SUGERENCIA MUSICAL, Un año más, de Mecano  

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¡Ay, de mí, que ya no siento mariposas en el estómago cuando se acerca fin de año! Yo, la misma a la que no le llegaba el tiempo de septiembre a diciembre para encontrar un modelito lo suficientemente brillante, ceñido, cortito e incómodo para despedir el año con la locura que merece. Pensar ahora, desde mi circunstancia de madre servicio 24 horas, en años aquéllos juveniles y no tan juveniles (¿los 30 es edad púber? Sí, no, su tabaco, gracias…) no hace sino arrancarme una risa sarcástica, como si la visión de mi persona en versión despreocupada fuese un personaje de Friends.

Pues bien. Como cada diciembre desde que los romanos se sacaron el calendario debajo de la cuádriga, el año llega a su término. Época de balance y balanza (excesos navideños que no perdonan), de celebración y júbilo (¡Por fin llega Ramontxu y su capa…!), de planes a medio hacer y otros cientomillón por hacer (tonificar la musculatura abdominal tras los embarazos y/o buscar en Amazon si hay algún milagro que me evite pensar en ejercicio para conseguirlo), pero sin duda, lo más mejor de lo mejor es darse una panzada a revisar el año en fotos, click, clic, ¡patata!.

Ahá. Te lo digo, vampiro, porque otra de las cosas que descubres cuando los niños llegan al hogar, es que ya no vienen con un pan bajo el brazo, sino una tarjeta de memora SD para la NIKON. Y lo que antes, en la era prehistórica en la que el paciente padre y yo éramos novios disfrutones y hedonistas, eran álbumes de viajes, de vida en pareja, de cumpleaños, aniversarios, domingos de playa o quizá tardes tontas en el sofá, con cariño, risa y manta de los fríos, ahora son reportajes infantiles desde todos los ámbitos, encuadres, ángulos y escenarios. Y digo reportajes infantiles, porque es tan difícil que alguno de nosotros podamos posar con ellos, que las instantáneas dan cierta sensación de orfandad pictórica: Luke, soy tu padre, pero no salgo en la foto porque en ese momento tu hermano quería babua (*agua). Como si lo viera…

– Papi, mira qué regordete estaba aquí el pequeño… – Miro, embelesada, los mofletes de Lorenzo, que dan ganas de babar la foto a besos.

– Oye, ese que está ahí detrás, ¿soy yo…? – El padre, con mirada de ranurita, a lo de chino mandarín, se esfuerza por reconocerse alláááá, a lo lejos, desenfocado en una esquinita del retrato.

– Pues no sé, pero puede ser… – Me apresuro a ponerme las gafas: los años y el astigmatismo no perdonan – Y sí, puede que sí, mmmmsííí…

– ¡No me j*das que estoy tan mayor…! – Con incredulidad, con desasosiego, con más gracia que resignación, el paciente padre se valora, cosa que me maravilla+sorprende, ya que no se le distingue con claridad en la foto.

– ¡Tshhhhh…! – Mando callar, chasco la lengua y arqueo las cejas – Estamos pa’comernos…

– Ya lo creo, pero con pan de  bolla y haciendo sopas, porque hay que ver qué envergadura…

Lejos de darle la importancia que requiere su apreciación sobre su volumen y/o masa corporal (que me repirra, dicho sea de paso), yo sólo tengo ojos para los mofletes cárnicos y jugosos de mi benjamín. La imagen de su carita redonda como una sandía, sus ojos vivarachos, su sonrisa toda llena de dientes de ratón y su mentón partido, tan Martínez y tan particular, es un catalizador de amor, que fluye a escape libre. Como las abuelas de antes, beso el retrato de mi bebé, como si los dos millones de achuchones que le acabo de dar antes de dejarlo en la cuna se me hubiesen quedado pequeños.

– ¡Aiiiiiins, qué te como vivo, gandulete…! – Exclamo a todo pulmón, totalmente enajenada y muertecita en love de verdad verdadero.

– ¿A mí…? ¿En serio…? – El paciente padre, que ha aprendido a vivir con alegría y chascarrillo la falta de tiempo para todo, incluso para intimidad, se me acerca y me tira un pellizco en el pompis.

– ¡Animal, para que te siente mal después de cenar…! – Me río a carcajadas y le beso la nariz.

– ¡Sal de frutas: santo remedio…! – Y se acurruca a mi lado, agotado como cada final de día, independientemente que sea fin de año o carnaval, para seguir mirando y admirando fotos de nuestros niños – Cans de palleiro, te lo advierto…

Y tiene más razón que yo qué sé, porque los que somos oriundos de la tierra de Breogán, y adictos a la sabiduría popular, sabemos que no hay cachorros más bonitos en la naturaleza que los que nacen de esa raza incierta, crisol de golfería canina, a la que llaman ‘can de palleiro’: los mil razas, que dicen ahora. Como todos los padres, supongo, que soy consciente no somos los único abducidos por el amor filial, los sentimos, los vivimos tan guapos y tan de quedarse con la baba colgando al mirarlos, que en algún lugar de nuestro gen visionario, sabemos que tanta belleza no puede durar para siempre. O sí, pero por si eso no sucede, y la adolescencia les regala incertidumbre, inseguridad, granos de acné y, quizá (seguro), mal de amores, queremos que sepan que han sido los niños más hermosos, más adictivos, más curapupas, más compañeritos del alma del mundo mundial.

– Son bonitos de c*jones, no me digas…

Arguye el orgulloso padre, mientras encuentra acomodo en el sillón en el que ya a duras penas cabemos, porque el señor Potato, Spiderman negro, un Bubble Guppie, la pelota de Bob Esponja y una galleta de dinosaurio chupada campan a sus anchas, sin intención de hacernos sitio.

– Pero de c*jones miringallones, pater… – Puntualizo, con tonito jocoso.

– Que lo decía el abueeeeloooo… – Ríe el maridito, rodeándome con el abrazo del oso.

– Elaaadioooo…

Y tan verdad como que el mundo es mundo y los lipstick de Max Factor 24 horas funcionan tan bien que hay que usar orujo de hierbas para desmaquillarse, hay expresiones familiares que se transmiten de padres a hijos, de mujeres a maridos, haciendo de ellas auténticos homenajes a seres que merecen la pena. El abuelo Eladio, que era más bueniño que las pesetas rubias, así se llama, ese es su legado. Así lo recuerda nuestro mayor, y nos encanta que lo haga. Porque eso es lo que era el abuelo: un cofre del tesoro, a rebosar de cariño y amor.

– Qué suerte hemos tenido con estos niños, papi…

– Sin duda… – Asiente, sin quitar ojo de la pantalla, porque Cristina Pedroche anuncia campanadas, con el vestido nudista de turno (si quiere salir en pelota picada, ¿por qué no lo hace? I wonder…).

Tintín. Tintín.

WhatsApp attack findeáñico.

– Noe, mensaje – Me dice el padre, sin parpadear, atento la tele. Sabe (él y media Guinea Ecuatorial…), que en un plisplás, la muchacha se hará un Telecinco, asomando culete/muslamen/poitrine. Tic, tac, tic, tac.

Cojo el móvil y asisto, entusiasmada, al aluvión de buenos deseos, la mayoría impersonales y puede que en cadena, de mis contactos. Algunos son amigos, otros conocidos, otros teléfonos que grabo en la agenda para saber quién me da el c*ñazo a deshora. Pero lo mejor, OOOOMMMMGGGG!, es disfrutar con el cambio de foto de perfil, ad hoc con la festividad del momento. Vestidos imposibles, de largos milimétricos, con pelos tan enlacados+cardados+recogidos que recuerdan a Luis XVI. Y ellos, tan de pajarita tan mal lucida que parece inevitable acordarse del payaso de Micolor (¡uy, soy tan de los 80…!). Sea como fuere, es el día del despiporre, de la noche interminable, del dolor de pies non-stop, del frío que te c*gas (abrigo no, gracias, que no se me ve el modelito). Noche de disfrutar a lo loco, que se nos acaba el año, y mejor que las campanadas nos pillen gozando, pero bien.

– Me voy a hacer un Colacao calentito antes de empezar con el turno de bibes… – Me incorporo, haciendo la croqueta sobre mi maridito.

– Que sean dos, pero no tardes, que falta poco para las doce…

Con su carrillón, sus cuartos, sus prisas, sus risas, las campanadas comienzan. Nos atragantamos, felices, con las pepitas y algún rabito que se coló en la fruta. En pijama, con calcetines gordos y zapatillas de Yeti (forrada hasta las rodillas, maravilloso invento). Nos abrazamos, nos reconocemos en la felicidad mullida de padres de dos tipos extraordinarios, que nos recuerdan ya, en el primer minuto del año, que siguen mandando ellos. Buábuá. Mamitaquierobeber. Caughcaugh. Quieropis. Otó. Cuchúúúú.

Feliz 2016, amiguitos, disfruten de la velada festiva, yo gozaré de mi dicha de ser mamá, que es una etapa tan intenta y chula, que da miedito perderse algo, aunque sea el zapato como Cenicienta. ¡Ah, no, espera, que tengo zapatillas de Yeti! Vaya, no digo nada, pero de ahí que mi príncipe azul sea un BigFoot de amor 🙂