5.- NINJA TURTLES

SUGERENCIA MUSICAL, Las Ninja Turtles theme song

https://www.youtube.com/watch?v=CnMHQ5FNuis

Cuando por fin vuelves a tu estado civil de mujer no embarazada, estás que te sales de las costuras de alegría. Y lo haces literalmente. Tras nueve meses (o diez si le dejas contar a una matrona), tu cuerpo festeja, fariseo, que lo que te cuelga sobre, en y bajo el ombligo no es un bebé: es grasa. Y punto y se acabó. Grasa, y músculos gelatinosos que te recuerdan que allí vivió un ser, comió un ser, amaste a un ser, pero ahora, que ya no eres un horno multifunción, tu meridiano de Greenwich está blandito y bailón. Da igual que metas barriga, fingiendo abdominales (¿abdomiqué…? Abdominales. Ah, pues ni idea, yo no…), porque el espejo te recuerda que naranjas de la China, que si quieres té, Marité, que a otra cosa, mariposa. Y entonces empieza el calvario y el acoso a preguntas a todo aquel que viva contigo y tenga más de 15 días y/o 3 años, y que, dados los criterios de selección, sólo puede ser tu maridito.

– ¿Cari, tú me ves mucha tripa? – Camiseta levantada, dejando al aire algo arrugadito, basculante, que recuerda a un bizcocho sin levadura.

3. 2. 1, uf. Terror facial masculino. Si alguna vez habéis visto una peli de miedo o un especial Sálvame Deluxe, en el que alguien va a hablar de cómo, cuándo y cuántas veces se ha acostado con Paquirrín, sabréis de qué expresión os hablo. Pobre, el paciente padre, que no sabe ya cómo hacerme sentir bien, cómo recordarme que estoy estupenda, que todo vuelve a su sitio y, lo que es más importante, a quién c*ño le importa eso, si estamos sanitos el bebé y yo. Y tiene razón, pero a mí en aquel momento me importaba, y aunque suene a pataleta, a frivolidad infinita, me importaba porque quería volver a ser yo, con todo lo genial de haber parido dos niños, pero volver a ser yo, reconocerme dentro de mis pantalones y mis vestidos-faja. Aunque sólo  hubiesen pasado quince días del parto, cachis. Así que, vengaaaa, vamos al tema:

– Dime la verdad, en serio, venga… – Lo jaleo, animosa, creyendo que a él se la cuelo.

El miedo tiene un olor peculiar, los perros pueden percibirlo aunque estés temblando a todos los kilómetros de distancia. Vale, pues yo podía aroma agridulce del que teme decir lo contrario a lo que se espera; cerrado en el baño, supongo que sentado en el borde de la bañera, reuniendo fuerzas para hacerse a la tormenta perfecta, reconozco su carraspeo nervioso. Oigo el pasador de la puerta, pero no la cisterna, así que estoy en lo cierto: estaba trazando estrategia de defensa, angelito… Se aproxima a mí, valorando el timming de explosión, porque sabe que mi cabeza es una olla a presión, una granada de mano sin pitorrito, que se acciona con el leve movimiento de las pestañas. No quiere errar en el comentario, no quiere provocar la ira de Gru (los que tenéis niños, sabéis a lo que me refiero #minionización). El paciente padre no quiere nada, a decir verdad, salvo ayudarme, pero incluso su necesidad de hacerme fácil el tránsito por mi yo fofo y mi neurona blandita (depre post parto, le llaman), también la percibo como respuesta incorrecta. Y salto y salto y salto y vuelvo a saltar, porque a los pucheritos vamos a jugar…

– Haz el favor de no darme la razón como a la zumbadas, eh, que estoy cansada y exhausta, pero aún no estoy como la loca de…

¡TolónTolónTolónTolón, campana y se acabó! Cuando yo misma caigo en la trampa de empezar a mentar a propios y ajenos, es que he tocado fondo. No iba a yo a mencionar a nadie de su imaginario familiar o su relicario de amistades, o sí, o qué sé yo, que lo mismo sí y después era no, que cuando tengo las hormonas bailando Regetón, cualquier cosa es posible. El caso, es que, saaaabiaaamenteeee, me muerdo la lengua antes de iniciar la ofensiva. Porque caigo en la cuenta de que ya he pasado por eso, es la segunda vez que doy a luz y sé lo que es sentir que el mundo te aplasta y no quieres pedir ayuda porque puedes con todo y que esa sensación pusilánime se pasa sola si no piensas en ella. Y lo que es peor, no tienes fuerza para ver la luz al final del túnel. Ni para discutir y no llevar la razón, claro. Ahora, para llorar…

– ¡Hey, hey, heeeey…!

Siento como mi maridito me abraza y me sienta bien. Es genial y sorprendente volver a notar como toda yo entro en el perímetro de sus brazos, sin tener la sensación de que soy una morsa con bigotes. Es agradable, pero raro también. Nueve meses de abrazos con barriga son largos. Lo miro y veo que quiere decir algo, lo que sea, pero no articula palabra, sólo me abraza e, intuyo, reza porque no me venga abajo del todo.

– Estoy fea.

– No lo estás, porque no lo eres.

– Estoy fea.

– No lo estás, porque no lo eres.

– ¡Que estoy fea, dije…! – Elevo el tono, supongo que porque no me convence la respuesta.

– No lo estás… – Yo saco la cabeza de sus brazos y lo miro como si tuviese una mirilla telescópica. Di algo que no me mole y ¡zas!, esa es la BSO del momento en mi cabeza  – Nooo loooo estáááás poooorqueee…

– Pooorqueeeee… – arengo con la mano a que se esfuerce en ser creativo: ¡mi autoestima necesita un milagro! – pooooorqueee… – Enfatizo mi impaciencia llevándome la mano al oído: ¡habla, pardiez!

– Poooorqueeee túúúú… – Miedito, chanchanchanchan – sieeempre has sidoooo – Miedito otra vez, chanchanchanchan – la tííííaaaaa

¿¡Tía…!? ¿¡Tía…!? ¿¡Pero qué c*ño tía? Frunzo el ceño y él empieza a tartamudear: se ve venir la hecatombe.

– Porque yo siempre he sido la t-í-aaaa… – Tic, tac, tic, tac, mi temporizador de irracionalidad está a punto de caramelo.

– Pooorquee túúú sieeeempre has sidooooo la tíííía más buenorra y cachonda de todas las tías buenorras y cachondas que he visto en mi vida. Y no sabes lo que me gusta que todo esto sea mío…

– ¡Olééééé…! – Exclamo, muerta de risa, mientras dejo que nos caigamos sobre la cama, a festejar la verderola ocurrencia.

Porque en momentos así, recién parida, cansada de dormir dos horas de cada cinco, con menos tiempo para peinarte que para depilarte (absténganse de preguntas indiscretas), cuando el guapo subido está de vacaciones, y tienes la certeza de que una cosa eres tú y otra las fotos de cuando tenías veinte, sólo funciona lo animal, lo visceral, la atracción cuerpo a cuerpo. Allá donde la palabra no basta y no amaina la desazón de sentirte hinchada y arrugada como el culete de un octogenario, la sensación de sentirse aún en el mercado de la carne y la pasión, funciona. Funciona, divierte y alegra, porque esa es la clave de las parejas que molan: cuando la adversidad arrolla, vente pa`cá, reina mora, que de esto nos reímos juntos…

Y claro, blandita, arrugada, con el pelo enmarañado como un Nanax y sin acordarme de cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones, el plan de meternos en la cama era fantástico. Si no fuera por los puntos de la cesárea, que se aproximaba la hora del bibe del recién nacido, tocaba levantar al mayor de la siesta, sonaba la secadora, anunciando fin de programa… Nos miramos y, por décimas de segundo, pensamos, al carajo con todo, que se espere el mundo, que parece ahora es nuestro momento.

– Mamitaaaaaa… – Oímos una voz infantil desde el otro lado de la puerta – ¿Estás ahí?

El padre y yo nos quedamos tirados en la cama, abrazados, y vemos entrar al mayor, con los ojitos hinchados de la siesta, que nos mira y sonríe. Sin mediar palabra, se mete entre nosotros, y empieza a saltar en el colchón, lo que hace que temamos por nuestra dentadura/nuestras costillas/sus rodillas/la lamparita de la mesilla. Nos esforzamos por ayudarlo a no lesionarse, mientras nos miramos y pensamos, con acierto, que la magia de la atracción de pareja tiene que posponerse, qué remedio: somos padres. Chispum.

– ¿Mamita, vemos las Tortugas Ninja en tu Tablet, aquí, metiditos aquíííí…? – Y como toda buena pregunta infantil, antes de que nadie diga nada, él ya está con los pies bajo el edredón, deshaciendo la cama como si fuesen los de BigFoot.

El paciente padre sonríe, abraza al nuestro niño grandote, y mirándome, divertido, me susurra en el oído, mientras nos acerca la Tablet:

– ¿¡Tortugas Ninjas…!? – Pausa hilarante. Se masca la traca final – Para Ninja yo, que para echar un polvete en esta casa con dos niños, voy a tener que ponerme un pijama negro, un antifaz y liarme a dar saltos en silencio, hasta que logre colarme en mi propia cama.

Nos reímos mucho y bien. Nuestro mayor no pilla ripio, pero es lo que tiene la empatía: se ríe igualmente, porque sabe que eso socializa. Cuando veo salir a mi maridito por la puerta de la habitación, pienso ‘qué suerte la mía haber encontrado a un compañero tan estupendo para un viaje semejante’. Me sigo sintiendo gordinfla, arrugada, cansada y con la sensación de tener la barriga de Blandiblú, pero  con las Tortugas Ninjas en la Tablet, repartiendo pifostias a diestro y siniestro, paso un buen rato oliendo el pelo de mi hijo, que me reafirma que, hecha una piltrafa o no, soy disparatadamente feliz, por mucho que mi piel desmoronada se empeñe en poner todo de su parte para aguarme la fiesta.

Por cierto, de esto hace ya año y medio, y, como ayudita a mamás recién paridas, decir que toooodo acaba por recolocarse, que el cuerpo tiene memoria (¡y tanta!, si antes del embarazo no tenías pecho, dile adiós muy buenas a tu yo ‘Vigilantes de la Playa’). No diré que en idénticas condiciones que antes de tener dos bebés como okupas en la barriga, pero el cuerpo responde lo suficientemente bien como para que mayo empieces a temblar pensando en ponerte en bikini. Sea como fuere, lo importante es tomarlo con maternal filosofía y D-A-R-S-E  T-I-E-M-P-O, porque a las Celebrities que alardean de figura a tres semanas de parir, había que multarlas por exhibicionistas y escándalo público, ya te digo…