brazos, aún improvisando un tapón con la mano de papá, y nos vamos a por el bebé. Cuando nos acercamos al bebé, ya no había rastro del hurón en BabyTv, pero sí un reguero de hermosa, olorosa y sanísima deposición por todo el parque. Lorenzo, que siempre ha sido muy hábil con las manos, muy diestro a la hora de manejarse con sus deditos regordetes, se había quitado el pañal, en un ataque de venganza por la reclusión, y, presa de un apretón, se había dejado ir. ¡Y tan ricamente, oyes…!

- Mamita, ¿eso-es-caca-del-culo-de-Lorenzooooo…!? – Con voz nasal (su padre aún apretaba para parar hemorragia), el mayor se coreaba de la creatividad fecal de su hermano.

Yo, que para entonces ya dudaba entre lamer un enchufe o matarme a hidratos de carbono, arqueo las cejas y miro a mi maridito, que suspira y se chasca la lengua.

- Pues una vez leí en algún sitio, que un artista punk hacía lienzos con m*erda, pero con mucho menos estilo, eh…?

- Noe, ¿sabes qué…? – El paciente padre, besa la cocorota del mayor.

- Yo, a estas alturas, sé más bien poco… – Arguyo, cogiendo al bebé para que no saboree su creación…

- Que a los que dan vacaciones de verano en los coles y las guardes, había que darles en la espalda con un cordón de esparto…

- ¡Animal…! – Digo, sin parar de reír – Poco castigo me parece…

Bienvenidos al hotel Mamá&Papá, abierto 24 horas. Sábanas limpias, desayuno continental y mimitos. Late check out y detallito de cortesía. A pedir de boca, oigan… :)