Sugerencia musical,  Las mañanitas, por Alejandro Fernández,

https://www.youtube.com/watch?v=f-QlwwGBf94

 

Los cumpleaños.

 

Como veis, le he regalado un extra de protagonismo al término, que goza de luminosidad y empaque, así, solito, en línea propia, sin nada que lo enturbie o arrebate supremacía emocional. Y es que, queridas mamá tan imperfectas como yo (que soy la más Queen, no se me olviden), no hay maternidad que no curse con lío cumpleañero, sobre todo, cuando lo que se tercia es organizar el primero. ¡Ay, esa primera velitaaaaaaa…! ¡Esa primera tartaaaa…!

 

– ¿En serio…? – El paciente padre mira la lista de invitados y se mesa la incipiente barba no-hipster (falta de tiempo, más bien).

– Papi, es su fiesta de presentación: ¡Lorenzo, un añazo ya, no me digas…! – Respondo, sacándole la lista de las manos, no vaya a ser que se eche atrás.

– Hemos asistido a bautizos con menos peña, la verdad… – Replica, y está en lo cierto.

– Ya, pero nosotros no hemos optado por ese sacro santo invento, te recuerdo…

– ¿Entonces, el primer cumple de los niños es un bautizo laico o cómo…? – Noto cierto tonillo, pero lo obvio, porque tengo prisa por cerrar flecos para el evento.

– Es un all together, porque como lo mismo tampoco nos animamos al siguiente sacramento…

 

Laico, protestante, católico o medio pensionista. El primer cumple de los niños, es siempre la fiesta de las fiestas. El sindiós de los sindioses, en el que no tardas en preguntarte en qué puñetas estabas pensando cuando decidiste (tú solita, no repartas culpas) celebrarlo en casa. Ni más cómodo, ni más barato, ni más entrañable, ni más familiar. Sólo prisas, tensión, nervios, incompatibilidad espacial (8 sillas / 20 culos, no da…) y ansiedad existencial, así, en general. Quieres que todo luzca como los cumples de las pelis americanas, con sus globos maravillosos, engalanándolo todo desde el jardín hasta la puerta, con piñata XXL anunciando lluvia de chuches y baratijas, con guirnaldas vaporosas, dejando claro que allí alguien está de aniversario, y que se le quiere-ama-adora más que todo y mitad. Quieres ser una madre virtuosa de esas que tienen tiempo y maña para imitar ideas en repostería, tan distinguidísimas como resultonas, de las miiiiiiles que publican en Pinterest, la red social del ocio y la molicie femenina. Pero, ¡zasca!, una vez más, la realidad te da en todo el morro.

 

Voilá…! – Orgullosa, muestro a mi maridito una torta caserísima, a la que he puesto una cobertura de fondant muy colorida.

– ¡Ótiaaaa…! – Pasmado que se quedó, ni h*stia fue capaz de vocalizar – Un bizcocho con chubasquero…

 

Se ríe. No me gusta que se ría, sobre todo sabiendo que yo también me quiero reír, pero tengo tantos pegotes de harina, huevo, azúcar y cacao por la cara, que no puedo, porque me tira como si tuviese una careta veneciana. Miro la tarta y la giro, buscando la forma de que él dé con el motivo que he intentado reproducir tan f-i-e-l-m-e-n-t-e con la pasta repostera de moda. Vaya por delante que nunca he sido buena alumna en manualidades, y que aún recuerdo la cara de mi profe Ana, de tercero de la extinta EGB, cuando vio el florero que había hecho con motivo del día de la madre. Aaaaah, dijo, ya veo que has hecho una flauta, qué bonita. No era una flauta. No era bonita. Modelar no era lo mío. Dicho lo cual…

 

– ¡A ver, papiiiii, esfuérzateeee…! – Le doy otra vuelta a la tarta, buscando un ángulo que, poniendo intención, dé pistas – Es para Lorenzo, por lo taaaaanto tiene que ser de algún dibujito de la teeeeele que le gusteeee muchoooooo

– Dime que no es de BabyTv porque me dan picos de glucosa en sangre… – Sudor frío. Hoyesmidíaespeciaaalhoyesmidíaespeciaaaalesparatiesparamíhoysoyfeliiiiiz. Si algún día nos acomete el Armagedón, ese será el jingle, como si lo viera.

– Frío, fríoooo… – Giro otra vez el pastel, mirando el reloj: tengo exactamente diez minutos para terminar, porque el pequeño se levanta de la siesta como con temporizador: pasado el ecuador de la hora y media, chispum. Eso, y que los invitados toman la casa en menos de tres horas – Ves esto laaargo y rosita, pegado a esta bola más grandeeeee, así toda redonditaaaaa, ¿quién eeeees?.

– Sólo espero no sea lo que pienso, porque lo mismo cuelgan el vídeo del cumple en Youtube, y nos convertimos en viral…

– ¿¡Eeeeh…!? – Miro la capa de fondant, no entiendo – ¡Pepa Pig, papi! ¡P-e-p-a P-i-g! ¿¡Pepapí…! ¿No lo ves?

– ¡Aaaaah…! ¡Vayaaaaquesí…! – Se vuelve a reír.

– Oye, desagradable, no sabes el trabajo que dio hacer el hocico… – Con la espátula, rectifico una grieta que comenzaba a asomar.

– Pues si llegas a querer hacer una p*lla, lo bordas…

 

¡Pero será bocanegra el tipo! Pongo ojos críticos, y tal cual. Ni Pepapí, ni Pepapó. Aquello era un pene con ojos, y sanseacabó. Tenía ganas de llorar, pero no había tiempo para lamentaciones. El tic tac se nos echaba encima, y había que tirar pa`lante. Me digo a mí misma que no hay nada que dos Lacasitos no puedan arreglar, así que coloco estratégicamente un par de grajeas de colores, marcando los ojos de cerdita en cuestión. Miro al maridito, que ahora ya no se ríe, se micciona, mismamente…

 

– ¿¡Noooo…!? – Pregunto.

– Supernó… – No deja de reírse.

– Son los ojitos… – Matizo.

 

– Pues parecen botones de On-Off… – Se acerca y hace ademán de manipularlos, como control remoto. Engola la voz, impostando su ya de por sí grave tonalidad  –  ‘La p*lla mecánica’, la versión porno de Standley Kubrick…

Si hay algo que me saque de mis casillas (además de que Antena 3 ponga anuncios antes del beso final de Oficial y Caballero), es que alguien ose a ser más ocurrente que yo, incluso cuando necesito que lo sea. Como tirarle el rodillo de amasar fondant hubiese quedado muy violencia culinaria nivel 1, le tiro un puñado de harina, que, oh, oh, mala suerte, acaba en toda la cara de mi hijo mayor, que alertado por la juerga y porque se acabó su maratón de tele de BreadWiners, se acerca a ver de qué tanta verbena. Pobre mío, con la carita rebozada en polvo blanco, a lo Sara Montiel en el Último cuplé (Dios la tenga en la pompa que merece…), se pone a llorar. Y no es para menos. Me siento fatal, porque la tarta es un fiasco y ya no tengo margen de maniobra. Me siento fatal, porque mi mayor llora lágrimas de cocodrilo, provocando chorretes en la harina de los mofletes. Suerte de gafas, que protegen su mirada divina.

 

– Lo siento, amor, lo siento… – Beso la cabecita de Nicolás, buscando consuelo, aunque sé, y no me importa, que son mimitos.

– ¿Queeeeesoooomamitaaaa…? – Señala la tarta.

– El pastel de cumple de Lorenzo: ¿te gusta? – Inquiero, animosa.

– No sé… – Se acerca, y se queda mirando en silencio.

– ¿Quién es la que está en medio de la tartaaaaa…? – Señalo a la cerdita en cuestión. Miro a Nicolás, que hace pucheros y no le saca ojo – ¿Quién eeeeees…?

– ¿Es Pinocho gordo…? – Pausa – Seguro que es su primo, porque pinocho es más así como de churro laaaargooo…

 

La barbacoa estaba ya a pleno rendimiento, la mesa repleta de cositas chulas súpermega inútiles, pero que daban una aire cosmopolita a la celebración (las burgers y los hot dogs, las medianoches rellenas de nocilla de los 80’…). La guirnalda de banderolas aún rezumando tinta de la impresora. Todo preparado para la llegada de las hordas familiares, ávidas de abracitos, de besos, de quienquierealaabuelaaaaa. Todo preparado, excepto una tarta que no diese la risa.

 

Feliz, feliz en tu día,

Amiguito que Dios te bendiga

Que reine la paz en tu día,

Y que cuuuuuplas muuuuchos mááááás

¡Bieeeeen!

Plas, plas, plas. Aplausos, achuchones, cera de la vela por toda la mesa, vocerío que clama su regalo sea el primero en abrir. El paciente padre se me acerca y me susurra al oído…

 

– El día que te canses de hacer guiones o escribir novelas, la repostería erótica no se te resiste…

 

En ese mismo instante, mi padre, a la sazón el abuelo de Lorenzo, mi guapo y amoroso bebé, se aproxima a la tarta y, poniéndose las gafas, exclama…

 

– Ay qué ver, Noe, lo que se parece ese dibujito de la tarta a la Jacinta de mi pueblo.

 

La Jacinta, mujer con más bigote que Tejero y con una napia Cyrano de Bergerac. Mi papá divino, salvando siempre mis malas mañas con el arte. El único que vio en mi block de dibujo el despunte de una artista en ciernes. Sé por su cara que aquel hocico le recordó a lo obvio, pero si era tan obvio, para qué mencionarlo. Mejor la Jacinta, que da más risa y me quita de encima el peso de la culpa, culpita, yo tengo, negro, negrito, el corazón.

 

– Pues es una cerda, papá… – Arguyo, apesarada.

– ¿La Jacinta…? – Arquea las cejas – Nunca se supo nada de eso…

 

Carcajada feroz. Se acerca mi maridito a felicitarme por lo lucido que está todo y para informarme de que el confeti de los bazares chinos es comestible: Lorenzo lo ha demostrado. Heces tuti fruti, como si lo viera…

 

– ¿Te sirvo un trocito…? – Me dispongo a cortar una porción de tarta para el padre del homenajeado.

– Vale, pero un trocito pequeño, la puntita nada más…

– ¿Pero vamos a ver, hombreeeee?

 

Otra vez jajás. Que viva la alegría, el disparate y los tutoriales DIY en Youtube. Que viva la marimorena. ¡Y la Jacinta, claro está…!