SUGERENCIA MUSICAL, Stand by my woman, de Lenny Kravitz

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Parece mentira que una vez, allá en el comienzo de la vida sobre dos patas, cuando el ser humano se dio de bruces con la rueda, toda redondita y tan en forma de rosquilla de anís, yo haya tenido un nombre que no fuese mamá. Mi DNI lo dice. Las cartas del banco, con adeudos y domiciliaciones inesperadas me lo recuerdan. Lo asevera la circular informativa de la reunión de vecinos (batalla campal de tipos en chándal y muchachas con moños de vendedora de mercadillo). La gente que no frecuenta mi salón, mi cocina, mi baño en hora punta, mi coche a punto de salir hacia la parada del bus. Cualquiera que no haya vivido el caos doméstico, dentro mi caos doméstico, no sospecha que oigo Noemí, y ni me inmutas. En serio lo digo. Es que un día voy a ir por la calle y alguien vocifera mi nombre de pila, del sacrosanto bautismo, y como no anexe ‘mamádeNicolásyLorenzo’, no me giro ni para coger un boleto del Euromillón, con todos sus eurosmilloncitos.

– Mamita, ¿por qué el abuelo te llama Noe, no se acuerda de que eres mi mamá…?

A mi mayor, al igual que a mí misma, mismamente, le cuesta pensar en mí como ente singular, con vida, identidad, sentimiento y sueño propio. Todo en esta vida, incluso la mía, le pertenece. No, no es egoísmo, que supongo un poco también, lo suyo es más bien el síndrome de Hola, ha llegado el rey del Mambo. Sabe que me llamo Noemí, y aún así, trata de olvidarlo, porque eso lo desvincula de mí, le quita superpoderes poderosos, en detrimento de su máxima atracción sobre todo lo que ama, lo que quiere, lo que necesita y lo que no está dispuesto a renunciar y/o compartir, salvo con el bebé, al que quiere, pero del que se cela con elegancia y distinción.

– Porque me llamo Noemí, que es un nombre precioso, que buscó la abuela para mí cuando nací… – Termino de peinarlo, procurando que la raya del pelo sea, en efecto, una raya y no un tirabuzón.

– ¡Pero si tú naciste en casa, dentro de la barriga deeee…! – Con ojos desnortados, busca en mi gesto algo que lo ayude a terminar la frase.

– … de la barriga de la abuela, que yo un día, hace dos galaxias y una temporada de Cuéntame, fui bebé… – Me río, porque sé que no es fácil para él pensar que mamá fue niña, con cosas de niña, mocos de niña, ideas peregrinas de niña y berrinches de niña.

– ¿¡Bebeééééé…!? – Se lleva la mano a la frente, y se ríe a mandíbula batiente – ¡Las mamás no son bebés, o qué te crees…! Las mamás siempre son mamás, incluso cuando salen de las barrigas de las abuelas, porque ya salen grandes y con rizos y labios pintados…

¡Acabáramos! Según la lógica aplastante de mi mayor, mi madre dio a luz a una especie de muñeca hinchable, a la que en lugar de pañales debió poner compresas y dar forma al tupé con laca Elnett. Si pensar que tengo nombre propio (mío, mi tesoroooo…) le es chungo  de aceptar, imaginar que alguien pudo criarme con idéntico mimo y dedicación que la que le dispensamos a él, debe ser raruno. Raruno y complicado, porque, aunque Nicolás suela pasarse mis normas por el elástico del calzoncillo, sabe, intuye y confía en que sé lo que hago, cosa que me congratula, porque no siempre es así, y el arte de dejarse llevar e ir viendo, se me da de perlitas.

– No, cariño, yo no nací grande… – Le vuelvo a poner el flequillo en orden, para que no parezca un pequeño seminarista de los 70 – Yo me hice grande y después me enamoré de papá, para poder tenerte a ti y a Lorenzo.

– ¡Pero papá es un señor de 42 años, y enamorarse de un señor de 42 años es complicadísimo…! – Nicolás arquea las cejas, y se abraza a mí, zalamero perdido – Enamórate de mí, que soy más de abrazar fácil: ¿no ves cómo tengo sitio dentro de tus brazos?

– Ya veo, ya…

Sonrío, esponjándome como un pollito, feliz de saber que, una vez más, tooooooooodoooooooo en mí tiene que ser con respecto a él. Lo sé, llegará el día en que me rechace, me rehúya, evite mis besos en la parada del bús, pero ahora somos tan compañeritos del amor, que no puedo sino disfrutar de ser una de sus personas favoritas.

– Mamita, ¿sabes una cosa…? – Se mira por enésima vez en el espejo, para cerciorarse, ofcórs, de que sigue siendo igual de guapo que hace minuto y medio.

– Dime… – Intento bajarle el pelo-antena que le sale de la cocorota, herencia Castro.

– Que Noemí es un nombre superchuli, ¿sabías? – Sonríe

– Ahá… – Arguyo, luchando con el pelo rebelde del remolino de su cabeza.

– Pero mamá es mejor, porque me sale más bien y así, cuando te llamo y te llamo y te llamo, si digo mamá, no te gasto el tuyo, ¿entiendes…?

¡Ahí le has dao…! Si de algo me puedo sentir satisfecha y feliz y orgullosa y maravillada cual progenitora abducida por el amor filial, es de haber parido dos niños listos y agudos como ninguno. Inteligentes como cualquier otro, ahora listoooooos, ¡ay, ay, ay…! Noemí es un nombre ajeno a su necesidad de hacer suyo todo lo mío. Mamá es más él, más su hermano, más contigo estoy más pancho que Juancho. Mamá es la contraseña secreta de la cámara acorazada, la alfombra de Aladdín, la espada láser de Luke SkyWalker. Mamá es mejor porque ello implica que soy su mamá, punto pelota.

– Me parece una gran idea, ¿qué te parece si le contamos a papá que a partir de hoy sólo me llamo mamá?

– Vale, pero le decimos que te llamas Mamita Castro Martínez, así más como yo y como Lorenzo – Con entusiasmo, Nicolás, alza la voz con júbilo infantil.

– Pero yo no soy Castro Martínez, amor, esos apellidos son los tuyos y los de tu hermano… – Aporto, para que no se olvide el asunto de la herencia en su nombre.

– Que no, hombre, que tú eres mamá de nosotros, por lo tanto, tienes que llevar nuestros apellidos, igualitos, para ser los mejores amigos de la familia.

Es decir, queridos, que no sólo no tengo entidad individual y propia, con un nombre bonito al que acogerme cuando me pregunto quién soy y qué hago en el mundo, además de criar+amar+bañar+alimentar+educar+enseñar a hacer puzles a niños que son tipos estupendos. No soy yo ni se me espera, porque sólo con ellos mi ser tiene sentido. Así lo ha decidido, y así lo siento, con felicidad y cansancio extremo.

– Y hay que hablar con Bob Esponja, ¿no ves que tiene un mentón igual que el mío, así en forma de culito…?

– Claro, tan Martínez… – Digo, muerta de risa.

– Bob Esponja Castro Martínez: hay que decírselo a Patricio y a Calamardo, para que cuando lo inviten a comer las cangreburgers digan bien su nombre…

– Ahá… – Faemino y Cansado viven en mi hogar, se los ha tragado mi hijo mayor – Pero yo no sé dónde vive Bob Esponja, amor…

– En fondo de Bikini, mamá, es que no te enteras…

– No me entero de nada, hijo, qué barbaridad…

Y allí estábamos, mi mayor y yo, adjudicando identidades y anexando lazos familiares a dibujos animados, ajenos al hecho de que si no apurábamos la torta, el autobús del cole se iría sin nosotros. Es lo que tiene conversar con el sabio de la vida, que me quedo sin identidad, sin parcelita personal, pero gano enteros en el discurso fall in love. Así que ya sabéis, si nos cruzamos, llamadme mamá, mamita, mami, mamááááá, de lo contrario, puede que pase por vuestro lado, haciéndome pasar por Arenita Castro Martínez (a fondo de Bikini me remito, chicuelos…) 🙂