SUGERENCIA MUSICAL, Slave to love, de Brian Ferry, BSO de ‘Nueve semanas y media’

https://www.youtube.com/watch?v=gkKKLFjSxbc

Tiempos fueron en los que la carta a sus Majestades estaba a rebosar de elementos hedonistas, superfluos, monérrimos y, casi siempre, caros, porque el regalo en sí mismo era pensar que eras una niña consentida. Pues lo que son las cosas, que años después y siendo yo la misma (al menos de carcasa), ni carta ni capricho y mucho menos, carísimo. Por no haber, queridos míos, no hubo ni petición, porque el asunto de sentirme feliz y agasajada pasaba por dos cosas fáciles-dificiles, tanto o más que la vida misma.

–          Noe, vete pensando qué quieres por Reyes, que después no tengo tiempo de buscar algo con gusto…

El que hablaba no era el paciente padre, sino el maridito, ese que siempre sorprende con joyas estupendas que no hay que cambiar porque son de mi talla, de mi estilo y de mi corazón.

–          Eeeeh… – Emparejando calcetines como si no hubiese un mañana, intento pensar más allá de si negro y azul-marino-casi-negro valen como pareja, funcionan como pareja y pueden usarse al menos una vez, hasta que aparezcan sus consabidos compañeros – Mira, no sé, lo que veas tú.

–          Ah, no, chata,  ayúdame a acertar, que soy genial, pero no un genio…

Genial y genio, todo era, y yo estaba tan atacada dándole al calcetín, que ni ganas tenía de pensar en si tenía o no tenía anillos de piedras lo suficientemente grandes+brillantes+ostentosos+envidiables como para eclipsar el joyero de la difunta Elisabeth Taylor. Sólo pensaba en acabar, en tener minuto y medio para hacerme la cera del labio (obvio decir bigote, que eso le da a mi vello categoría de pelo y, por ende, a mí de bigotuda de circo). Quería, necesitaba un respiro ocioso para pensar en qué me haría ilusión, a fin de cuentas, estábamos en Reyes, fecha mágica y divina para que todo se haga realidad…

–          Quiero que Nicolás deje de usar pañales para dormir y que Lorenzo mastique sin conato de ahogo que te c*gas, ayyyyy…

Suspiro y se acabó.

Ayyyyyyy.

Vuelvo a suspirar, pero parece que no se acabó.

Ayyyyyy.

–          ¡Mamá, abandona ahora mismo el cuerpo bonito de mi mujer…! – Y mi maridito me abraza y me coge la cabeza con las manos, igual que hago yo cuando quiero parar las pesadillas de mi mayor en medio de la noche.

–          ¿Dónde se desactiva el botón de MamitaLoca…? – Me río, sintiendo como la presión homeopática de las manos de mi maridito eliminan tensiones ocultas y evidentes.

–          Ni idea, pero hay que hacer algo…

Siento besos blanditos en los párpados, esos que, en otra vida, quizá también en otra galaxia, llamábamos ‘besos de mariposa’, porque eran el preludio de que todo iba a empezar a volar por los aires. Y allí mismo, en medio de un salón que era la franquicia de ToysRus, en el que no había rincón en el que un juguete sonase/cantase/clamase cambio de pilas en su musiquita tartaja, podía haber pasado de todo, incluso liberar la pasión adolescente que aún nos quedaba en la despensa, la que no entiende de lugar idóneo, de momento adecuado, de aquí no, cari, que me estoy clavando el freno de mano.

Todo pintaba en bastos, pero bastos y triunfos, pero a escasos dos minutos para la hora H (o B, de biberón) oímos como por uno de los intercomunicadores alguien reclamaba atención. Nos abrazamos, con expresión de miedo, como si por una décima de segundo nos hubiésemos olvidado que somos padres, que hay dos tipos extraordinarios y maravillosamente dependientes que nos tienen sujetos con el yugo del amor. Inmóviles, cogiditoscogiditoscogiditos como si en apretarnos uno contra otro estuviese en antídoto al ‘hasta luego, Lucas’, pedimos a sus Majestades, a todos los santos y al señor Dior, que nos conceda el lujo de la intimidad, aunque sea rapidita, a lo Ninja, a lo soldadito de reemplazo en pase de pernocta. Pero…

–          ¡Mamitaaaaa…!

Por mucho que la pasión ejerza sobre la mente una fuerza brutal, no puede bloquear el sentimiento maternal. Ni metida en un Jacuzzi (¿se escribe así? Como veis, lo frecuento tanto como lo escribo, soy toda molicie…), rodeada de pompitas de jabón Roger Galé, escuchando algo bonito de Alejandro Fernández mientras mi maridito se hace con el mando de momentazo, evitaría que mi yo-mamita saltase en cuanto alguno de mis niños pidiese pis, caca, agua, tengo que decirte una cosa. Lo sé, no es sano. Lo sé, va en detrimento de no sé qué leyes de la convivencia en pareja. Lo sé, hay que reservar un espacio para TÚ+YO, pero no puedo ir contra esa fuerza colosal que me impide dejarme ir a lo loco, despendolada y descarada, sabiendo que los pequerrecholos necesitan…

–          No, no te necesitan, en este momento te  r-e-q-u-i-e-r-e-n, que no es lo mismo, mami…

El paciente padre, que sabe que no se puede luchar contra la llamada de la jungla, se las arregla para entender, comprender, hacer suya mi locura, porque esos que nos cortan el rollito, son también sus niños locos, sus tipos extraordinarios, a los que quiere y consiente más de lo que pensó podría hacer jamás. Con las ganas de yatúsabes contenidas, y gesto de date prisa, que la cena está servida, me dice:

–          Venga, vete, que cuando antes vayas, antes vienes…

Se ríe. Me río. Me recompongo y subo las escaleras de dos en dos (tener objetivos es muy importante en la vida, máxime cuando el objetivo es Birmania J). Tardo más de lo esperado, porque el mayor está empapado en pis, y tengo que cambiarlo de arriba abajo, mudar la cama, c*garme en Pilatos porque se me han acabado los pañales de braguita y tengo que ponerle uno de su hermano pequeño, con su consabida oposición (#YoNoSoyUnBebe). Tardo taaaaantooooo, que cuando por fin estoy de nuevo en el salón, mi maridito está frito, tumbado en el sofá, sosteniendo una libreta de La Patrulla Canina y una pintura de la Abeja Maya, con la que ha pasado el rato en mi ausencia. Me siento a su lado y, con igual curiosidad que la madre de una quinceañera ante su diario, me dispongo a leer.

 

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy bueno (no como los anteriores, que sí que había sido bueno, pero éste he sido bueno que te c*gas, en serio),  y por eso os pido que nos dejéis en casa un séquito de SuperNannies que enseñen a masticar a mi hijo pequeño, lo que redundaría, sin lugar a dudas, en el equilibrio mental de mi estupenda mujer.

Igualmente, y si no es mucha j*da, haced magia potagia con la vejiga de mi mayor y que de una vez por todas, el pobrecito note cuando quiere hacer pis y lo haga donde tiene que hacerlo, no en la cama, que es un lío c*jonudo y el pobre pasa un frío mayúsculo, todo mojado y eso. Además, deciros que sería un regalo magnífico para los padres de la criatura, la madre y yo, que de tanto ponerlo  a hacer, cogiéndolo a peso muerto y dormido, tenemos una musculatura en las extremidades inferiores que podemos presentarnos a Master y Miss Muscle Universe.

Pediros igualmente colaboración para tener un bis a bis en condiciones con mi mujer; sin interrupciones, sin nervios, sin miedos a ser intervenidos por los Umpaloompas que estamos criando sería ya el remate del tomate, pero bueno, sin presiones, eh, vosotros a vuestro rollo, que nosotros estamos aquí para lo que haga falta, que ya nos dijo Nicolás que este año a los camellos hay que dejarles bizcocho de nueces y a sus Majestades, salpicón de pulpo, que a mamita le sale riquísimo, una monada…(sic.)

Conducir un Ferrari, volar en globo, la temporada completa de Juego de Tronos, una quedada Star Trooper o comerme un cochinillo de Arévalo yo solito, con sus patatitas amarillas y sus pimientos asados, ya como veáis. Ahora, lo del pis y el ñamñám de los niños, no se me olviden, por tutatis.

Fdo: El papá de Nicolás y Lorenzo

 

Si esto no es la magia de la navidad, que baje Balenciaga y lo vea. Tanto tiempo después, sin tiempo para el hedonismo, para los caprichos, para la batalla cuerpo a cuerpo, quererse a calzón quitado (figuradamente, claro, que mi Adonis se había quedado Zzzz) era el mayor regalo de la vida. Tener familia mola, por definición. Ser mi familia, es adictivo.