Sugerencia musical, Explota mi corazón, de Rafaela Carrá

https://www.youtube.com/watch?v=gSAzYiiE4Kk

Ni lobo ni coco ni dragón que escupe fuego; lo que realmente aterra a una mamá imperfecta en el primer año de escolarización de su niño son los grupos de WhatsApp colectivos, esos en los que un buen día te ves incluida, y ahí se montó la gorda.

Y se montó literal y figuradamente, porque, es habitual que estos chats estén liderados por una mamá profesional, la que sabe la hora exacta a la que se extinguieron los dinosaurios y si Cenicienta usaba o no usaba braga faja bajo el ball dress. Esa mamá oronda, con voz decidida e infranqueable, a la que te da canguele disentir, por si te busca en Facebook y te pide amistad, con el único ánimo de dar por saco y husmear en tus fotos. Ay, esa mamá organizadora, con espíritu de Coronela, que sabe más por los jajajás y los emoticones con lágrimas de risa que por sus textos-dedo-en-teclado (que las faltas de ortografía laceran los ojos). Aún así, al rey lo que es del rey: la que funda el grupo de WhatsApp, es la que manda. Administradora de grupo, por su título nobiliario la reconoceréis. Por eso, y porque ella no es una mamá desnortada, desbordada, desdormida y despeinada como tú. Ojo, que ella no es una mamá cualquiera: ella es el buque insignia del saber, el libro gordo de Petete, la Belén Esteban del chat, el mapa de Dora Exploradora.

Ella, la mamá que lo sabe  t-o-d-o.

Así pues, y sin que tú hubieses sospechado antes que fuese necesario, empiezas a pensar que nada como estar conectada (noche y día, como las farmacias y los bares de lucecitas) a las madres de los compañeritos de tu niño. Y como el saber no ocupa lugar, y se ve que tampoco tiene horario para gozarlo, los mensajes no cesan, por mucho que sean las 21:30, y tú estés inmersa en la vorágine de las cenas, los no quiero dormir léeme otra el cuento del caracol y la hierba de Poleo, las pataditas a los barrotes de la cuna, los no quiero bibe de cereales, los quiero colito y abracito antes de dormir y una montaña de ropa para doblar que me río yo del Naranco… Mientras me debato entre mi deber casero y mi deber social-WhatsAppero, me convenzo de que tanto ocio y molicie virtual femenina a esta hora sólo puede responder a realidades familiares muy distintas a la nuestra: niños ya mayores, asistenta doméstica en múltiplos de 2, o bien, abuelos esclavos que se hagan cargo de los quehaceres diarios.

Metida en la cama con Nicolás, suspiro, miro el reloj y…

– ¡Tengo que contestar, no vayan a pensar que me importa una m*erda la tertulia…!

Con el bebé ya casi dormidito, mi mayor, que sigue con el cuento del caracol al que le duele la barriga y necesita una infusión de hierbas mentoladas, protesta al verme coger el móvil. Es su momento, y de no serlo, estando él presente, mi  móvil es para jugar a Spiderman, a Ninja Fruit, a las carreras de coches o, en su defecto, para hacer mil y una fotos, en modo ráfaga, ya sea de sus pies o de sus rodillas, dependiendo de si está sentado en el baño o en el sofá del salón.

Vale, pues Nicolás protesta y quiere hacerse con el teléfono, pero yo me debo al chat: sé que tengo que poner una carita WhatsAppera, aunque sólo sea, para que el resto de las mamás (y la administradora del grupo, ofcors…) sepa que me divierte en extremo la conversación de los c*joncillos. Estoy a punto de hacer pum del stress, aún así, pongo una flamenca, una carita con  la lengua fuera, unas palmas, un brazo forzudo y un mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

– ¿Vas a poner también la caca con ojos, mamita…? – Inquiere el mayor, divertido, intentado aportar su genialidad a la conversación textual entre mamás.

– Ganitas no me faltan… – Desideratum est.

– ¿Conquiénhablasconquiénhablasconquiénhablassss…? – ¡Zasca! El móvil se cae entre la cama y la pared, sabiendo que el gotelé es tortura china 2.0 del siglo XXI. Mi mayor señala con el dedo: sabe dónde está el teléfono, pero no piensa meter las manos ni de coña. La experiencia, la madre de todas las ciencias… – Está ahí, mamita, pero no lo cojas, que la pared muerde…

– Ya sé que muerde, pero tengo que cogerlo: las mamás de tus compañeritos nos mandan mensajes…

– Y suena la campanilla, claroooo… – Nicolás me interrumpe. Asiento con la cabeza. Él arquea las cejas – ¿Y de qué hablan…?

– Pues… – Me quedo pensando, porque acabo de participar en el chat, pero… – ¡No tengo ni idea!

Maravilloso, me digo, lo mismo estaban hablando de algo dramático y yo con mi flamenca, mi carita con  la lengua fuera, mis palmas, mi brazo forzudo y mi mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

En plancha. Me lanzo a por el móvil, en plancha.

– Mamitaaaa, que me aplastas el pirríííin… – Protesta mi mayor, al ver cómo hago de su barrigola una campo de batalla cuerpo a cuerpo.

– ¡Mío…!

Ya con el móvil en mi poder, me recorre el sudor: ¿y si estaban hablando del debate electoral y yo no estuve a la altura de tan altas reflexiones? PumPum. PumPum. PumPum. Corazón de melón, que me sabes a salchichón. Por fin, abro el WhastsApp. 25 mensajes nuevos. Madrecita María del Carmen, ¿a qué velocidad escriben estos seres…?

– Mochilas… – Suspiro, mezcla de alivio y ‘me-c*go-en-Pilatos’.

– Mochilasqué, mamita, ¿por qué dices mochilas, como Dora Exploradoraaaa…?

Le beso la cabeza, lo acurruco contra mí, y apago la luz de la lamparita de la mesilla. En serio, me digo, me maravillan las madres nivel PRO que disfrutan poniendo a prueba a las que nos estrenamos el arte de sobrevivir a los uniformes, actividades extraescolares, cumpleaños multitudinarios, festivales de fin de curso… y excursiones con mochila-ni grande-ni pequeña-con tira cruzando de lado a lado-sin cremallera (y puede que, incluso sin mochila, porque ya me diréis…). Mientras encuentro sosiego en el olor narcotizante que desprende el cogote de mi mayor, me pregunto si no sería más fácil leer la circular que manda la profe, en lugar de andar con dimes y diretes, con yo sé más que tú, tururú. Con la mano dolorida, que el gotelé es mucho gotelé, dejo que el sueño llegue a nosotros, y hablo en plural, porque Zzzzzzzz.

Tilín. Tilín. Tilín.

– ¿Quiénllamaahoramamitaaa…? – Pregunta Nicolás, ya con un pie en el reino de Morfeo…

– Rafaela Carrá, hijo, duerme tranquilo…

He aquí una mamá imperfecta, hasta los mismísimos y los susodichos, disfrutando de lo único que importa: la familia. Los grupos de WhatsApp escolares, el patio de corrala de la nueva era. Vaya tela, chatos… 😛