2.- LA GOZADERA

SUGERENCIA MUSICAL 

https://www.youtube.com/watch?v=VMp55KH_3wo

 

A mi hijo mayor le ha dado por los Superhéroes. No hay día, hora, minuto  que no me pregunte cuál es mi súper poder, ese don extra corpóreo que me convierte en la heroína de vete tú a saber qué. La mayoría de las veces, basta con que le diga ‘corro que me las pelo cuando se me quieren colar en la gasolinera’ o ‘soy un portento quitando etiquetas de las camisetas, que hago agujeritos que parecen mirillas’ o, no falla, ‘lanzando mi poderosísima zapatilla boomerang’, que no ha visto volar en su vida, pero a la que atribuye cualidades extraordinarias como artículo de defensa. Obvia decir que, mil vidas que viviese, ninguno de los dones que relato han venido a visitarme jamás, pero él, en su cabeza todopudiente, en sus ojitos magníficos de todo es posible, me imagina a lo Lara Croft, repartiendo estopa a todo lo que ose perturbar el sueño de mis niños de amor.

El caso, es que hoy he estado pensando en mi tan cuestionado súper poder, y lo he hecho a motu propio, a solas, como queriendo ratificar esa madera noble de la que dicen están hechas las madres. Curiosamente, tras la primera intentona, en la que deseché memeces divertidas que me caracterizan, pero entiendo no computan pero-para-nada como algo extraordinario (cambiar un pañal al bebé, mientras bailo de cintura para abajo a Enrique Iglesias, con el mayor amarrado a mis rodillas; improvisar un Tippi indio con cojines, un mantel, la mopa y la escoba; hacer de una caja de cartón un teatrillo para Playmóbiles, con cárcel, preso, Sherif y chica de salón…), caí en la cuenta de que mi verdadera proeza es reírme y saber reírme de mí y mis circunstancias, incluso cuando todo es tan complicado que lo único que relaja tensiones es llorar lágrimas de cocodrilo. Y lo digo muy en serio, porque yo soy también una mamá llorona, que no gritona. Yo no grito de boca para fuera, lo hago para mis adentros, y, claro, reviento, cual piñata, a lágrima viva, en cuanto me quedo a sola con mis culpas y mis culpitas.

Aunque, ahora que lo pienso, si como súper poder computa tener control sobre mí misma, ahí voy sobrada, y me explico; hace unos días, haciendo la compra de la semana, con el carrito con tantos víveres que alguien susurró a mi paso ‘debe tener un bar o celebra una comunión’, mi mayor custodiaba una bolsa de Gusanitos, de idéntico tamaño que un saco de pienso para avestruces. Cómo no, me toca la cajera-lady-conflictitos: no le pasan los códigos, se le acaban las bolsas, se le atasca el papel del ticket en la máquina, no encuentra los puntos de las sartenes en promoción y que yo dejo claro no quiero, porque no colecciono… Todo esto, con un niño que quiere zamparse su aperitivo con bolsa y todo, y un bebé que está hasta el moño de ir en la silla y lo hace evidente a golpe de ñsusjfosfisfdofnbuábuábsñsñañañbuábuá.

Y me río yo del agua y el aceite, porque si algo no puede mixturarse jamás, pero j-a-m-á-s, ni que el mundo y el asunto del Big Bang volviese al punto kilométrico 0, son vástagos y paciencia. Mi mayor, atrincherado tras su bolsón de Gusanitos, se niega a dejárselo a la cajera, porque ‘no, que se los come’. Insisto en que le deje pasar el código, que n-o  s-e  l-o-s  v-a  a  c-o-m-e-r, ¿no ves que es una chica, y las chicas no comen Gusanitos? Le digo. ¿Cómo lo sabes?, inquiere, taxativo. Me quedo muda, con la boca abierta, porque una madre nerviosa está preparada para todo menos para la ocurrencia. Cierto, no tengo ni idea de por qué la cajera no se va a comer los Gusanitos, así que…

* PLAN B, ese que siempre es peor que el A, pero es lo que hay.

Con una cola tras de mí que llegaba a Tudela, y el que más y el que menos acordándose de mi familia, le pregunto a la cajera si le vale con que le lea los números del código de barras y que ella los vaya introduciendo, cual telegrafista. No estoy segura, me confiesa; claro, pienso yo, si lo estuvieses, yo no hubiese escogido tu caja, que tengo imán para los problemas. Me pide que se los vaya dictando despacito, y ahí estoy yo: tres, seis, cinco, cinco, cuatro, tres, ¿tres, dijiste?, sí, tres, cinco, cinco, ¿dos veces cinco o lo repetiste sin querer?, ¿mamita, puedo abriiiiiir yaaaa miiiis Gusanitos?, ¡no, puedes!, y sí, son dos veces cinco, ah, espera, que me dio error, ¿empezamos otra vez?, tres, seis, cinco, cinco…

¡Líneaaaa! – Oigo como una voz anónima resuena en todo el local – El cartón es correcto y continuamos para bingo…

La fila interminable que me guarda la espalda, rompe en jajajajá. Por supuesto, yo, la primera, que agradezco que alguien guionice este despropósito mercantil. Ajeno al chiste, por edad y entorno (los niños de hoy saben que es ‘Ninja Fruit’, y ya), y por si queda algún escéptico entre vosotros, ofcors: mi mayor consiguió abrir con los dientes el bolsón de Gusanitos, dando por saco con toooooooooodoooooooo el contenido; el suelo, la cinta de la caja, la cajera y hasta una señora muy señora, que se afanaba por lucir su bolso casi TOUS como si nadie se diese cuenta de su Made in ChinaMandarina, bañados por una lluvia de meteoritos aperitivos de maíz. Pedir disculpas, qué otra cosa podía hacer yo. Eso, y jajajajá, que la hilaridad era un no parar para todos, menos para la señora del casi TOUS, que se afanaba por limpiar el bolso con la manga del chaqueta, que quería ser ante pero se había quedado en antelina. Respiro y me pregunto, ¿en serio esta es mi vida? Yes, me digo. Pues nada, de lo más bien, oye: ¡Gocémosla!

Como digo, la risa, el Prozac de la mamita del siglo XXI; la risa, mucho más efectiva que la crema con baba de caracol, los parches Sor Virginia, las pulseras Rayma y/o el entusiasmo ochentero ante el autógrafo firmado de Enrique y Ana y su caca, culo, pedo, pis (términos a los que estoy muy apegada, ains… Ruego, encarecidamente, alguien me oriente sobre cuántos lustros tarda en pasarse esta etapa, que la escatología empieza a ser asignatura a debate en mi cuevita de amor).

Adoro ser mamá, ¿ya os lo había dicho? Pues eso.