8.- NO IMPORTA

 

Sugerencia musical, NEVER MIND, Nirvana

https://www.youtube.com/watch?v=8yobQOi9y3E

 

Una de las cosas que antes se queda pequeña en una casa con niños, son los armarios. En serio. Da igual que vivas en la sección de dormitorios de IKEA: llegados los príncipes, se acabó el espacio. Y lo dice una mamá que ha tenido varoncitos, no quiero ni pensar lo que serían con dos niñas, que el universo de la moda para ellas es inabarcable. El caso, es que cuando iba a llegar mi mayor y estábamos haciendo nido, pensábamos que con la cuna, el color de las paredes, el cambiador, la cómoda y cesta monas, la cosa iba fenomenal, porque, al fin y al cabo, la ropita de bebé es muy chiquitita, cabe en cualquier parte y lo importante es que la habitación quede coquetona. ¡Meeeeec…! Primer error.

– No sé, a lo mejor hay que hacer una selección de pijamas… – El paciente padre, lucha porque los cajones cierren sin dejar colgando mangas/piernas de peleles de varios.

– Tú empuja… – Yo, que cuando me obceco, me obceco pero bien, me hago la sueca.

– No, si yo empujo, pero cuando quieras abrirlo, lo mismo hay que llamar a Thor…

¡Puuuum! Cajón cerrado, misión cumplida.

– ¿Ves? Sólo era cuestión de maña, Thorín… – Le beso la frente y sonrío, haciéndome la simpática, que me suele funcionar para limar tiranteces.

– ¿Maña? Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…

Y como si aquello fuera un malfario de gitana-vende-romero, la emergencia no tardó en llegar. Al poco de estrenar alcoba, el bebé decidió que no sólo iba a hacer caca en el pañal, que eso lo hacen todos los bebés; lo suyo, que era un niño creativo, pasaba por hacerla dónde le diese la infantil gana: ilusa de mí, no sabía, entonces, que los culetes son mass destruction weapon. Cargada de toallitas, haciendo lo que podía por sujetar unas piernas que no dejaban de patalear y con la plasta inundándolo casi todo, me acerqué a zona minada, para comprobar que todo estaba limpito y requetelimpito. Nada más poner el ojo en objetivo Birmania, ¡zas…!

– Nicoláááás, hombrenopordiósamamitanoooooooo…

Y sí, Nicolás, sí, hombre por Dios, a mamita, sí. En todo el pecho, oiga. Y porque anduve, fina, que iba derechito a la cara. Mi mayor, que por aquel entonces contaba días, se empleó a fondo con su habilidad intestinal, haciendo que esa cosa líquida y pegajosa que tienen por heces los neonatos, hizo diana en mí y en la puerta de la habitación. ¡Palabrita…! No soy muy de ver pelis de francotiradores, pero creo estar en lo cierto si digo que la precisión y la puntería con la que salió aquello de un cuerpo tan pequeño, tiene mucho de cine bélico. Tiznada y maravillada a partes iguales (haberme apartado a tiempo me dio un plus de higiene facial que agradecía millón, sí…), hice malabares para llegar hasta el cajón de la cómoda-bonita-poco práctica en la que guardaba las mudas del bebé. Como lo importante y crucial es no dejar al bebé sólo en el cambiador, me estiré y estiré y estiré y estiré, tal cual Elastic Girl, y con un brazo crujiendo al límite de sus articulaciones, di con el cajón de marras, el mismo que mi maridito había cerrado empleando la fuerza de los mundos.

– No me j*das…

Y sin j*der no quedé, porque cuando ya tenía el pomo del cajón en una mano y sujetaba con fuerza el cuerpo del bebé en el cambiador, aquello no abría ni cien vidas que tirase. Entre buabuás, pataleos y ñññññeeehjñññññehhheh intentando abrir el cajón, me dejé la vida. Me dolían hasta las pestañas, tú. Cuando por fin creía que el puñetero cajón iba a abrirse, cual cueva de Alí Babá…

– Que baje ya un mojón de meteorito y me fulmine ya, en serio…

El pomo en una mano, el bebé en la otra. Y el cajón, en su sitio, con un agujerito que parecía mirarme, cual cíclope, recordándome las sabias palabras del paciente padre ‘Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…’

Así que, cogí al bebé en brazos, aún no todo lo limpio que debiera, y me armé de paciencia para intentar que el cajón cediera. Nada. Dale, dale, dale, tira que te tirará, pero el cajón con su agujerito, que si quieres té, Marité. Nicolás, que nunca fue un bebé llorón, pero sí de pis fácil, pensó que, si estaba desnudito, en el regazo de mamá, tan a gustito, jugando a sabe Dios qué, sería porque allí se valía vaciar vejiga a escape libre. Así que…

– Eh, eh, eeeeeh, que me estás mojando toda, bribóóóón…

Corrí, como pude, hacia el cambiador, intentado que su mini manguerita no regase el edredón de la cuna y la almohada en la que, si salíamos de aquella, debía dormir su plácida siesta. Llegamos, que la habitación tampoco es Times Square, pero un fino reguero de orín trazó el camino hasta allí, y se me vino a la cabeza el cuento de Garbancito y las miguitas de pan. Vale, ya estábamos otra vez en el cambiador, pero no teníamos muda limpia, porque el cajón se la había apropiado. Estábamos otra vez en el punto de salida, en la meta volante. Bienvenidos al día de la marmota…

– ¿Sabes qué, bebé? – Loca de amor y envuelta en fluidos varios, me agaché a comerme a besos a mi niño de amor – Que ahora mismo nos vamos a la baño los dos, a ver si se nos ordena el Karma.

Así que, mamá y bebé llenaron la bañera de mayores con agua calentita, espuma como para napar el Annapurna y tantos juguetes que aquello parecía una piscina de bolas. Seguíamos sin tener muda limpia a mano, si a acaso, camisetas y pantalones de ir de guapo a donde quiera que vayan los bebés guapos del  mundo, pero pijamas y bodies no: el cajón, no se me olviden. El caso, es que, mirando el reloj, supe que el paciente padre no tardaría en aparecer, así que me di al placer del aseo compartido con ese sería ya, para siempre, uno de mis dos genes de la felicidad.

– ¡Vaya, qué bien estáis…! – el padre, complacido, asomó la cabeza y rió nuestra sesión de Spa familiar.

– Hola, papiiiiitoooo… – la mano del bebé saludaba, cual infanta de España – Haz algoooo con eseeeeee p*to cajón, que noooo nos daaa la ropaaa del bebééé…

– ¡Te lo dije…! – Exclamó, riéndose.

– ‘Te lo dije’ no es bien cuando acabas de volver del campo de batalla, papito… – Hago con los dedos del bebé la señal de victoria, como los asiáticos en pleno selfie.

Oigo como mi maridito va a la habitación. Forcejea y forcejea. Sé que el siguiente ‘ya te lo dije’ está en camino, pero me adelanto. ¡A las barricadas del amor, mis soldados!

– Papi, si quieres, en esta bañera hay sitio para alguien más…

– ¡Ya, gracias, pero estoy con el cajón…! – Silencio. Forcejeo – ¿Y ahora, con qué c*ño abro esto?

– ¡Con el martillo, mi Thor – Thorín…!

Me río a carcajadas y oigo como se acerca el padre, aguantando la risa, con una muda completa para el pequeño. No hace falta que lo vuelva a convidar a la fiesta de gel y amor, porque veo como se desnuda y entra en el baño. Allí, en medio de una maraña de extremidades paternas, el niño más lindo del mundo, esboza su primera sonrisa. ¡Nos morimos de la emoción…

– ¡Una sonrisa ya, tan pequeñito! – Jaleo, orgullosa.

Vemos como del agua de la bañera emerge una pompa diminuta, que explota en otras tantas, aún más minúsculas, si cabe.

– Noe…

– Ya… – Atajo, divertida – Era un pedete.

– Aliviadito que te quedaste, eh, ganduleteeee…

Pues vaya, never mind… Sonrisas de Buenos Aires, qué buena cosa, tú.