8.- EL ESPÍRITU RAGATANGA

SUGERENCIA MUSICAL, Aserejé, de las Ketchup https://www.youtube.com/watch?v=V0PisGe66mY

 

TETA

Quizá voz expr.; cf. germ. *tĭtta, gr. τίτθη títthē.

1. f. mama (‖ órgano glanduloso).

2. f. coloq. Leche que segregan las tetas.

3. f. Pezón de la teta. Se agarra bien a la teta.

4. f. mambla.

5. f. coloq. Cosa muy buena. Es teta pura.

 

La RAE dixit, y no caben más significados en un término, que, si no andas lista, te da una y otra vez en la cara (literal y figuradamente) cuando la maternidad llega a tu vida. Y digo esto, queridas mías, ya que aún estáis a tiempo de no sentiros culpables por las decisiones que toméis con respecto a la maravillosa experiencia de ser mamá. Porque una cosa os participo: dar o no teta es sólo decisión consensuada de los papás (si el bebé es en pareja, sino, la cosa es más ‘porque lo digo yo y punto’, claro), no de la matrona, no tu suegra, no la frutera, no la teto-bloguera gurú del momento, no la hermana de la prima de un amigo que tu marido tiene en Tolosa… La decisión de amamantar (ay, Dios, me da cosita hasta el verbo, lo siento…), es cosa de la entidad familiar, aunque seas tú la que tenga que tener el pezón ready to go 24 horas al día. Tanto si lo haces como si no, no hay que ir por la vida pidiendo perdón ni sintiéndose Juana de Arco, porque lo únicamente prioritario y principal es que el bebé coma, y coma bien. Si la leche sale de la central de Nestlé o de tus cántaros de miel (léase con ojos de metáfora, porplís), ¿a quién c*ño puede importarle/preocuparle más que los recientes papás? Pues a todo quisque, por lo visto, oigan…

33FAST REWIND

– ¡Venga, un empujoncito final, que queda lo peor: los hombros…!

El parto de mi mayor lo recuerdo entre dolores que te c*gas y una nebulosa cenital, augurio de muerte inminente, fruto quizá, del bagaje cinematográfico que tenemos interiorizado, aún sin saberlo. Cuando, exhausta, pensé que el sufrimiento no podía ser mayor, y que tras doce horas de contracciones infernales, a las que una matrona tan inepta como patosa y con menos empatía que una faja de mercadillo justificaba como normales en una primípara, me dicen que me anime, que la estocada final está al caer, que si hasta el momento no me había roto en dos mitades, vagina de por medio, esta era mi oportunidad de oro para duplicarme, algo súper útil si quería simultanear el trabajo de oficina con las clases de Zumba, llegado el caso.

– ¡Ay, no, ay, noooo, yo no puedo más,  es que no puedo, por favor os lo pido, que acabe esto yaaaa…!

El futuro padre, que era tan primíparo como yo, miraba con pavor todo aquello. Nosotros no sabíamos nada de parir, pero nada de nada. Se suponía que estábamos en manos de gente sana mental, que sabía lo que hacía, y que había una cosa que se llamaba Epidural, que ayudaba a diferenciar al género humano del vacuno. Pues nada. A mí no me hizo efecto, y en esas estábamos, intentado que Nicolás asomase, además de cabeza, los hombros. Los p*tos hombros, que ya me había quedado clarito y meridiano, ‘era lo peor’…

– Por favoooooooorrrrrr…

Dolor delirante, grito de Tarzán y vómito. Oigo prisas, alguien que dice ‘la voy a ayudar, pasadme un bisturí’. A mí ya me daba igual, en serio os lo digo, porque para todos los efectos, era un ánima en pena. Con la inconsciencia y la insoportable levedad de la que piensa ha abandonado su cuerpo, me pareció estar viendo todo desde el techo del quirófano, incluida la cara de mi maridito, que me agarraba la mano con fuerza nivel Hulk. Oí como se abría la carne, la mía digo, y la más íntima y sensible: episiotomía, o cremallerita vaginal. Todo un primor.

Y cuando ya sólo me faltaban los salmos y las alabanzas para saber que había palmado, pero palmado de verdad (tanto sufrimiento y dolor no podía llevar, en sí mismo, nada que entrañase vida, sus lo digo, chatas…), oí el llanto de un bebé, que supe era mío. Supe era de papá. Supe que era nuestro niño de amor, nuestro trofeo de supervivientes. Me cuentan que me lo acercaron y que dejó de llorar, pero, a decir verdad, yo no me acuerdo, porque sólo lloraba y lloraba y lloraba, a la voz de ‘ayayayayayquememorí, me morí, yo me morí’

– Que no, mami, mira Nicolás, que guapo es…

Y era guapo que te caes para atrás, de culo mismamente. Guapo, hecho a conciencia (12 horas de parto, no me escatimen ni un reconocimiento, por favorcito), y grande como el tráiler de la gira de Alejandro Sanz. Me pareció largo y gordito, pero, sobre todo, fornido: ¡vaya envergadura, chatos! Los hombros, lo peor de sacar. ¡Y tanto! Madre del verbo divine, por muy bicho bola que sean cuando salen por el túnel de mamá, por muy indefensos que resulten en la cunita de la habitación de maternidad, por muy grande que les quede la ropa de recién: ¡tienen un volumen magnífico y colosal cuando piensas en que han salido de tu cuerpo! Que han salido, y lo han hecho por lo han hecho, claro está.

Así que, te cosen en vivo y en directo, diciéndote que no puedes notar las puntaditas virtuosas, pero tú te deshaces en lágrima viva, pidiendo clemencia o un garrotazo en todo el cogote, que es barato y parece un buen anestésico. Pero cuando vuelves a estar al límite de tus posibilidades, te traen al príncipe vestidito de azul, con el pelito de la cabeza rechumido en flujos varios, oliendo a cabaña vacuna, y te incineras de amor absoluto y profundo. Hueles sus manitos, su cuello, su naricita de botón, observas sus ojos de Lacasito, y piensas, no paso por otra ni de coña (pasas, ya lo creo que pasas: ¡yo repetí!), pero qué genial haber sobrevivido a todo esto para conocerle.

Gozando del momento de intimidad, el papá y yo mirando al bebé como la suerte de las suertes, oímos unos tacones por el pasillo. Cotoclón, cotoclón, cotoclón. Asoma una mujer, toda sonriente, agazapada tras sus mechas californianas, y se queda frente a nosotros. Nos da la enhorabuena, valora el estado del bebé, con lo que, entendemos, es la pediatra de urgencias. Y…

– ¡A que me vas a dar una alegría…! – Me dice, clavándome la mirada, mientras me devuelve al bebé.

– ¿!Yo…!? – Sollozo, no tengo ni idea de qué me habla, no sé qué espera de mí, pero estoy extenuada para tratar de ser amable con aquella señora empelucada, con un diente manchado de carmín, que manejaba a mi bebé como si fuera un Nenuco.

– Lactancia materna, ¿verdad…?

– ¡Y una porra…! – Nunca antes ‘porra’ sonó tanto a ‘m*erda’, la verdad. Sigo llorando – No, no, no, le vamos a dar bibe…

– Mujeeeeer… – Insiste, sonriendo.

– Biberón, ya se lo dijimos a la enfermera… – El paciente padre, interviene, taxativo.

– Ya, ya, lo sé, pero era por si a última hora… – Hace gesto con la mano, como si yo estuviese enajenada o me poseyera el espíritu Ragatanga.

– B-i-B-E-R-Ó-N, gracias…

Mi maridito zanjó la conversación, teniendo en cuenta que no debería haber comenzado jamás. Ese fue el comienzo de la retahíla de explicaciones que tuvimos que dar al respecto de por qué no dábamos pecho al bebé. Y no se lo damos porque así lo hemos decidido, y nada más. No hay nada masónico en nuestra decisión. No hay nada feminista, ni jipi, ni estético, ni moderno, ni porculero. No le dimos lactancia materna porque no dársela era una opción y un derecho. E hicimos uso de él. Lo sé, las mamás que dan teta están muy contentas y orgullosas de hacerlo. Déjennos, pues, a las que no lo hacemos, estarlo también. La salud de mis bebés está controlada por médicos y mis tetas por ginecólogos. Todo bien, todo en orden, dejándome medio sueldo en leche en polvo, pero eso, en todo caso, es también el efecto colateral de nuestra decisión. ¡Qué rule BlemilPlus 3 como para una verbena de pueblo…! 🙂

Y donde mas no cabe un alma 
allí se mete a darse caña 
poseído por el ritmo Ragatanga 
y el dj que lo conoce toca el himno de las 12 
para diego la canción más deseada 
y la baila!!! 
y la goza!! 
y la cantaaaaaaaa!!! 
Aserejé ja de je 
de jebe tu de jebere