Sugerencia musical, Fly to the moon de Frank Sinatra,

https://www.youtube.com/watch?v=mhZ2X9znPxM

Y no todo es tan duro, ni tan disparatado, ni tan agotador en la feliz idea de tener niños; también hay momentos de absoluta paz y equilibrio.  En serio. Palabrita. Y esa paz tan necesaria se convierte en tan adictiva, que cuando piensas en qué hacías cuando no estaban en casa, sólo se te viene a la cabeza una ladera llena de cardos y polvo seco, nido, sin duda, de algún bicho toca pelotas. Porque vivir, lo que es llenar las horas de la emoción de no saber si serás capaz de llegar entera la siguiente, eso sólo sucede cuando estos tipos que has parido llegan para quedarse. Para invadirlo todo de emoción y de corre, corre, que te pillo. Con ellos llegan los miedos, la vulnerabilidad absoluta, el idilio con el Dalsy, el termómetro y las noches en vela. Pero también los abrazos mulliditos, los besos con babas y olor a leche de continuación o natilla de chocolate. Que llegue el fin del mundo, estoy preparada: he experimentado el nirvana. Y todo gracias a ellos, a mis hijos.

Nada comparable a esta maravillosa sensación de estar al límite de tus fuerzas, para que cuando por fin los dos niños duermen, quizá uno en tus brazos, te invada el súper power, el mega poder de amar hasta el infinito y todas las estrellas, y no sólo te alegres de parecer una careta de zombie (Halloween lo inventé yo, ya te digo), sino que ya le has encontrado estética al tono azulado que te surca la cara desde el lacrimal hasta el lugar donde antiguamente habitaban tus pómulos y su grasita favorecedora. Ahora que ya no me preocupa tanto lucir guapa como aparente, he llegado a la conclusión de que lo que más me favorece, lo que realmente me sienta bien es ver crecer a mis niños. Lo sé, suena cursi, ñoño, quizá mil veces oído, pero es que cuando te toca, te toca. Y ahora que me tocó a mí, me río yo de las flechas de Cupido. Ya lo cantaba Karina…

Esas flechas van contigo donde quiera que tú vas, 
están entre tu pelo y en tu forma de mirar, 
son las flechas que se clavan una vez y otra vez más, 
esas flechas van contigo donde quiera que tú vas.

No se conoce cariño más supercalifragilísticoespialidoso que este. Amar en salones revueltos, ¡qué gran escenario…!

Y como digo, es cuando la casa está en silencio (un lujo escaso que sucede una hora como mucho, entre el último biberón del pequeño y el primer pis de la noche del mayor) cuando hago balance y me reafirmo en que seguro que hay vidas más vidorras que la mía, con más qué se yo que la mía, pero seguro, seguro, seguro, que no tiene un nosotros como el mío, el que hemos construido el paciente padre, la madre imperfecta y los dos querubines extraordinariamente queribles.

Este nido de locura, alboroto, prisas, neveras a rebosar de yogures y mesas repletas de sobras de desayuno+comida+merienda+cena, que hacen que engordemos en nuestro afán de ser ‘coche escoba’ y no tirar nada que sepa/tenga/recuerde al chocolate (un pecado, no me digáis). Lavadoras de 7 kg que se quedan pequeñas y te hacen envidiar a los albañiles y sus hormigoneras gigantes, con un diámetro tal que cabrían en la misma colada los abrigos del cole, el edredón de la cuna, el albornoz de piscina, el disfraz del oveja para el festival de navidad y, puede, que hasta yo misma (así me aseguraría la ducha, gozo mayúsculo, no se crean…). Cestas de calcetines huérfanos a la espera de que los saquen de su singularidad no escogida, porque son tantos los que están sin compañerito, que llegas empatizar con su soledad del cojo. Armarios que son, en realidad, trincheras: abres la puerta y ¡a cubiertoooo…!. Cocinas con tantos sistemas, chismes y cositos de protección, que, a veces, no sabes si estás abriendo el horno o la caja fuerte. Platos de Peppa Pig, mugs de Mickey Mouse, vasos Minion, ¡Murcia, qué hermosa eres! Ains… Hay qué ver al paciente padre, con americana y foulard, elegante y oliendo a colonia rica, desayunando en tan selecta y distinguida loza: gana enteros en el ranking del mejores compañeritos del mundo mundial. Cajones de ropa blanca en los que pueden vivir Playmóbiles, pelotas saltarinas y hasta un trozo de pan reseco, que por alguna razón debió constituir un peligro para el bebé, y quedó arrestado en el lugar que teníamos más a mano. Todo es posible, no os digo yo que no, porque hasta un dinosaurio tenemos en las escaleras, porque dice mi mayor que nos protege de los fantasmas y los esqueletos. Ya, ya sé que no existen los fantasmas, tampoco los esqueletos que quieran censarse en un lugar húmedo como el nuestro. Lo de los dinosaurios no lo tengo tan claro, porque al que hemos adoptado le falta un palmo para medir lo que mi abuela, y ya le tenemos cierto respeto y cariño.

En esa calmachicha maravillosa que es el impás entre morir de cansancio y disfrutar de él, esta hora antes de desplomarme entre el edredón y el colchón viscoelástica (me nominen al Nobel al inventor, porplís) me acuerdo de mi vida de antes, de la Noe anterior a la Glaciación, y estoy segura de que no me gusta. Me veo rara, no me reconozco y estoy segura de que, tanto tiempo después, y con déficit de sueño como retar a la Bella Durmiente, no cambio esto por nada, porque la aventura de acompañar a mis hijos en el camino estupendo y largo que es formarlos para ser unos tipos de bien, sanos por dentro y por fuera, y con capacidad de ver vaso medio lleno aunque el agua les llegue alguna vez al cuello, me impulsa a vivir esta carrera de fondo como lo que es: mi familia, mi cuevita del amor.

A ella me agarro con Loctite, queridos todos, porque nada hay que me guste más que un cuento con final feliz.

 ¡Felices fiestas a todos! Salud, chatitos, que de lo demás ya nos vamos ocupando, si eso… 🙂