SUGERENCIA MUSICAL, Una noche sin ti, de Burning y Antonio Vega https://www.youtube.com/watch?v=-4ccM8jUIAc

 

Hay días en los que el acostarte y levantarte están tan próximos en el tiempo, que no sabes si trasnochas o madrugas. Con la conocidísima sensación de tener los párpados revestidos de fibra verde de estropajo, dejas que las lágrimas fluyan a su merced, carita abajo, aunque no por pena (que te sobra al mirar el despertador…), sino de puro agotamiento. Así que, con ganas toreras de apuntalarte las pestañas a las cejas con dos chinchetas, te echas fuera de la cama, te calzas las zapatillas y empiezas el día mucho antes de que el sol inicie jornada. No se ha hecho la maternidad para holgazanas, y tanto que no.

– ¡A mí no me gusta este sabor…!

Desayunar, ese gran conflicto familiar que nos atañe una vez al día, pero que puede ocupar un par de horas. Leche con galletas, una afrenta de padre y muy señor mío.

– Nicolás, sí que te gusta: ayer tomaste exactamente lo mismo… – Dejo caer la cabeza sobre la mesa de la trona, más que nada, porque el cuello pide descanso, como el de los gansos tristes.

– ¿Ah, sí…? – Mi mayor hace un mohín con la boca, arquea las cejas y chasca la lengua – Vaya, pues hoy ya no me gusta este sabor, ¿qué te parece…?

– A mí me parece que como no desayunes, arresto los dibujos de la tele: ¿qué te parece ahora a ti…?

Y como si el bebé entendiese el castellano fluido y se viese jugando a las piecitas, con el televisor apagado, se coge un berrinche del quince, dando gritos de Tarzán . Aaaaah. Aaaaaah. Aaaaaah. Hasta el infinito y más allá.

– Lorenzo, hijo, no hace falta gritar tanto, ¿no ves que aún no es de día, y está todo el mundo en la camita…?

¡Meeec! Todo el mundo menos los niños y mamá, que gozan (¿?) de tanta actividad como Zara en primer día de rebajas. Así, mi mayor enrocado en su no, no, no y mi bebé emulando a Alfredo Kraus, oigo como un vecino sube la persiana con cierta virulencia. Lo sé y no lo sé, pero lo intuyo: lo hemos despertado nosotros. No es para menos, porque que el pequeño encuentre gracia en utilizar los cacharritos de metal de cocina Master Chef Junior de su hermano, para hacer de ellos unos timbales, no ayuda. Pero la culpa no es del bebé, pobrecito mío, sino de los cacharritos y la cocinita, que no digo que no sean un juguete didáctico de imitación no sexista (ahora hay que dar tantas vueltas a lo lógico para no resultar carca, que los eufemismos resultan peores que las propias definiciones). Lo que digo es que cuando alguien quiera agasajar a mis niños, sería maravilloso que pensasen en la convivencia familiar: el metal, el gran enemigo de la contaminación acústica vecinal. Y claro…

CotoclónPunchPunchCotoclónPomTicTonClonChiiiiis…

Y transcribo Chiiiis como nota final porque lo que entonces dio contra el suelo fue la tapa de una rustridera de la famosa cocinita, que dio rienda suelta a su sueño de ser un platillo de batería de orquesta. De lo más bien, oigan. Dos niños full of energy haciendo ruido de tropa napoleónica, una madre a puntito de sucumbir a su propio cansancio y un vecino al que le queda menos de un amén, Jesús, para llamar al lacero para que venga a por mis cachorritos malcriados. Pobre de mí. Pobre de mi vecino.

– Buaaaaaaaaaaaaaaaaaahbuaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah…

Pobre de mi bebé. M*erda. En todo el dedito meñique del pie. Cacharrazo vil. Pupa millón.

Corro hacia él, aún a sabiendas de que el mal ya está hecho y que su diminuta lentejita, ese dedo redondo como una bolita de anís, no había tenido su mejor suerte. La mala costumbre de andar descalzo todo el día no ayuda a la hora de evitar según qué accidentes domésticos, pero ¿qué más puedo hacer salvo ponerle unos squíes, con su bota y su todo, y dejarlo andar a sus anchas con su improvisado forfait? (solución de Perogrullo, I know, pero mirad si no estaré enajenada, que hasta no me parece mala idea de suyo…) Así pues, haciendo uso de la atracción que todo dedo del pie ejerce sobre patas de cama/esquinas de muebles/sillas de cocina/costura de calcetines mal rematada, mi niñito de amor, mi bebé llorón se da a su quehacer favorito (protestar) pero esta vez agravado por un intenso calambre que, a juzgar por cómo sacudía el pie, le atravesaba de lado a lado.

Sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañanaaaa…

Le beso la frente, sin dejar de masajearle el desafortunado meñique.

– Pero mamita, no le digas ‘sanará mañana’, que a Lorenzo le duele hoy, hombreeee…

Mi mayor, que pocas cosas hay que lo pongan más nervioso que ver a su hermano quejarse de dolor, quiere tirarse de la trona (¡y zafarse así del desayuno! Lo parí yo y lo conozco como tal).

– Tienes razón, Nicolás, hay canciones que ni escritas por un manco, la verdaaaaad…

BuaaaaahBuaaaaahBuaaaaah. Pero súperBuaaaaah. Los gritos debían estar siendo registrados por los sismógrafos de Becerreá, Lugo.

– ¿Sabes lo que tienes que cantarle al bebé para que deje de dolerle…?

– Ni idea, amor… – El bebé se va calmando, mientras aprovecha para descargar adrenalina mordiéndome hasta dar en hueso, que se ve le está duro y no mola.

– A los bebés cuando les caen juguetes muy fuerte en el pie hay que cantarles la canción de jeychaval…

– Andaaa, ¿Y cuál es esa canción…?

– Es así, mira:

 

Jeeeeychavaaaal,

Tu culo huele maaaal

El mío naturaaaal

Dile a tu madreeee

Que te cambie el pañaaaal

Oh, yeaaaah…

¿¡Pero…!?

¿¡Cuándo…!?

¿¡Cómo…!?

¿¡Quién…!?

¿¡Con permiso de quién…¡?

No daba crédito: mi mayor estregado a la canción protesta, sacando su lado más punk, y yo sin saber nada de su afición underground. Rompí a reír a todo lo que me daba el diafragma, cosa que animó a Lorenzo a imitar mi júbilo y emoción, mezclando risas y lágrimas a partes iguales. Entre hipío y moco de ‘me duele que te c*gas mi dedito’, se dejaba ir por una carcajada nerviosa, mirando a su hermano con ojos de admiración profunda, como si fuese Bruce Springsteen o algo. El mayor, que necesita más bien poco para ponerse el mundo por montera y venirse arriba, repite en bucle a todo pulmón la canción de marras.

– ¿Te la aprendiste ya, mamita, o te repito..? – Se ríe – ¿Te repito, sí? ¿Te repito?

Repitió tanto y mucho, que el vecino, ya insomne declarado, se lió a mamporros con el tabique que nos unía como sacrosantos adosados que somos. Me importó una chirimoya su mosqueo, porque ver cómo mi mayor se había vuelto trovador autónomo delante de mis narices, sin haberme dado cuenta de que había crecido y podía razonar, argumentar, componer y dar conciertos a su antojo, me tenía muertecita de amor.

Quesonlaseisdelamañanac*joneeeesdealegríaesesaaaaa

El kruner punk y el del dedito amoratado se giraron hacia mí. No sabían de donde venía aquel grito mudo que se había colado en nuestro salón, y suponían que yo sí. Estaban en lo cierto. Lo sabía, ya no había lugar a intuiciones, pero era muy tarde para poner remedio porque, efectivamente eran las seis de la mañana, y en casa había una alegría de c*jones. Lo sé, no es hora para ser feliz, pero cuando la dicha llega, pues llega y no le vamos a cerrar la puerta con cuatro cerrojos, digo yo.

– Mira, ¿tú desayunas o qué…!? – Le doy un beso en la nariz de botón y le acaricio el pelo, haciendo equilibrios para que el bebé continuase bailando con mi pierna.

– Es que yo quiero palomitas o tortilla de chorizooooo… – Finge puchero.

– ¡Claroooo…! – Suspiro – Y yo bañarme en leche de burra…

– ¿Lecheee de burraaaaaa…? – Risotada – ¡Eso no existe!

– Ya lo creo que sí ¿o qué te crees que desayunan los burritos? – Arguyo, contundente.

– Jarabe de cerveza, mamita, ¿o es que no sabes tampoco esa canción…?

Y Nicolás se deja el gaznate en cada nota de la infantil canción, lo que levanta nuevamente la locuacidad de mi vecino. Lo último que me pareció oír, tabique de por medio, fue algo así como ‘me c*go hasta en Pilatos, hay niños de San Ildefonso que no vociferan tanto’. Y claro que los hay, pero está por ver que canten los numeritos de tu décimo. Yo, en cambio, tengo en casa el premio extraordinario del sorteo vital: ¡mis niños de amor! Gritones y madrugadores, sí, pero no hay Gordo de la lotería que no vaya acompañado de explosión y algarabía, ya se sabe…