3.- EL ÚLTIMO EMPERADOR

SUGERENCIA MUSICAL, BSO ‘The last Emperor’,

https://www.youtube.com/watch?v=jjaKEvT3ET8

Quitar el pañal. Así, dicho a bote pronto, como quien no quiere la cosa, la tarea parece fácil; además, no falta nuuuuuuunca la opinión de una madre orgullosa, curtida en mil y una cacas, que te diga ‘ya verás, es muy fácil, en tres días lo tienes sentadito en el baño’. Yo, que soy una mujer descreída y, por ende, una mamá de muy poca fe (lo que a los demás les funciona, a mi me disgrega la neurona…), me dije, si es tan fácil, lo dejamos para vacaciones, que así vivo la etapa como algo memorable. ¡Y tanto! ¡Ya lo creo que la vivimos! La vivimos y perdurará en nuestra historia de pareja por los siglos de los siglos, Amén. Las vacaciones las convertimos en la ruta del WC: no saben lo que se pierden los websites de viajes si ofrecen mapas con aseos localizados. Ojú.

 

Once upon a time…

 

– Si lo veis ilusionado con la idea de ir al baño solito, podemos intentarlo…

 

En la guardería, siempre tan entusiastas. El papá y yo, que hasta ese día no sabíamos que había que infundirle ilusión para cosa semejante, nos miramos y nos dijimos telepáticamente, joer, otra vez se nos han adelantado los padres Taichi-teros que lo trascendentalizan todo. Uf, cosa cansina debe ser estar de vuelta en la vida, cojoño, nos dijimos. El caso, es que aquella misma tarde, cuando llegamos a nuestra cuevita de amor, pusimos en cueretes al mayor. Cual ciclista en pleno repecho del Tourmalet, coreamos y vitoreamos el asunto de sentar el pompis en el orinalito.

 

PRIMER ERROR: ¿cosa es orinalito? (1- 0, tanto a favor de la curiosidad apabullante)

SEGUNDO ERROR: ¿Por qué me tengo que sentar en el orinalito? (2-0, otro tanto a favor de la desconfianza natural)

TERCER ERROR: ¿Por qué si mola tanto el orinalito, no os sentáis vosotros también? (3 – 0, ¿a quién habrá salido tan perspicaz?)

 

El cuarto error vino a colación del tercero, ya que en aras de la maternidad dialogante que practico, accedí a sentarme una vez en el orinalito, para que viese lo divertiiiiiiiiiiiidooooo que era (¡motivación, motivación, motivación!) y la cosa se instauró como rutina natural; así que, ahí estaba yo, cada mañana, viendo pasar el aire y censando moscas, con el culete encajado literalmente en el orinalito, jaleando mi felicidad  i-n-a-b-a-r-c-a-b-l-e  de ser mayor y no llevar pañal. Desconozco cuánto había de choteo y cuando de hilaridad, que lo mismo 100% de todo, pero mi mayor se me sentaba al ladito, él con su pañal, claro, y los dos veíamos Peppa Pig en el el iPhone de papá, hasta que a mí se me dormían las piernas, fruto de la maravillosa postura del pelícano que tenía que adoptar. Hay que ver el aguante que tienen las articulaciones, chico…

 

El caso es que, con el paso de los días, efectivamente, el juego del orinalito se instauró como cualquier otro en nuestro salón, porque lo de ir al aseo, como todo hijo de vecino, ¡ni de coña! Así que, en medio del ambiente acogedor made in IKEA de nuestra sala, el mayor veía dibujos mientras decidía si hacía pis, caca o dinosaurios de chocolate, porque si comía galletas con esa forma, qué menos que lucirse a la salida. El paciente padre y yo nos convertimos en los oteadores de orinalitos, ya que no importaba si había o no premio, cuando el mayor gritaba ‘¡ salió el dinosaurio!’, corríamos veloces a ver si era Triceratops o Velociraptor. Siempre se me viene a la cabeza la escena de ‘The last Emperor’, de Bertolucci, en el que un séquito de chinitos-huele-m*erda vigilan las heces del heredero de la dinastía Puyi, oliendo y disfrutando de textura y cantidad. Lo sé, suena escatológico (que lo es, pero es lo que hay), pero cuando hay niños en casa, la cara de chinito-huele-m*erda-de-Emperador se te pone sola. Obvia relatar, pero sí, dos de las veinte veces que la operación sin pañal funcionaba, no faltaban narices que comprobasen si el niño hacía mucho, poco, duro, blando, ¿Noeeee, qué es eso veeeerde? (ojos como platos, cabezas ladeadas, expresión de mátame camión), ni idea, pero parece la cera Conte con la que estaba pintando ayer… El intestino infantil, es gran desconocido.

 

Aunque nada comparado a la sensación milenarista que produce un ‘mamita, cacaaaa’ en pleno atasco, en medio del supermercado, en la peluquería… No sé si habéis tenido la suerte de ver alguna vez una carrera de Usain Bolt, pero os pongo en conocimiento que su coreadas marcas me las paso yo por el cremallera del pantalón: nada como una madre, niño en brazos, a la voz de ‘sitiooooooo, sitioooooo, que se lo haceeeeeee’. De igual manera, tampoco faltan las miradas coacher de esas otra madres que han pasado lo mismo y te hacen paso, como el tinglado de Moisés y la aguas con raya al medio, sabedoras de que un segundo, cuando se habla de emergencias calzoncilleras, cuenta. Cuando por fin tienes al pequeño sentado en el baño, tras advertirle que no toque nada, que los baños públicos están llenos de bacterias (¿bacterias? Sí, bichitos que hacen daño en la barriga si después te tocas la boca. Y si hacen daño, ¿por qué me sientas aquíííí…? ¡Culo a la fuga, alehop! Auxilio…) y el sudor inundando tu axila, tu niño de amor decide que la cosa era un ‘pedete, mamita, ya está’. Qué bieeeeen, finjo, pensando en si no sería mejor sujetarlo al inodoro con cinta americana, para que hiciese fuerza de superhéroe, a ver si así… Pensar en otros veinte minutos de incertidumbre, buscando inconscientemente un baño a menos de cincuenta metros, me seducía menos que pedir hora para depilarme. Señor, acógenos en tu seno, o en tu coseno, que una ya nunca sabe, ains…

 

Y cuando por fin la cosa fluye, y el angelito pide y acierta en la petición, cuando todo sucede como si nada, no puedes acabar de creértelo, y durante meses y meses se te queda esa necesidad de preguntar y preguntar y preguntar si quiere o quiere ir al baño, que como me dijo el otro día mi maridito, aún va a salir un vecino a decirte que no, gracias por la preocupación, pero soy estreñido de nacimiento.

 

Dicho lo cual, amantísimas madres imperfectas, hagan acopio de paciencia, humor y una cantidad ingente de detergente de lavadora, porque lo de la Operación Orinalito en tres días, es tan verdad como perder cinco kilos en diez minutos, haciendo la dieta del cucurucho: ¡no se me olviden de ser felices con la rima! Oh, yeah…