4.- 3 ES UN NÚMERO MÁGICO (Y 4, PERFECTO)

 

SUGERENCIA MUSICAL, Three is a magic number

https://www.youtube.com/watch?v=HL6PcEC8Hzk

 

Una de las cosas que más te seduce cuando ves que tus bebés van creciendo, es la idea de llevarlos al parque, y compartir con ellos lo que, en su día, tus padres compartieron contigo. Es como si, de repente, quisieses tomar el testigo de la mamá protagonista de una peli americana, que empuja sonriente un columpio, mientras su melena rubia de infarto va y viene, va y viene, va y viene. Pero, oh, realidad, que te pone en tu sitio en cero coma, y lo que, en principio, parecía fácil y divertido, se te hace tan cuesta arriba, que se te viene a la cabeza un Sherpa en pleno Tibet; pero no un Sherpa cualquiera, sino el único Sherpa apapostiado de todo el Tibet, que no sabe que su profesión es sinónimo de mulita de carga. Por si no soy lo suficientemente clara, sintetizo: S-O-C-O-R-R-O.

Recuerdo nítidamente aquella primera tarde de sábado que mi maridito y yo decidimos llevar al primogénito al parque, a tomar su potito de fruta y sus par de Petit Suisse de fresa (no me preguntéis muy bien por qué, pero a los niños del siglo XXI se les dan de dos en dos; a los que nacimos en el 19algo, uno ¡e ibas que chutabas y metías y gol!); y digo que lo recuerdo con nitidez porque por muchas glaciaciones que nos acometan, Dios quiera que ni la primera, no se borra la experiencia, ¡ca…! Esa mirada de padres inexpertos, con ganas de sentirnos uno más en un lugar de recreo donde todo inspira al júbilo y la risa. Esas ganas infinitas de retratar el momento, cargándonos de cámaras (dos, por si quedaba ángulo o perspectiva sin inmortalizar), de cubos, de pelota, de perrito con cuerda FisherPrice que hablaba y cantaba dos canciones en bucle, de gorrita, de chaqueta, de chaquetón (mayo, no importa, puede nevar: en Canadá está a la orden del día), una bermuda por si sale el sol, un chándal por si se sale el pis, una camiseta por si se inunda con las babas de la emoción, unos deportivos por si le acometen las ganas de ser el pichichi de la liga InterGuarderías… Cuando nos dimos cuenta, el paciente padre y yo, teníamos una mochila más grande que el monte Pindo. No, no me lean desde la exageración, queridos, no. Aquella mochila de parque, que apoyada en el suelo recordaba a un moai de la Isla de Pascua, nos dejó ac*jonaditos perdidos…

– Noe, ¿en serio hay que llevar todo esto para ir a merendar al parque…? – Me pregunta el paciente padre.

Los dos, con los ojos cual tardío-adolescente saliendo de un After, miramos el mochilón y, telepáticamente (como casi todo lo que nos decimos desde que somos padres, que hablar es para señoritos, que tienen tiempo para florituras), nos preguntamos si el día que vayamos a la playa no tendremos que contratar a mudanzas Boquete.

– ¡Prrrrr…! – Contesto, arqueando las cejas – El c*rallo es quien lleva eso a cuestas hasta allí…

Y ahí estábamos, dos adultos, un bebé, un carrito y el moai de Isla de Pascua en versión maletón, camino al parque. No sé deciros cuánta es la distancia desde casa al lugar de esparcimiento infantil, pero palabrita que, cuando nos vimos llegar, queríamos que nos sellaran la Compostelana, ojú. Por fin llegamos, tras varias paradas intermedias, ¡fuf!, conatos de ‘una vez y nada más, Santo Tomás’, ¡fuf!, papi, aquí huele a caca ¿paramos y lo cambio?, ¡fuf!, cámbiame a mí también, que me voy c*gando en todo lo que se menea, ¡fuf! y un ocurrente anónimo, coreando nuestra expedición, a la voz de ‘¿remolque sin intermitentes? Si te pilla tráfico, te cruuuujeeee…’. Sudados, extenuados, tensos, muertecitos de calor, sedientos como una Spontex, pero llegamos: ¡y ya no veíamos la hora de marcharnos…!

El caso, es que ya estábamos allí, al menos, de cuerpo presente, así que bajamos al bebé, e, intentado recuperar resuello, le íbamos diciendo: miiiiraaa un coluuuumpiooooo, miiiiiraaaa un balancííííin, miiiiiraaaa un tobogááááán. Él, que era un bebe y no tenía ni pajolera de qué era un columpio, un balancín y un tobogán. Él, que era un bebé y no tenía ni idea de qué se esperaba de él, y, mucho menos, cuál era la extraña conexión entre su mini-cuerpecito de ser humano con L- de prácticas y aquellos artilugios, empezó a llorar descontroladamente, pero tan descontroladamente como daban sus mini-pulmones, que cuando se tensaban, hacían resonancia galáctica. Berreaba tanto y tan alto, que los otros niños, ya veteranos en el arte de dejarse la piel de las rodillas en el tapiz de caucho del parque, se apartaban de nosotros, no fuese a ser el demonio… El primogénito no quería estar allí. No quería. Que no.

– Eso es al principio, es que es novedad… – el paciente padre, animoso, a pesar de hablar como si Dark Vader, aún sin aliento tras el peregrinaje con el mochilón a cuestas – Déjamelo, ya verás que bien se lo pasa.

Fue decirlo, y ¡zas! El bebé arrancó a llorar aún más fuerte, dando manotazos a diestro, siniestro, arriba y abajo. Yo no sé nada de lenguaje de signos, ni de alta diplomacia internacional, pero allí se estaba cociendo el caos.

– Papi, papi, papiiiii… – ¿El grito de Munch? Esa era mi cara…

– ¿Qué, Noe, quéééé´…? – El padre, se giró, alarmado por mi tono de voz y…

¡Vómito, vaaaaaa…! En toda la cara, oiga, pero sin fallar ni raspa. De la boca del primogénito, verbi gracia del ataque de nervios, fruto del guirigay de niños corriendo, de subidas y bajadas de columpios, de balancines, de toboganes, de asistentas infantiles asumiendo que sus críos tutelados se dejasen los dientes en un laberinto XXL del que yo no resultaría ilesa ni haciendo un curso con el Circo del Sol, salió un chorro de masa alimenticia, con olor a lenguado a la crema y yogurt Larsa de Vainilla, que dejó a mi maridito napado cual tarta de fondant.

– ¡Ay, mamaíña…! Toma, límpiate… – Le acerco una toallita húmeda.

– ¿Limpiarme? – Se mira, flipado – Pues lo mismo era más fácil gratinarme…

Así que, cogemos al primogénito, lo metemos en el carrito, cargamos de nuevo el mochilón de los c*jones (sic., mi maridito dixit) y ponemos rumbo a casa: la primera tarde de parque había sido un éxito, oye. De camino al hogar, como toda operación de retorno, nos pudo el desánimo y el síndrome post vacacional, porque no dijimos ni pío. Ni Amén, Jesús. Nadita de nada. Oíamos la rueda del carrito tacatacatacataca, reaccionando al rayado de la acera, y al bebé gugugú, como si nada hubiese pasado, cuando, de repente, oímos una musiquita muy familiar, un juguete que sonaba lejano, amortiguado desde el interior del mochilón.

¯ Qué bien lo vamos a pasar¯,

¯ Con papá y mamá bajo el sol ¯

¯ Cuando nos lleven al parque a disfrutar ¯

¯ De una tarde llenita de diversióóóóón ¯

Y como reírse es el mejor bálsamo cura pupas, el paciente padre y yo nos miramos y rompemos en carcajada, porque hay que ver las paradojas de la vida. El bebé, desde el carrito, con sus piernas regordetas y sus mofletes de cómeme a besos hasta que no quede nada, nos regala una sonrisa colosal. Es cierto, olemos a vómito, sudamos uno y apestamos dos, pero ¡qué más da, ésta es la aventura de vivir, lo maravilloso de ser una familia! En aquel momento, 3 era un número mágico (papá+mamá+bebé). Poco tiempo después, 4 pasó a ser la contraseña de la felicidad (papá+mamá+niño guapo+bebé). Si la pregunta es si lo volvimos a intentar, lo del parque, digo, la respuesta es ofcors. Claro que ahora vamos con dos maletones y un rollo de papel de cocina de 450 servicios, por si nos acomete el vómito por duplicado.

Así pues, vayan mis saluditos tiernos, mis ovaciones sinceras y j*dida admiración a esas mamás que van con tres niños ¡y solas!, que lo mismo van la noche anterior ya de acampada o algo. Yo lo haría, claro que yo soy la madre más imperfectamente feliz de todo el planeta, así que, espérense cualquier cosa de mí en pro de mis niñitos de amor. ¿Qué quieren ir a Port Aventura…? ¡Veeeengaaa! Ya me voy apuntando a clase de Halterofilia, porque, visto lo visto, no quiero ni pensar en las dimensiones del maletón de los ‘por si acaso’…