6.- PEREZA

Así, cabeza abajo, inspirando aire invertido, haciendo que todo encajase en el puzle incompleto de mis no sé qué hacer. Cuando la cordura manda al carajo el plan A, lo que viene después siempre suele ser mucho peor, pero curiosamente más entretenido. No digo que sea más divertido, ojo, observo, solamente, que da más que hacer. Y salga bien o salga mal, it’s no my business, porque me protege la ley de medio ambiente como especie en extinción, capaz de sufrir uno y llorar dos. Un espécimen único en el mundo, que puede rellorar rinconcitos ya llorados, falsamente superados. Un maravilloso ejemplar de plañidera anfibia, que puede flotar, cogida a sus penas, por mucho gin tonic on the rocks que me quede en el vaso. Y aquí estaba yo, cabeza abajo, poniendo negro sobre blanco en la poca sangre que aún me quedaba en propiedad, tras la herida de no saber perderle.

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Yo reinaba detrás de la barra del único bar que había abierto… ya lo cantó alguien antes, sin embargo, la tristeza no me advirtió de que la historia era extrapolable a cualquier corazón errante, que vaga solitario en busca de caricia que lo calme. Cierto fue, entonces, que yo era la camarera. Cierto fue, igualmente, que él entró de sopetón, como sin querer, con aspecto de no saber si pedir algo de beber o una tacita de Sopistant. Ese aire taciturno, tan de perrito sin hueso, que le salía sin querer, que le arropa el yo qué sé, yo pasaba por aquí, inundó el local. No diré yo que hubiese ciento y la madre de clientes, porque ya era hora de cerrar, pero algún impenitente habitual aún había, adornando la mesa junto a la ventana. Y, de repente, él. Él, qué más puedo decir de aquella primera y única vez que le vi. Él, su lánguida sonrisa de vaca sin cencerro. Él, y en la radio sonando bajito un Sabina de voz vivida y rasgada, que, como siempre, sabía de qué pie cojeo. Se acercó a la barra como si lo hubiese hecho mil vidas antes, y se sentó, en silencio. Dejó caer las manos y apoyó la cabeza sobre ellas. No dijo nada, sólo me miró, mientras tarareaba a puro susurro ‘y morirme contigo si me matan, y morirme contigo si me muero, porque el que no muere mata, porque amores que matan nunca mueren’.

– ¿Te pongo algo…? – Le dije, para romper la magia y que su polvo de hadas no acabase de dejarme helado el corazón por los siglos de los siglos.

– Una vida a tu lado, sin hielo ni limón. Contigo no necesito aderezos…

Touch down. Tocada y hundida. Estocada en toda la coraza de niña con Máster en Chulitos de Última Hora. Para todo podía estar preparada, que por condones y toallitas refrescantes la cosa no era. Podía estar preparada para todo, como digo; para todo, excepto para ver verdad casual en unos ojos en los que no me había visto reflejada jamás. Soy camarera, no gilipollas. Sé cuando un tío me quiere meter en la cama o en almacén, para arreglarnos la noche y alegrarnos el día. Estoy acostumbrada a los príncipes multicolor, que intentan a cada momento hacerme creer en leyendas de caballerías y corceles blancos. Estoy acostumbrada al juego de falsos cortejos, que así va el asunto, para qué engañarnos. Pero no estoy acostumbrada hoy, ni lo estaba entonces, para recibir un extra de ocurrencia y atractivo por parte de un no sé tu nombre, ni falta que hace, y que me hiciese sonar do-re-mi-fa-sol-la-si costilla arriba, costilla abajo.

– Vaya, me pillas sin vidas del tiempo – Le dije, sonriendo – Puedo ofrecerte un ‘ese cuento ya me lo sé, beibe’, en este pueblo gusta mucho…

Él, con tu sonrisa horizontal, ligeramente apuntada en las comisuras, rió a todo pulmón mi mandoble torero. Para mandarle al carajo me sobraba noche, así que la retórica fue mi sobre sorpresa. Carcajeó liberado, con tanta gana como si las ansias de ser feliz le molestasen en la glotis. Me gustó oírle, me gustó verle, me gustó mirarle. La sonrisa, como tantas otras bellezas paganas, sólo sienta bien a los dioses capaces de diabluras. Se me antojó libre, sin complicaciones, con esa dosis de felicidad desenfadada tan necesaria y envidiable para una chica como yo, que sueña con hacer realidad su a la mierda con todo. Lo sé, podría hacerlo cuando me diese la gana, porque qué podría perder la que nada tiene, salvo kilómetros, carretera y manta, pero la falta de apetito vital es un mal familiar que arrastro con ego-filosofía y Coca-Cola light.

– Si sigues mirándome así…

– Si sigo mirándote así voy a tener que besarte, y yo no soy ir por ahí besando a desconocidos… – me cortó.

– No sabes lo que alegro – le dije, sonriendo, mientras me apoyaba en la barra frente a él, a escasos centímetros del perímetro de fuego – porque este año se lleva mucho la barba y el bigote. Besar a un hipster debería ser considerado deporte de riesgo…

Volvió a sonreír, pero esta vez mucho más relajado y abandonado a su luz natural, esa que me cegó de una vez para siempre jamás. Tan cerca de él, barra de por medio, pude respirar su aliento, mezcla de roncito-cola y algo que me recordó al almizcle. Se me vino al paladar la idea de que besarle tenía ser como saborear un caramelo tofe de Solano. Instintivamente, cerré los ojos, imaginándome como sería sentir el dulzor de su boca sobre la mía. Corriente eléctrica, 220 V a su puta bola, cuerpo a través. Sentí como me rozaba los labios, ansié fuera, en verdad, el beso soñado, pero no, cuando abrí los ojos, vi como me dibujaba el contorno de la boca con el dedo, con sumo cuidado, con dedicación renacentista, con virtuosismo propio de maestro de la Capilla Sixtina. Desde la mesa de la ventana, alguien requería mi atención, a golpe de otro cacharro, morena de mi copla. Aun a riesgo de que el fin del mundo dependiese de que yo le acercase un cubata a aquel roba escenas de amor, nunca estuve tan sorda, ni tan muda… ni tan ciega de abrázame hasta que nos pille la mañana.

Lo que pasó después, lo recuerdo muy entre sudores, risas y embestidas. Salimos del bar como si hubiésemos sido pareja desde mucho antes de haber nacido. Nada de aquí te pillo, aquí te mato, que habría roto el hechizo de lo bueno. Hicimos nuestro el arte de la seducción, y cada uno cuidó  su baza, para asegurarse un bonus extra en la batalla final. Estaba claro donde acabaríamos, porque no había sitio mejor en el que guarecer nuestro quédate conmigo hasta que se nos duerman las ganas. Al abrir la puerta de mi casa, el escenario de mi yo habitual, el de soledad escogida porque donde hubo desamor, dolor queda, me laceró un instante. Allí, en el umbral de mi cueva, donde me guarecía y me guarezco, donde me dejo llevar por el cansancio para no pensar, miré hacia atrás, presa de aquel olor a tofe que aún salía de su boca. No lo había probado, pero sabía que en cuanto nuestros labios se rozasen, aquel dulce sabor me acompañaría para siempre jamás. Sin remedio. Sin remisión. Sin resistencia. Sin oposición y con todas mis fuerzas, me dije, sí, sea lo que sea, acabe en lo que acabe, es él. Este es mi minuto de amor. Me lo merezco.

Aquella noche fue indescriptiblemente genial; por mucho que me esfuerce, no podría dar un símil a lo sentido, porque nunca antes mi piel había vivido así. El delicioso sabor a tofe, oh my God…!, dio paso a lo demás, y para cuando me di cuenta, estaba poniendo más corazón que pasión, y mi cabeza iba y venía, imaginándome que aquello no iba a acabar nunca. Buen sexo, el mejor, ¡qué coño voy a decir! Pero no era eso lo que me hacía volar cual bailarina del Bolshoi, era su actitud relajada, su necesidad de caricias y cariño a partes iguales, su aura de muchacho sin dueño, de hombre que va de hombre que está a gusto con una mujer que está a gusto. Su manera de hacer fácil aquel acto de pasión entre dos desconocidos, esforzándose por filtrar la caducidad de lo nuestro de aquel encuentro. Se empeñó en hacerme sentir bien, y lo consiguió. Tanto, que cuando nos quedamos dormidos, me acurruqué en su axila, olvidando que no soportaba el olor humano cuando no era mío. Aquel olor a gladiador en la arena me hizo perder la cordura. Respiré el aroma de su vello sudado, sin importarme nada o un  pito que mi nariz lo rechazase, porque todo lo demás de mí, de la cabeza a los pies, deseaba impregnarse de aquella sensación de haber llegado a casa.

– ¿Quieres que me duche…? – Me dijo, sin salir del duerme vela, al oír mi respiración intensa bajo su brazo.

– No, si no es conmigo – Le dije.

A renglón seguido, estábamos en mi desvencijada bañera, sumergidos en un agua calentita, oliendo a gel Legrain París de bote violeta. Enredados cual guirnalda de navidad, pies con pies, piernas por doquier, abrazados para sobrevivir al iceberg de espuma colosal que venía hacia nosotros. No recuerdo muy bien de qué hablamos, tampoco es importante. Recuerdo la estampa y la comodidad de sus brazos, recién descubierta. No era la primera vez que mi bañera tenía invitados, pero sí la primera vez que yo no los sentía como tal. Noté como todo tú crecías de amor hacia mí, y me gustó la idea de amarnos en el baño. No había mucho sitio, tampoco era necesario. Otra vez risas, susurros, miradas, caricias llenas de complicidad. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Silencio. Inspiración. Silencio. Expiración. Sssssssiiiillllleeeeennnnciiiiiiooooo. Oooooh.

– ¿Te hago daño…? – Me dijo, intentando protegerme de algún modo, del rigor de la cerámica de la bañera.

– Se me ocurren mil maneras de llamarlo, pero daño no…

Y llegó la mañana. El sol que se colaba por las rendijas de la persiana anunciaba que el influjo del hechizo se había acabado: había que tomar una decisión. Yo era la camarera del único bar que había abierto en un pueblo en el que él había parado por casualidad. Él era… ¿quién era él? ¿Qué sabía yo de él, salvo que había sido lo mejor de mí en los últimos años? ¿Qué ganaba yo con saberlo? ¿Quería saberlo, realmente? ¿Y si, a la luz del día, aquel muchacho ideal se tornaba tosco como todos los demás? ¿Y si aquella sensación extraordinaria de sentirme bien era una quimera, una sombra platónica, a lo mito de la caverna? ¿Y si…?

Me he tomado la libertad de ahorrarte la parte fea. Me marcho sobre las 13.00. Estaré en la plaza esperándote, no vengas a despedirte si no es para venirte conmigo.

Me encantaría llegar a quererte, sólo eso.

Lo que en cualquier otra circunstancia hubiese sido un final colosal, porque los ya te llamaré, si eso se me daban fatal, aquella mañana me sacudió como un cólico nefrítico. Se había ido sin avisar, improvisando un post-it sobre la mesilla, aprovechando una página de un viejo dominical que había sobre la mesa. Se había ido. ¿Cómo no lo había oído, yo, que presumo de tener oído de tísica? Fácil el exceso de relajación me había anulado la conexión a la realidad. Tan bien y tan cómoda y tan plácida y tan feliz y tan de todo me había quedado tras nuestra noche juntos, que la mañana me había pillado con el Zzzzzzz por sorpresa. Miré el reloj, eran las 12.30, si me apuraba, podía alcanzarlo, a él y a su promesa de hacer todo por quererme. Recorrí mi casa con la vista, me vi en cada rincón, a mí y a mi soledad escogida porque mi anterior historia de amor me había dejado mutilada la vena de la ilusión. Pensé meter en una bolsa cinco bragas, dos Push-Up, tres vaqueros que me quedaban como un guante y cuatro camisetas de tiras que hacían de mis tetas dos buenas razones para no dejarme ir tras la primera discusión. Pensé en ir al baño y hacer un hatillo de emergencia, con dos cremas, el cepillo de dientes, la plancha del pelo y el cepillo de rulo. Pensé en coger dos pares de sandalias y unas All-Star por si resultaba inevitable ir a pasear con su madre o el perro de su herman (¿tendría perro su hermana? ¿Tendría hermana? ¿Tendría madre? ¡Ay, Dios!, ¿y si no le caigo bien?). Me latía el corazón a todo trapo. PomPomPomPomPomPom. Podía dejarlo todo. Tenía que dejarlo todo. Debía ir con él, que no tras él. Pero…

Tiriiiiiin.

WhatsApp. Cojo el móvil, obviamente no podía ser él, porque las horas compartidas habían dado tiempo para casi todo lo importante, menos para darnos el número de teléfono. Miro la Display y veo que el pasado se afanaba en recordarme que es la vida la que actúa a capricho, no yo la caprichosa. Después de muchos meses, quizá no tantos, pero mi psique así los había sufrido, Gonzalo, mi ex pareja, había decidido contestar a mis tropecientos mensajes de arreglemos esto como adultos, no te escondas detrás del silencio y hablemos, lo nuestro no puede acabar así, sabes que yo te quiero como nunca he querido a nadie, un error lo tiene cualquiera, yo a ti te lo hubiese perdonado, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento.

Por un instante, quise borrar el mensaje sin abrirlo, porque hacerlo significaría volver atrás y ahora estaba en otro punto, quizá el de partida hacia ninguna parte, pero acababa de ver la luz tras un invierno largo de culpas y por qué siempre la cago cuando algo vale la pena. Me temblaban las manos, sabía que, fuese lo que fuese que Gonzalo quería de mí, el sólo hecho de que por fin me hubiese contestado, no podía ser mala señal. No teníamos cuentas bancarias en común, no había pertenencias que devolver, no había regalos que retornar a modo de reproche. Fuese lo que fuese que quería, debía ser en positivo. Miré la nota sobre la mesilla, aquella esquina de revista rota a mano, como con prisa pero seguro de que cumplía las funciones de carta de amor 2.0, y pensé en lo bien que debía estar pasándoselo el destino, poniéndome en la disyuntiva de empezar o retomar. Cuando el futuro depende de un Thelma y Louise, mar o montaña, izquierda o derecha, siempre pienso que mi intuición se queda sin armas. Sabiendo como sé que a mí no me toca la Primitiva ni soplándome los números ganadores dos semanas antes, siempre  pienso que la clave para acertar es tomar la opción contraria a lo que decido.

Dos vías, dos vidas. Una única estación de llegada. Chuchúúúúú.

Y cabeza abajo en el tresillo del salón de mi casa, imbuida una disyuntiva irrespirable, me debatía entre ir o quedarme, entre emprender o retomar, entre probar y parchear. Cabeza abajo, con las ideas ad hoc, sufro y soñaba con acertar en la decisión, desacreditando a mi imán para hacer siempre lo incorrecto, a tomar el camino que el lobo recomienda a Caperucita. Abuelita, abuelita, que ojos tan grandes tienes; son para verte mejooooor. Abuelita, abuelita, que orejas tan grandes tienes; son para oírte mejoooor. Abuelita, abuelita, que boca tan grade tienes; es para comerte mejoooooor. Ah, vale, si era para comerme mejor, la cosa ya eran palabras mayores…

Miré el reloj de nuevo, ya casi eran las 13.00, o me daba prisa o aquel tren que anunciaba salida se iría sin mí y me quedaría con las ganas de saber si aquel era o no mi vagón. Seguía sin abrir el WhatsApp de Gonzalo. Como enajenada, cogí mi bolsa de ir al gym y metí cuatro prendas de ropa, no recuerdo muy bien cuáles, porque no dejaba de mirar el móvil, por si llegaba otro mensaje, reprochando la lenta respuesta o qué. Me giré, y volví a mirar la nota sobre la mesilla. Las notas no son como los WhatsApps, no emiten sonidos cuando llegan, pero tienen una campanilla virtual, que cuando las observas un segundo, te sacuden cual alarma de incendios. Observas cada letra, analizas los puntos sobre las íes, si son redonditos cual Lacasitos, si son como lunares de una bata de cola, si recuerdan a rosquillas de Santa Rita. No tengo ni idea de grafología, sin embargo, los puntos sobre las íes son importantes para saber más de sus amos. Los puntos sobre las íes ponen los ídem sobre las tales, manifestando intención y verdad.

– Esa í, tan redonda, tan perfecta, tan sutil…

Seguí metiendo ropa, puede que siete tangas y una braga no me lleguen, pero compro más cuándo llegue a no sé muy bien dónde. Miro el reloj, faltaban cinco minutos para las 13.00; no importaba, la plaza del pueblo estaba muy cerca de casa. Metí también un despertador de Hello Kitty, por si el amor me pillaba durmiendo demasiado. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. El cargador del móvil. ¿Móvil? Volví a mirar la pantalla: ni rastro de nuevo mensaje. No lo abras, no lo abras, no lo abras, no lo abras. Cerré la larguísima cremallera del bolso del gym, convertido en maleta para el éxodo inminente. Oigo el brrrbrrrbrrrr del cierre, que no termina nunca, y me digo, ¡preparados, listos, ya, reina! Oigo la campana solemne de la iglesia, que anuncia la una en punto. Cojo las llaves, me miro en el espejo de la entrada, entorno los ojos y susurro a por todas, chata, que la felicidad no es un boomerang de ida y vuelta. Portazo, carrera escaleras abajo, dejo atrás calles que dan lugar a otras calles que, por fin, me conducen a la plaza del pueblo. A lo lejos, intuyo la silueta de él. No me ve, está absorto, mirando de un lado al otro, pidiéndole a alguien que hay dentro de un coche, que espere un minuto más. Oigo como mi móvil vuelve a sonar dentro de mi bolso. No quiero mirar, pero quiero mirar. Me diluyo tras una esquina, viendo como él espera a que yo aparezca, porque no ha perdido la esperanza de que lo de ayer haya sido el comienzo de algo, aunque no nos conozcamos, pero tenemos todo el tiempo por delante para lograrlo. Lo miro y me reafirmo en mi corazonada: mi minuto de felicidad bien entendida está ahí, es él.

Y aún así, no puedo dejar de pensar en que en mi bolso, tan lleno de pasado, con el móvil esperando a que yo regrese al punto de mierda del que partía, en el que vivía hasta la noche anterior. Veo como mi oportunidad de empezar de nuevo se sube al coche que aguardaba encendido, y no hago nada. Me dejo caer al suelo, resbalando la espalda sobre la pared del edificio que me prestaba anonimato, y respiro. Respiro como puedo, porque sé que ya nada. Ya no. Ya para qué. Respiro. Oigo como el coche se aleja. Los coches cuando se van hacen ruido de despedida, de hasta luego, Lucas. Respiro. Mierda, me digo. Mierda, me siento. Respiro. Levanto la cabeza y miro al vacío. Una señora mayor con bastón camina a ritmo de ballet, dos niños y una pelota, un clásico de la animación popular, discuten sobre si fue o no fue mano. Y yo, tan tonta como para no darme cuenta de que mucho antes de hacer de mi bolso del gym la maleta de mi gran huída, ya sabía que no iba a ir a sitio alguno, por mucho Edén y Adán que me esperase. Llorar es de palurdas, me dije. Palurdas y cobardes, pero conocerse es todo un honor carente de gloria.

Abrí el WhastApp de Gonzalo; obviamente, si no me había subido al coche que me auguraba una nueva oportunidad de amar, era porque mi corazón seguía latiendo por quien lo había abandonado tiempo atrás. Nunca ha sido Gonzalo muy locuaz, que no sentido, así que cuando vi mucho texto, me pregunté cuántos días habría estado pensado qué poner.

 * Quererte no fue un error, el error fue creer que lo nuestro tenía posibilidades de ser para siempre.

* No sigamos con esto, nena, se acabaron los mensajes y las culpas.

* Cambio de número de móvil, para ponértelo más fácil.

* Que la vida te vaya como mereces y como te la curres.

* Fuiste lo mejor y lo peor, esa eres tú.

¡Plas! Ahí estaba yo, con el culo rayado por los raíles de las baldosas clavados en mi coxis. Con la espalda estucada por el proyectado de la fachada que encofraba mi pena. Con la garganta colapsada de me cago en todo lo que se menea. En mi cabeza aun resonaba el motor del coche que minutos antes me daba la oportunidad de escapar a mis decisiones equivocadas. Se me vino a la cabeza la noche anterior, la bañera llena de espuma, el olor a tofe de una boca que no había besado antes pero que me supo a quédate conmigo mañana y siempre. Recordé aquella sonrisa perversa, de conquistador despreocupado, y me sentí caer al vacío, como tobogán al centro de la tierra. Hacia la lava ardiendo que inunda el núcleo del planeta, así iba yo, con mi lástima y mi remordimiento natural, ese que siempre me impide tomar la dirección correcta. Había perdido mi tren y volvía a ser la misma que hacía dos noches, como si la anterior fuese un lapsus, un agujero negro en el que la alegría y la felicidad giraba y giraba, a toda hostia. Allí estaba de nuevo yo, amargada por no haber sido capaz de jugármelo todo al dos de corazones, carta ganadora. Puta pereza de existir, que me lleva siempre a conformarme con lo peor de mí.

No hay pasión que mil vidas dure, ni desamor que cien años te persiga. Tengo cuarenta, sólo tengo que esperar a que la buena suerte trepe hasta mi ventana. No sé mucho de estadística ni probabilidad, pero si él paró una vez en este pueblo con mar, una noche después de un concierto, no sé por qué no podría volver a hacerlo, a fin de cuentas, no se ha hecho el amor para los que se rinden a la primera. Lloro tanto y tan alto, que los niños de la pelota se asustan y se alejan de mí. Supongo que tienen miedo de que la pena se les contagie. Puede que lleve media década allí, sentada en la esquina de la plaza, porque el frío me tiene casi paralizada. Oigo unos pasos que se acercan, los ignoro, porque si levanto la cabeza verán mis ojos hinchados de desesperanza. Los pasos cesan, yo sigo con la cabeza entre las piernas, ahogando mi sollozo, para evitar preguntas incómodas. Sé que alguien me mira, no necesito mirar para saberlo.

– Hey, hey, hey, heeey…

Mucho antes de que levantar la mirada, percibí un olor a tofe que hizo que se me disparase el aleluya. No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Y, sin embargo, era.

– ¿Sabes, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte? – Digo, enjugándome los ojos, en un vano intento de ocultar mi llantina.

Él se sentó a mi lado, con la espalda sobre la pared, y pasó su brazo sobre mi hombro. Me besó el pelo y como quien no quiere la cosa susurró, no sabes el miedo que me daba no encontrarte de nuevo. Respiré hondo, sonreí y pensé en que la vida está llena de pequeñas cosas que merecen la pena.

– No te hagas ilusiones – le dije, divertida – No soy de las que se enamora en la primera cita…

– Me alegro, porque esta ya es la segunda…

🙂