1.- LUJURIA

 

  • Es un tío normal, lo que pasa es siempre le dan papeles de muerdebocas, de los que os molan a las chicas.Paco dixit.Y dixit, pero dixit sin que se le moviese un pelo del flequillo, ese que cada mañana se coloca a conciencia, buscando el ángulo perfecto por el que asomar su ojo derecho, ese que un día me enamoró como una loca de atar, de las que son dignas de camisita con lacitos, embudo en la cabeza y matasuegras a modo de megáfono. Paco me enamoró como enamoran los toros a las vacas en el campo: por fuerza, por magnetismo, por virilidad, por seguridad, por ostentación de potencia. A mí, que soy estudiada, que tengo una carrera profesional aburrida y equilibrada, digna de un matemático de la NASA, me dejó sin respiración un tipo cualquiera, un no sé cómo te llamas, con el que cada quince días coincidía en la farmacia, él comprando antigripales y yo ibuprofeno como si no hubiese un mañana. A él siempre le atendía la manceba joven, a mí la gorda malhumorada, que no dejaba de repetirme que no abusara de los medicamentos, que podría acabar con las arterias engrosadas.
  • Ya, ya, gracias por el consejo, pero es que trabajo mucho delante del ordenador y ya sabe… – argüía yo, avergonzada, pensando que era una yonki del Espidisfen.
  • No, no sé… – Me decía, cortante y resabiada.
  • Pero yo sí…Moví la cabeza y vi que el eternamente acatarrado, mi compañerito de farmacia legal, me hablaba a mí. Daba la cara por mí, dando por saco a la gorda de la boticaria, que no dejaba de menear a la cabeza, supongo que imaginándome posando para selfies desnuda, que sin duda, inundarían mi perfil de Facebook. ¿En serio esa es la imagen que proyecto? Ojú.
  • Que esos ojos no sufran por una pantalla de mierda… – Y apartó de su pedido un colirio, que metió en mi bolsita, rozándome por casualidad el pulgar, como si cualquier cosa.¡Pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fuera, que pim, pom, fuera, que se me sale la camisa fueraaaaaa…! Oí música, campanas al vuelo, tracas de fin de fiesta, manifa de mariposas a su bola en mi barriga. El corazón haciendo un solo de flauta que debía sonar tan alto y tan desafinado, que lo hubiesen nominado en Tú sí que vales. El entonces desconocido, devorador de Frenadol y/o Couldina, me sonrió, ¡el muy jeta!. ¿Pero cómo se le ocurre sonreírme así, sin avisar, sin darme tiempo a recomponer el moño de caca que me pongo para conducir en cuanto salgo del trabajo? ¿Cómo se le ocurre al  p-u-t-o   d-e-s-t-i-n-o   poner en mi camino una oportunidad así, sin mandarme un WhatsApp o a un coro rociero, con palmas y todo, para advertirme de que aquel no era el mejor día para almorzar tartar de atún, con su puerrito y su cebolla picadita así, así, así, así…? ¿Cómo le devolvería la sonrisa, si toda yo era inseguridad infinita? Convencida de que nada más abrir la boca, a mi desconocido, valedor de mi honor ante farmacéuticas mamonas a las que les aprieta la bragafaja, percibiría en mi aliento el aquel de un sembradito de escalonias de Campo de Criptana, me supe fulminada por la mala suerte. Mierda.
  • ¡Hey, no, por favor, no, dime cómo se llama y me compro uno…! – dije, bajando la mirada y parapetándome detrás de mi cuello XXL de lana, con doble vuelta, tejido en ochos.Lo siguiente que recuerdo, aunque no con nitidez, o con la nitidez que debiera una chica sensata como yo, es que sentí como me levantaba la barbilla con el dedo índice, y me guiñaba un ojo. Ya no sé si oía fanfarrias o era yo que me iba por la pata abajo, pero juro por el obispo negro, que aquel muchacho, del no tardé en saber se llamaba Paco, me dejó sin aliento (vaya, eso fue lo mejor, porque no quería atufarlo con mi cebolla picadita así, así, así).
  • Creo que hoy podré sobrevivir sin echarme el colirio, de lo contrario, siempre puedo ir a tu casa y lo compartimos.Así. Sin más. Ahí va. A mí, que me han enseñado que las señoritas no se entregan en la primera cita, que hay que hacerse valer para que a una le den el sitio al que postula. A mí, que nunca me ha ido el aquí te pillo aquí te mato, más que nada porque nunca jamás de los jamases había tenido a nadie que me pillara hasta matarme de sudor, suspiro y piel. A mí, que por pasión entendía hacer un maratón de compras con Vero y Sara y después dejarme los ojos de llorar viendo por enésima vez Los Puentes de Madison. Pues a mí, a esa YO a la que las emociones sin preaviso, sin planes y sin pasarme la Epilady hasta que de tanto tirón y pellizco acabo jurando en finlandés, la lujuria la pilló por sorpresa; y donde dije digo, digo Diego, y cuando me di cuenta, estaba en mi casa, jugando a los médicos (por lo del colirio digo…) con un chico del que nada sabía y del que nada quería saber, salvo cuánto tardaríamos en quitarnos la ropa y en permanecer así, en cueretes, hasta que el mundo dejase de ser mundo o empezase a girar en sentido contrario, dando botes de alegría. Alegría por mí, oveja descarriada en esto de las artes amatorias, que por fin había encontrado con quien saber lo que era bueno, pero bueno, bueno de verdad verdadera.
  • No te muevas…Lo sé, dicho así, la frase no induce a mucha cosa, claro; pero a Dios pongo por testigo, que dijo la otra, que pocas cosas en el cosmos conocido y por conocer por cualquier aparato listísimo que ponga en órbita el ser humano me dieron tal sacudida dérmica. Ya sin artificio alguno, los dos naked y en plena facultad de nuestros cuerpos, encajamos como lo hacen el yin y el yang, Banner y Flappy, la cuchara y el yogurt, las manos en los guantes. Supe su nombre poco antes de conocer su sexo dentro de mí, pero a quién importaba eso. A mí no. Bueno, a mí no, pero seguro que a mi madre sí, y a mi profesora de filosofía de bachiller también, pero yo no se lo iba a contar, y la cosa era tan cojonudamenteagradablequetecagas, que así estuviese infringiendo las leyes de la naturaleza; así bajase un rayo o un meteorito del diámetro del agujero de Bankia, que me pillase allí, con el cuerpo de Paco sobre mí, dejándole entrar una y mil veces hasta que de tanto toma, toma, toma que toma, me quedase tonta de haba.
  • ¿Cuál es tu lado de la cama, princesa?Todo llega a su fin, incluso el sexo cuando parece no tener final, y parece no tenerlo porque algo así debería venir con bola extra. Pero donde otras veces había estado tan incómoda, que es cuando a él le toca sentarse en la esquina del colchón, estirar los músculos de la espalda, caminar en bolas hacia el baño mientras se rasca el culo y masculla ha estado bien, qué no, Paco no se marcó un ‘ahora me hago el Marlon Brando’, haciéndose el duro, con aquello de si te he visto no me acuerdo. Paco, que era un tipo corriente (bueno, corriente no, que era el tío con más resfriados que había visto en mi vida: uno cada quince días, coincidíamos en la farmacia, ¿os acordáis?), dejó que el calorcito de la cama que había sido nuestro cuadrilátero de amor hacía nada, fuera ahora el descanso del guerrero. No sólo no le causaba pudor alguno que yo lo oyese roncar, sino que se la traía al pairo que, llegado el caso, se le escapase un pedete en pleno relax post-coital. A Paco le seducía tanto la idea de dormir a mi lado, que se iba a quedar allí, para verme flipar al despertar y ver que seguía siendo cierto todo aquello. Se iba a quedar en mi cama, fuese cual fuese el lado en el que yo prefiriese dormir, porque él siempre estaría en el otro. Pero no ese día. El siguiente también. Y para el otro. Y ciento y la madre más, que ya no sé ni la de tiempo que llevamos juntos, haciendo de la vida en común un Show must go on, en el que comernos a besos y dejarnos sin respiración cada vez que el guión lo permite es un hecho; casi tanto como que el prota de el Diario de Noah es un tío normal, con un qué sé yo que te atrapa y que seguro podría ofrecer colirio a una tonta como yo, en una farmacia cualquiera, incluso en la de la farmacéutica gorda con bragafaja que seguro le pilla un pelo púbico cada vez que da un paso, esa en la que nos conocimos. Paco es mi Ryan Gosling, por un montón de cosas, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo porque me hace sentir bonita, deseada, agradable, simpática y genial a cada paso, y eso, queridas, es un placer mucho más que orgásmico. Es un placer vital.