6.- MONSTRUOS S. A. 

 

Sugerencia musical, main theme Monster Inc

https://www.youtube.com/watch?v=_WRKbu5j0O0&list=PLC316E8E0EEA16049&index=1

 

 

Entender a un bebé va más allá de saber si llora porque tiene hambre, frío, pedetes o un all together. Entender a un bebé es un sindiós maravilloso, que sólo sucede cuando:

a)      Los astros se alinean, formando el cinturón de Orión.

b)      Un unicornio rosa quiere acampar en tu jardín.

c)       Llevas un año sin dormir y los santos todos, junto a Santa Bárbara a modo de tapón, se apiadan de ti y de tu maridito, que para entonces sois ya la viva estampa de la Duquesa de Alba en el museo de cera: puritita mojama. Ojú.

El caso, es que sucede. No sabes muy bien cómo, pero llega un punto, en medio de la locura total, que interpretas subida y bajada de cejas, respiración agitada, manotazos que amenazan meteoritos de potito, contorsionismo abdominal con traca final de mil y un prrrr. Lo interpretas todo y te adelantas a todo, porque así va la cosa. No lo has leído en ningún web site, no te lo ha revelado ninguna mamá perfecta de esas que te hacen estornudar palabras mudas de tipo ‘hasta las p*lotas me tienes tú y tu virtuoso niño sin mocos’. Ese momento de epifanía en el que conectas con tu bebé llorón debería contabilizar como puntos extra en la tarjeta Travel Club, en serio. P’abernos matao, que decía el otro.

– Noe, ¿qué le pasa ahora…?

El paciente padre, que bien podría llamarse paciente madre porque, salvo parirlos, los cría, educa y cuida como yo, se desesperaba cuando el angelito encendía el megáfono, llorito va, llorito viene, siempre a la misma hora: 21.10 horas; 7 días a la semana, 12 meses después de haber venido al mundo, nuestro heredero (sí, heredero, porque al ser otro varoncito, su vida es una reposición non-stop de todo lo que su hermano, el primogénito, ha estrenado. Línea sucesoria impera, qué le vamos a hacer…) seguía fiel a su cita de poner en jaque la convivencia familiar, que a esas horas era ya un campo minado y magnético.

– Si lo supiera, aunque fuese un poquito…

Vaya. No teníamos ni idea ninguno de los dos. Ni pajolera, así que tocaba acunarlo boca arriba, boca abajo, de lado, hacia la derecha, con loomping, sin loomping… Incluso, mientras respondía una llamada del abuelo preguntado por los niñitos, bien, bien, están bien, a ver si esta noche qué tal (¿en serio no lo oía llorar? Qué afortunado, debía ser el único mortal con tímpanos selectivos de este lado de la península). Porque la vida seguía, y si había que hacerse cargo del berrinche del bebé mientras se doblaba la ropa de la secadora o se hacía la compra telemática a Mercadona, pues se hacía. Mientras ardía el móvil con tu jefe del otro lado, pidiéndote no sé qué cosa urgente que no podía esperar porque n-o  p-o-d-í-a  e-s-p-e-r-a-r, pues también. Mientras el paciente padre estudiaba para un examen cuyo temario recordaba la torre de Pisa, faltaría más. Mientras el mayor, con unos celos de aquí a Pekín, reclamaba su derecho a saber si Dora llegaba o no a la p*ta colina de los arándanos, pues claro. Al bebé y su llorito lo atendíamos a pesar de todo. Por encima de todo. Incluso de nosotros mismos, que a todo llega uno. Resilencia emocional, creo que se le llama.

– ¿Sabes qué, no sé cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones? – El bebé, por supuesto, dando por saquete, en mi regazo, llora que llorará – ¿Sabes de lo que hablo? Esos en los que sales con los dedos arrugados como pasas de Corinto…

– No te preocupes… – el padre se acerca, me besa el pelo más despeinado de la historia de las pelucas despeinadas – bañarse con sales, espuma, agua calentita y silencio es de burgueses.

– Pues a mí no me importaría nada ser burguesa. O duquesa. O marquesa… – se me escapa un suspiro, pero me recupero. Soñar es peor aún: la debilidad no existe, la debilidad no existe.

BuáBuáBuáBuá.

– ¿Hamburguesa, dices…?

BuáBuáBuáBuá. Pero tan y tan alto, que llora uno y se oye dos.

– Que no, que duqueeeesaaaa digooo…

BuáBuáBuáááááááá. Se atraganta de los nervios. Lo incorporamos, nos morimos de miedo porque se pone rojo de la rabia y la perrencha. 

– ¡Oyeeee, bebé, no seas así, no asustes a mamá…! – El padre, templando inquietudes, inventa serenidad.

– ¡Ay, c*rallo, que está rojo como un morcón…! – Muero de pánico absurdo: respira, bebé, coge resuello, que acabamos todos en el psiquiátrico, me digo en un mar de nervios

Por supuesto, el bebé inspira una bocanada de aire tal, que yo creo sufrió apnea. Oxígeno full equip, retoma su actuación en el mismo punto donde la había dejado, poniendo los buás sobre las íes, dejando claro quién mandaba allí.

– Si vuelves a hacer eso… si vuelves a hacer eso… – sollozo como una Magdalena, no puedo con el batiburrillo de miedos y ansiedades que me provoca su llanto enloquecido – Grita si quieres a lo Mónica Naranjo, pero coge aire, ¿me oyes?

– No, Noe, a lo Mónica Naranjo no, que lo mismo nos lo fichan para La Voz Kids… – me dice el padre, limpiándome las lágrimas histéricas.

– Van, sí, y en cuanto llegue la hora de darle el bibe o ponerlo a dormir, nos lo devuelven por correo urgente…

Nos miramos y sonreímos, porque dentro de la melodía free jazz que entona nuestro pequeño, hay algo que nos une y nos separa,  nos crispa y nos engancha, nos enzarza y nos entrelaza. Sea lo que se de lo que están hechos los bebés, irradian qué sé yo para que no puedas alejarte de allí, porque sabes que es tu sitio. Al que perteneces y te corresponde. Puedes delegar, sí, pero tendrías que pedir referencias y curso acreditado de maestro barrenero, porque los decibelios de neo nato no son cosa baladí. Podrías cualquier cosa, incluso ducharte a voluntad, o depilarte las dos piernas el mismo día, pero para qué. Por qué, si todo pasa tan rápido que cuando por fin puedes dormir más de tres horas seguidas tienes miedo a no despertar si los niños lloran. Y tienes miedo de pirada, porque sabes, a ciencia cierta, que si lloran, los vas a escuchar tú y el vecino del quinto; aún así, descansas como los camaleones, con un ojo abierto y otro cerrado…

– Cari, ¿duermes…? – pregunta el paciente padre,  antes caer rendido.

– Depende de por qué lado me mires: yo siempre vigilo, Mike Wazowski. Yo sieeempreee vigiloooo… (Monstruos S. A., qué grande es el cine para pequeñitos)