SUGERENCIA MUSICAL, Quizás, quizás, quizás, versión de Nina Díaz

 https://www.youtube.com/watch?v=BXscz3EtYA4

Desconozco cuál es el cauce inconsciente que te lleva a comprender a Einstein y su consabida teoría, pero doy fe que es verdad. Sin relatividades, sin paragón, sin comparación o parámetro alguno: todo depende de lo que depende. Porque una cosa es tener clara una conducta familiar, un axioma educacional, y otra, poder ponerlo en práctica siempre, sin tener en cuenta esos otros muchos factores que, a lo largo del día, te recuerdan que donde dije digo, digo Diego…

No es que yo sea una madre calendario, que tampoco hay que exagerar, pero siempre he disfrutado del orden, del concierto, de la monotonía de saber qué voy a hacer incluso cuando no tengo que hacer nada. Peeeeroooo, desde que los niños llegaron al hogar, mis normas se han hecho para que yo sea la primera en adaptarlas (hermoso eufemismo que me evita endilgarme el ‘me las paso por el arco del ya te dije’). Es condición sine qua non lavarse los dientes antes de irse a dormir, ofcors, pero si hay berrinche por fiebre loca, berrinche por estoy muerto de sueño, berrinche por soy el no personificado, mamá se traga su normita, sin verbalizar aquello de…

– Vaaaleee, hoy no nos lavamos los dienteeees…

Vade retro, Satanás. Tararí, que te vi. Porque si lo haces, lo de verbalizar, digo, estás perdida. Es como el asunto este de los documentales de la gacela y el león del Serengueti: no te muevas, si huelen el miedo, ¡te papan…!. Mis niños no son leones, si acaso gatitos con furia, pero cuando se ponen, se ponen. Así que, por mucho que me empeñe en explicarles que con la higiene no se negocia, si dicen no, pues no. Y no. Ya me puedo poner como un erizo, que si es no, pues eso: en boca cerrada no entran moscas. Ni cepillo de dientes, por muy eléctrico y muy de IronMan que sea.

– Quenomelavonomelavoyyastááááá. Nmmmmm

Que no me lavo, no me lavo, y ya está. Nmmmm. Y ahí estoy yo, con el cepillo encendido,  haciendo ruido de cortacésped, a rebosar de pasta de dientes de Bob Esponja, intentando que el mayor abra la boca. Lo intento haciendo alarde y uso de mis dotes de madre dialogante, pero cuando la cosa pinta en bastos, intento hacer cuña con las cerdas en la comisura de los labios, a ver si así… Nada, no hay tu tía. Resistencia numantina.

– ¡Quedijequenoynoynoyno…!

Claramente, supernó, porque a mucho que el cepillo estuviese sacando lustre a los paletos, con la mandíbula cerrada a cal y canto, allí no entraba ni una bala rusa. Suspiro, aclaro el cepillo, en resignado silencio, para desconcierto de mi mayor. Tiene miedo a hablar, porque sabe que si lo hace, puede ser que yo aproveche para atacar con el mortero dental, cargadito de dentífrico. Se parapeta tras la palma de la mano e inquiere:

– ¿¡No me lavoooo…!?

– ¡No! – Paso una tolla seca por su cara.

– ¡Aaah, no! – Abre un hueco por la pared que ha improvisado con sus dedos, tapando la boca.

– ¡No!

– Vale, pues no… – Lo celebra, apretando mandíbula contra mandíbula, disfrutando del look tiburón que ello le confiere en el espejo – ¿¡No me lavo porque tengo no tengo suciedad…!?

– Ya lo creo que tienes: bacterias y caries… – Lo miro, cogiéndole la cara con las manos – Pero si quieres dormir con esa colonia de bichitos en la boca, tú mismo…

– ¿¡Bichitooooos…!? – Mi mayor, que es lo más escrupulosos después del calvo del Mister Proper, echa la lengua y se rasca con el dedo – Que-yo-no-quiero-bichitos-en-la-lenguaaaa-oyeeeee…

– No sabes cuánto los siento, porque hoy duermes así. Mañana, cuando tengas pensado montar tamaño guirigay, te lo piensas…

 

 Higiene bucal 0 – Número de la cabra  previo a acostarse 1

El caso, es que aquella  noche se acostó con la boca con sabor a Dalky de chocolate y nata, y con una nube de pelillos de tejido polar, fruto de de su ahínco en hacer desaparecer las bacterias y las caries frotando con la manga del pijama de Big Hero 6. A oscuras, metidos en la cama, y después de leer por enésima vez la ‘Verdadera historia de Peter Paker, el gran Spiderman’, oí como rozaba la lengua contra el tejido acrílico. Raca, raca, raca, raca. Y vuelta a empezar.

– Nicolás, hijo, para un poco, que te vas a dejar la lengua lisa…

– Ni lisa ni liso, mamita, que tengo bichitos, ¿o es que no sabes que no me lavé los dientes…?

– Lo sé, pero no te los lavaste porque no te dio la gana, te recuerdo… – Le digo, acurrucándolo contra mi regazo.

– Pero tú eres mi madre, y si eres mi madre, tengo que hacer lo que tú me mandes… – Gimoteaba, sin lágrima alguna. Ni la primerita.

– Yo no mando, Nicolás, yo te ayudo a que no se olviden los hábitos diarios: si hay que lavarse los dientes…

– ¡Pues eso, jolinesyá…! – Me corta – Si hay que lavarse los dientes, ¿por qué no me los lavas?

– No te los lavo, porque eso es responsabilidad tuya – Le recuerdo con rintintín, tal y como mil y una vez me lo recordaron a mí a su edad – Así queeeee…

– Así qué, no, mamita, que yo soy pequeño y los pequeños no siempre sabemos todo… – Sigue fingiendo llorito, pero le sale fatal: ¡no cuela!

– ¡Ah, no…! – Me invade la risa, pero tengo que solaparla: la solemnidad de la ocasión lo requiere – Yo pensé que lo sabíais todos.

– Casi, caaaaasi tooooodooo… – Silencio. Raca, raca, raca, raca. Otra vez, la lengua en la manga del pijama – Lo de bichitos de la boca, por ejemplo, ¡eso no lo sabe ni Pepe el de El Madrid…!

Y claro, no hay risa que mil años pueda sofocarse. Que Pepe el del Madrid, muchacho virtuoso con el balón en la posición de defensa, no supiese que las bacterias colonizan la boca de los niños que se niegan a cepillarse los dientes antes de ir a dormir, era, en sí mismo, el gran gag de la vida: si me lo permiten, la dentadura del susodicho recuerda al asno de Shrek (vayan por delante todas mis disculpas a Pepe y a los asnos, por ponerlos en comparativa). Así que, una vez más, yo, la mamá norma sobre norma, me levanto, cojo al Amor-de-mi-vida-Primera edición (‘Segunda edición’ es el bebé, que aún no se cepilla los dientes, pero se saca brillo con una pieza de Lego…) y nos vamos al lavabo, volviendo a desdecirme en mi decisión de que allí se dormía con la colonia de bacterias entre incisivo, canino, molar y premolar.

Se cepilló como si no hubiese un mañana, arriba, abajo, lengua, arriba, abajo, lengua. Desde aquella, soy seguidora de Pepe en Twitter, no es para menos. Puede ser que no sea el supergoleador pichichi de la liga 2015 (que lo será y yo aquí, tan fresca, oye…), pero de lo que no me cabe duda es de que su magnetismo mueve montañas ¡de bichitos…! 🙂