SUGERENCIA MUSICAL, All I have to do is dream, de los Elverly brothers

https://www.youtube.com/watch?v=hp_L5jfH3Ak

Supongo que piensas que has tocado fondo el día que en tu locura ya cada vez más definitiva y menos transitoria, empiezas a pensar que dormir es un mal no necesario. Y digo mal, y digo no necesario, porque como la zorra y las uvas, que siempre las encuentra verdes  por mucho que huelan ya a mosto, cuando los demás soban, tú estás con los ojos como platos, los nervios como tornillos calibre 8 y unas ojeras osopándicas divinas, fingiendo que con tres horas de casi Zzzz, vas que ardes. Cuando no dormir ya no supone un problema, empieza el problema, beibi.

 

– … todas las noches, a las diez en punto, doctor, sin faltar uno: lloros y gritos como si no hubiese un mañana.

 

Nuestro pediatra, ese hombre curtido en enfermedades, mocos, gastroenteritis, varicelas y madres extenuadas. Nuestro pediatra, que yo no sé si ya lo parieron sabio y viejo, pero el tipo no se inmuta ni aun cuando le cuentas la muerte de Manolete. Allí estaba el erudito, con su no pelo y su expresión de señora, no se haga la especial, que llevo cuarenta años escuchando las mismas músicas, así que, ligerito y acompasado, que hoy juega el Celta. Como creo que no me ha entendido bien la magnitud de mi tragedia, se lo repito, pero enfatizando que mi bebé llora siempre a la misma hora, como si tuviese un temporizador.

– ¿Le dolerá algo, doctor…? – Inquiero, mirando el reloj, porque sé que tengo media hora para acabar consulta, coger el coche, llegar a casa, dar la cena al mayor, entretener al pequeño para que deje cenar al mayor, dar de cenar al pequeño, meter en la cama al mayor y bajar para sofocar el griterío que se avecinaba, llegada la hora H(-oy me entrego en Si bemol ).

– ¿Usted que cree…? – Me zampa.

– ¿¡Yo…!? – Me encojo de hombros y me entran unas ganas locas de llorar. Pero llorar como un río. No, un río es poco gráfico, creo que quiero llorar como la Fontana de Trevi. Sí, eso es.

– Lo que creo, señora, es que Lorenzo es un bebé, y los bebés lloran. Es un niño sano, y eso es lo único importante…

J*deeeeeeeeeeeeeer. Y tanto que sí, lo único importante, pero digo yo…

– Más razón que un santo, doctor… – Le digo – pero será igual de sano a las diez de la noche que a las dos de la tarde, y, sin embargo, el sindiós empieza cuando llega la noche…

– ¿Pero llega a calmarse…? – Sentencia, sin levantar la mirada del historial que parece estar perpetuando con un Bic azul punta gruesa (no usa ordenador: tiene los datos toooooooodos en la cabeza).

– Hombre, sí, pero mamasita María del Carmen… – Me persigno con la mano izquierda, porque la derecha la tengo ocupada con el bebé, que está sacando punta a los incisivos con mi nudillo. El dolor no existe, el dolor no existe…

– Pues dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…

¡Zasca! No sé quién dijo aquello de ‘no dar por el pito más de lo que el pito vale’, pero me imagino que un chino confúcico no fue (poco karma veo yo en el asunto), pero tal cual. Cuando pensé que lo único que podía desestabilizar un hogar familiar como el nuestro, acostumbrado a un mayor que no había llorado ni con motivo, era la perrencha de antes de dormir, el bebé nos dio un recital que se te caen las pestañitas, chatos: ¡una a una…! Aquella misma noche, mi querubín, rubito, de piel blanca y sonrosada, de ojos verdes como papá, se pegó una llantina que me acordé de mi prima la coja (que no tengo, pero le puse pata de palo a toda la estirpe familiar).

– Noe, pero ¿qué le pasa…? – El paciente padre, incrédulo, miraba la mini caja torácica; todo aquel vocerío de aquel pecho tan pequeño.

– ¿Quéééé diiiiiiceeeees…? – Con el bebé en brazos, acunándolo cual góndola veneciana, daba y daba y daba, sin conseguir consuelo al llanto hiperdecibélico del susodicho. Tanto daba y daba y daba, que la Biodramina no hubiese estado de más, porque menudo vaivén… – Habla más alto, que no te oigo…

– ¿Pero por qué llora tantoooo…? – Previsor, el padre corre a cerrar la puerta de la habitación del mayor, porque sólo faltaba que también se despertase, uniéndose al aquelarre de berridos e hipíos.

– ¡Y yo qué c*ño sé, papi, qué c*ñooooo sé…! – Desesperada, sigo dale que dale, acunando con tanta vehemencia, que ya no sé si tengo brazos o qué. Once again, no hay dolor, no hay dolor. ¡Hay, c*rallo, hay…!  Doy fe.

Y lo que son las cosas, porque en medio de aquel berenjenal de lloros, gritos y desesperaciones por saber qué pasaba, lo intentas todo, menos lo más obvio y necesario, que es resignarte y esperar a que escampe el temporal. Sabes que el bebé no puede estar así de entregado al dramón mucho rato más, porque aquello requería la energía de la central nuclear de Vandellós. Y aún así, no visualizas el fin del guirigay, con lo que ello redunda en stress nivel ‘yo para ser feliz quiero un camión, llevar el pecho tatuado, camisetas y mascar tabaco’.

Yo, para ser feliz ya sólo quería que no doliesen los brazos.

Cuando crees que todo está a punto de chispum, el regazo del padre, que se acerca a ti para dar consuelo en lo inconsolable, es la luz al final del túnel…

– Noe, vamos a morir todos…

– ¡Oye, no digas eso ni en broma, que aquí hay mucho que criar..! – Empiezo a gimotear, porque estoy taaaaaaaaaaaaaan cansada que lo único que me queda y que puedo hacer mientras sostengo al bebé, con un cargo de conciencia bestial por no ser quien de calmarlo, es llorar. Llorar como hace mi gordito, que lo borda y a alguien habrá salido…

Cuando creíamos que todo iba lo suficientemente mal…

– ¡Maaaamiiiiiitaaaaaa…!

El intercomunicador infantil, ese mejor amigo. Aunque mi mayor ya no era un bebé, seguíamos teniendo su sueño vigilado, por si yo que sé, haciendo de su descansar a pierna suelta un auténtico Gran Hermano. Vale. El pequeño en pleno ataque lacrimógeno, ya sobrepasando la barrera de las once de la noche (‘Dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada, dé gracias, señora, porque los hay verbeneros, de los que alargan la fiesta hasta la madrugada…’ Gracias por el mal fario, doctor), así que, le endilgo el petate llorón a mi maridito, y subo las escaleras de dos en dos, para llegar cuanto antes a la habitación del mayor: si no podía calmar a un uno, dos se me hacía inabarcable. Algo en mi cabeza turuta y fuera de sí deseó ser una deidad hindú de esas que tiene brazos a lo loco, cual sombrilla vista desde abajo.

– Mami, porquélloratantomirmanoooo… – Abrazado a mí, el mayor tampoco entiende nada.

– Porque se quedó dormido viendo el capítulo de Dora en el que tiene que ir a la colina de los arándanos, y no sabe si llegó o no… – Me invento una trola, besándole la cabecita.

– Pero claro que llegó, mami, Dora siempre llega, ¿no ves que tiene un mapa…? – De fondo, no dejamos de oír al bebé, llora que te llora, y al ya-no-paciente padre entonando los Cinco Lobitos.

– No hagas caso, amor, que ahora si no tienes un Tom Tom Go no llegas a ningún sitio…

– Yaaa, pero tú no le haces caso a lo que te dice la chica del tontón… – Es genial la genética, que hace que tus minitús hereden lo bueno y/o lo malo de ti, en este caso, la verborrea es muy made in Mami – ¿Te acuerdas que nos perdimos para ir a la piscina de bolas el día del cumple de Martín, te acuerdas…?

– Me acuerdo yo y el santoral al completo, a catalogué sin dejar uno, hasta que fui capaz de volver a meter los parámetros de búsqueda en el Tom Tom Go…

BuáBuáBuábUaaaaaa. Los lloritos que se colaban desde la planta de abajo se iban apaciguando. Me tiré en la cama con el mayor, con la excusa de confortarlo mientras se quedaba de nuevo dormido y, muuuuucho antes de que él se durmiese, me quedé cochifrita. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme sobresaltada, con la mano conocida de mi maridito, que me anunciaba que el pequeño se había quedado dormido media hora, pero que había arrancado el megáfono de nuevo…

– Quédate, no bajes, pero era sólo por si ves que hay que llamar al 061 para comentarle el fenómeno… – Me dijo, cerrando la puerta, para que los lloros desde la minicuna del salón no se colasen de nuevo en la habitación del mayor.

– No creo – Susurro, mientras me incorporo – Ahora que, pon Telecinco, y si sale el anuncio del exorcista ese que sale con una cinta de moneditas en la frente, coge el número c*gando leches, porque aquí hay que apalabrar con el mas allá…

Endemoniado o no, el bebé nos dio una noche del quince. Afónico estaba de la pataleta. Pero, lejos de ser un hecho aislado (quién nos diera…), aquello se convirtió en costumbre, y lo de dormir en esta casa, tan a rebosar de amor como de locura y desorden juguetero, se convirtió en una ruleta rusa. Y cual pimiento de Padrón, algunas noches dormimos, otras no. Pero eso no importa, porque cuando tú te le comentas a cualquiera que no duermes porque tienes un bebé, lo asumen con una naturalidad apabullante, como si no dormir fuese inherente al cargo de ser padres. O lo que es peor, te sientes como el orto de Odín, cuando confiesas que llegas a meter al bebé en tu cama, para ver si así puedes coger el sueño una hora seguida. No falta la madre experta, la gran foca monje, con su bigotito de foca monje also included, que te recuerde que es una temeridad acostar a los niños en la cama de los padres. Y lo es, no digo que no, pero también lo es ser cruel con la debilidad y sueño ajeno, y ellas lo son. Yo no voy a aplastar a mi niño, más que nada, porque no pego ojo, sólo descanso aprovechando que deja de llorar: me convierto en un camaleón, con un ojo abierto y el otro cerrado. Mami siempre vigilaaaaaa.

– Cómprate una cuna de colecho, que son muy útiles; pero cama: ¡camaaaa, nooooo…! – Y la foca monje y su mostacho se permiten menear la cabeza, sin repara en que no es eyeliner lo que me enmarca los párpados: es p*to insomnio.

Y tú un bozal, chata, que hay que ver lo mucho que se arreglaría lo tuyo con la boca cerrada y la máscara a lo Aníbal Lecter. Noe Martínez, la mujercita que nunca se duerme en los laureles, ¡más quisiera yo…! 😛